domingo, 21 de abril de 2024

Juegos de manos.

Hace unos días le refería la anécdota a D. El próximo fin de semana se celebrará  en Madrid la vigésimo cuarta edición de la Feria del Disco. El emplazamiento es el mismo donde viene dándose desde hace años: el salón de convenciones de un hotel de Méndez Álvaro. 

Solamente he acudido a dicha feria una vez, fue en la primavera de dos mil catorce, justo el mismo día en que el Atlético se proclamaba campeón de Liga. 

Llegué al hotel a primera hora de la tarde, antes de las cinco, caminando desde la estación de Delicias. Entonces no se daban cita más de veinte expositores, la mayoría especializados en la venta de vinilos. El tono de la cita era pobre, deslavazado. Revisé en las cubetas de los dos o tres que contaban con oferta de compactos y tomé uno, principalmente por testimoniar mi paso por el evento. Fue, diría, en el expositor de uno de los negocios que hace años se abría en la barcelonesa calle Tallers. 

Cuando llegué a casa, aparte de la imprevista victoria colchonera, al ir a escuchar el cedé -en este caso, The Beldam in Goliath, de The Mars Volta- comprobé, con igual sorpresa, que el disco que contenía no era del grupo progresivo estadounidense, sino de una soporífera formación de punk inglés (el sopor y el punk, siempre de la mano). 

Al día siguiente no tuve oportunidad de reclamar la equivocación. Pensé en ponerme en contacto con ellos por teléfono, pero pronto desestimé la opción. Antes que verme inmerso en el reclamo y la gestión de envíos, pensé, mejor solucionarlo sin necesidad de muchos movimientos, como en uno de esos arranques fulgurantes de ajedrez. 

Lo que se me ocurrió fue comprar el mismo compacto en unos grandes almacenes y posteriormente reclamar el error, simulando que el mismo se hubiese dado en esa compra. 

Tuve que esperar un tiempo hasta que el cedé en cuestión apareció por uno de esos almacenes. Cuando lo hizo, también fue necesario comprobar que en sus estantes solamente se exponía un ejemplar, dado que existía la posibilidad de que reclamase el error y, con una lógica irrebatible, me lo cambiasen por uno nuevo si es que disponían de stock. 

Resuelto el punto anterior, acudí a hacer la reclamación. Cometí un error, y es que, en vez de cambiar solo el cedé de caja, devolví tanto el compacto equivocado como la caja primigenia, aquella que había comprado en la Feria del Disco. Por lo tanto, el código de barras que aparecía en el tique de los grandes almacenes no se correspondía con el de la caja que pretendía devolver. Por suerte, el dependiente, aunque se extrañó, no quiso indagar y procedió con la expedición de un vale por el importe abonado. 

Este año, si es que encuentro algo de interés en la Feria del Disco, no hay duda de que antes de abandonar el lugar, para evitar penosas estrategias, revisaré el contenido de las cajas con la meticulosidad de un inspector de aduanas.


The Bedlam in Goliath, 20 de octubre de 2014.

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