Hace unos días D. me envió una fotografía de la iglesia de Quintanilla de las Viñas, donde estaba de visita, jugando a que la reconociese. Aproveché la referencia para echar un vistazo al manual de Olaguer-Feliú: El arte medieval hasta el año mil, un volumen minucioso y concienzudo, y releer lo que en él se detallaba del edificio. Entre sus páginas encontré un tique de Madrid Rock. Estaba arrugado, aunque su imprimación se conservaba intacta -seña inequívoca de que el mismo no había sido impreso sobre el inconsistente papel térmico hoy generalizado, sino en uno de mayor calidad-. El tique era de la compra del Beggar´s Banquet de los Rolling Stones, el tercer disco que tenía en formato compacto del quinteto londinense y el que en el arranque de la colección de cedés hacía el número cuatro (entre medias solo se había colado un recopilatorio de David Bowie). Estaba fechado el veintinueve de marzo de mil novecientos noventa y cuatro. La afición y obligación diarística aún no había tomado cuerpo -sería unos meses después cuando lo hiciese de manera definitiva- por lo que de entonces los recuerdos que conservo son menudos e imprecisos.
Aquella semana final de marzo se celebraba Semana Santa. Este detalle lo he confirmado en Internet. Lo recordaba vagamente. Mis padres y hermanos se habían ido al pueblo y yo me había quedado en Leganés, entiendo, con el pretexto de ir preparando los exámenes del segundo cuatrimestre. No podría asegurar si fui solo a Madrid Rock o lo hice en compañía de algún amigo. Seguro, eso sí, que el compacto lo escuché ese mismo día y los siguientes como solo se hacía en aquella época, cuando la oferta que llegaba a nuestra estantería estaba tan dosificada como la lluvia en verano; de manera atenta e insistente, revisando detalladamente el libreto hasta llegar a familiarizarnos con cada una de sus páginas tanto como con cada uno de los rincones de nuestra habitación.
Pero si hay un tono que define aquellas primeras escuchas del Beggar´s Banquet es el tono lúgubre que trae consigo el sinsabor inesperado de la muerte de un familiar. Fue aquella misma semana, la noche de uno de los dos días santos, quizá el viernes. La muerte de un primo que vivía en el pueblo toledano, de edad parecida. La misma, en un alarde de tenebrismo, sucedió durante la procesión religiosa nocturna, mientras la mayor parte de los vecinos rondaban las calles a oscuras y en silencio, él agonizaba en la puerta del médico del pueblo. Las causas nunca se supieron con certeza ya que la familia se negó a que se practicase la autopsia. Padecía problemas respiratorios. Se elucubró que quizá estos habían sido los causantes de un fatal paro cardiaco.
A la mañana siguiente, una de mis tías me telefoneó para decirme que mi primo estaba muy enfermo. Ella estaba en Leganés; no solía frecuentar el terruño toledano. Pensaban viajar hasta allí ese mismo mediodía y me sugirió que me fuese con ellos. Era consciente, aunque mi tía me lo negase, que mi primo había muerto. Lo hizo al entrar en el pueblo. La imagen que nos encontramos en la calle donde había vivido era de una solemnidad y un dolor imponente: numerosos grupos de vecinos, muchos jóvenes amigos, se repartían abrazados o aislados sin punto fijo donde atender, conteniendo los gritos y los sollozos.
| Beggar´s banquet, 29 de marzo de 1994. |
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