Es sabido el afán que tiene la gente de dinero por tratar de ganarse algo de solvencia y reputación intelectual. De la misma manera que aquel que ha nacido en una cuna modesta tiene el dinero como principal preocupación, quien lo ha hecho en una boyante y bien almidonada, no encuentra más anhelo para sí que vestirse de un respeto que le muestre a ojos de todos inteligente y juicioso, y si a la par, satisfaciendo este deseo, puede seguir ensanchando sus cuentas bancarias pues mejor que mejor. En este sentido, una de las manifestaciones más comunes, si es que el patrimonio lo permite, es la regencia de algún negocio de índole cultural, particularmente galerías de arte y tiendas de antigüedades.
Dichos negocios, que de puertas afuera se presentan como ejemplo de exquisitez y buen gusto, esconden para aquellos que cometen la torpeza de vincularse como empleados en los mismos más miserias que la peor de las galeras que describe Cervantes en sus libros. Quien se deja seducir por las palabras de sus opulentos propietarios se verá irremisiblemente atrapado entre cuatro paredes blancas, con unas condiciones contractuales precarias en el mejor de los casos y un régimen laboral cercano a la servidumbre.
Por suerte, en la primavera de dos mil cinco, después de no más de medio año, encontré otro trabajo que me permitió salir del pozo en el que me había visto atrapado en la galería de arte de la Calle Lagasca. Ese alivio marcó toda aquella primavera.
El primer fin de semana de abril D. viajó con sus padres y hermano a Londres. Mi intención era trabajar y no emplear muchas horas de ocio fuera de casa, sin embargo, entre una cita y otra, aquella intención primera quedó en nada. El sábado dos, por un lado, mientras desde el Vaticano se anunciaba la muerte del Papa, A. B. inauguraba con una fiesta la casa que se había comprado en la Calle de Puerto Rico, un piso que había pertenecido a un par de señoras mayores, hermanas, que se mudaban definitivamente a Algeciras, y que en las siguientes semanas pensaba reformar íntegramente; y por otro, el domingo tres, junto a D., M. y E., en una de esas citas a las que éramos entonces tan aficionados, organizaba una nueva partida de mus, esta vez, en nuestra casa. Enfrascados en el juego estábamos cuando llegó D. de Londres, discreta y dulce, y con ella este primer disco de Porcupine Tree.
El primer fin de semana de abril D. viajó con sus padres y hermano a Londres. Mi intención era trabajar y no emplear muchas horas de ocio fuera de casa, sin embargo, entre una cita y otra, aquella intención primera quedó en nada. El sábado dos, por un lado, mientras desde el Vaticano se anunciaba la muerte del Papa, A. B. inauguraba con una fiesta la casa que se había comprado en la Calle de Puerto Rico, un piso que había pertenecido a un par de señoras mayores, hermanas, que se mudaban definitivamente a Algeciras, y que en las siguientes semanas pensaba reformar íntegramente; y por otro, el domingo tres, junto a D., M. y E., en una de esas citas a las que éramos entonces tan aficionados, organizaba una nueva partida de mus, esta vez, en nuestra casa. Enfrascados en el juego estábamos cuando llegó D. de Londres, discreta y dulce, y con ella este primer disco de Porcupine Tree.
| On the Sunday of life..., 3 de abril de 2005. |
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