Hace unos años surgió en las redes -no sabría decir exactamente en cuál- una campaña de recogida de firmas para que Phil Collins cejase definitivamente en su actividad musical.
A poco que uno haya leído -incluso el mismo precursor de dicha campaña, por muy poco ilustrado que fuese-, la tontuna, como enfermedad venial y altamente contagiosa, se distingue con claridad que no es patrimonio específico de ninguna época, comunidad o estrato social, sino más bien de la mayor parte de ellos; si bien es cierto que hay épocas en las que la idiotez, empujada por la benevolencia, el analfabetismo y el uso indiscriminado de determinadas armas tecnológicas, puede alcanzar cotas impensables, tan difíciles de superar como los grupos escultóricos de Bernini en relación a la expresividad de la piedra. ¿Cómo se explica que alguien lance una campaña así conociendo mínimamente los discografía de Phil Collins, tanto junto a Genesis como en solitario? No hay duda de que estos juicios musicales se hacen desde la pose y la mediocridad, buscando principalmente llamar la atención y hacerse con la simpatía de otros muchos simplones de veta parecida. No voy a reivindicar en esta entrada la discografía de Phil Collins, no se trata de eso (si alguien está acostumbrado a hocicar bellotas resulta inútil tratar de tentarle con platos más elaborados), pero escuchando esta tarde su primer disco en solitario he recordado la iniciativa del bobo de turno y no he podido evitar referirla…
A comienzos de los noventa, aprovechando el gran éxito que supuso el lanzamiento de su cuarto álbum, … But seriously, se reeditaron conjuntamente sus tres primeros discos en formato vinilo. Si del cuarto tenía una copia en casete, de aquellos otros tres anteriores apenas conocía nada. Un compañero de instituto, A., con el que no simpatizaba especialmente pero con el que de vez en cuando intercambiaba música, me prestó los tres. Era octubre de mil novecientos noventa y dos. Para entonces, el formato vinilo ya era uno consciente de que estaba irremediablemente relegado al segundo puesto del podio, entre el anaranjado y terroso casete y el dorado y refulgente cedé. Dado su número y el color de sus portadas, todas ellas con el rostro del músico en primer plano, esos tres discos parecían estar hechos deliberadamente para ilustrar cada uno de los tres meses del otoño, como aquellas representaciones medievales donde las tareas agrícolas y ganaderas fragmentaban e identificaban el ciclo anual. Desde entonces no ha transcurrido otoño en que los haya dejado de escuchar, uno por uno, y el primero con especial gusto.
En dos mil quince, con Phil Collins prácticamente retirado del panorama musical, se reeditó toda su discografía en solitario. Junto a cada álbum original se incluía en todos los casos un segundo cedé con maquetas, tomas en directo y demás. En un guiño especialmente simpático, la imagen original de cada disco había sido reemplazada por la imagen del músico, en la misma pose y proporción, pero con sus rasgos actuales. Resulta innecesario apuntar que tantas décadas después el músico aparece un punto avejentado, ¿quién no lo estará llegado el caso? ¿Pero, en cambio, quién puede sostener que Face Value, por ejemplo, por muchos años que hayan transcurrido desde su publicación, no se mantiene igual de fino y vigoroso?
| Face value, 24 de febrero de 2016. |
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