De
los diez primeros compactos que compré, espaciados según presupuesto, nueve
fueron de los Rolling. De ellos, como de algunos otros, aparte del tronco que
conforman los discos oficiales del grupo, tanto de estudio como directos,
movido por un perseverante e incontrolable afán completivo, otras
ramificaciones, carreras en solitario y demás rarezas, sin saber muy bien cómo,
también se han convertido en prioridad. Unas veces más acertadamente, y otras,
como es el caso, menos.
En
la significada fecha del quince de junio de mil novecientos noventa y siete, nuevamente
apresado dentro del irremisible y tedioso periodo evaluativo, decidí ventilar
un poco la tarde dominical subiendo a Madrid.
Hacía
calor, demasiado para la camisa de manga larga que vestía. Durante un buen rato
anduve recorriendo los estantes de FNAC sin terminar de decidirme por nada. En
la cabeza no llevaba intención fija. Tanteaba de un lado para otro, pero sin
convencimiento claro. Que finalmente me decidiese por uno de Dylan, Blonde on blonde, de quien en formato
compacto aún no tenía nada, se explica; que tomase también un directo de Keith
Richards junto a los X-Pensive Winos, Live
at The Hollywood Palladium, teniendo
en cuenta que este no era más que la grabación de un concierto dado dentro de
la gira de presentación del primer disco en solitario de aquel, que, en
realidad, comprado tiempo atrás en formato cinta, tampoco me había apasionado,
se explica menos.
Como
se sugería en aquella película vista meses después, El chef enamorado, del mismo modo que debe cuidarse de los amores
como del apetito, y no comer si no se siente necesidad, de igual manera, quizá,
no se debería comprar música si no se tiene la apetencia clara.
Ya
entonces, bajando por la Gran Vía camino del barrio de Salamanca, tenía clara
la sequedad de las compras y de lo innecesario que había sido fijar la atención
en el compacto de Keith Richards.
Ha pasado el tiempo y pocas veces le he dedicado un hueco a ese directo. Incluso
hoy, movido por estas líneas, he vuelto a él y me he encontrado yendo, de
canción en canción, en busca de aquellas que menos ásperas me resultan.
Si
bien, en todo caso, más allá de apetencias, incluso empachado, asociar la
compra de un compacto a una fecha significada, independientemente de lo que
este posteriormente nos pudiera deparar, ha sido una práctica de la que el directo
de Keith Richards, si bien entonces las expectativas eran otras, sólo fue el
primer ejemplo. Hay radica, extrañamente, el aprecio que más allá de su
contenido machacón y rasposo, a este compacto inesperadamente se le guarda.
| Live at The Hollywood Palladium, 15 de junio de 1997. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario