sábado, 21 de marzo de 2015

Las ramas.

De los diez primeros compactos que compré, espaciados según presupuesto, nueve fueron de los Rolling. De ellos, como de algunos otros, aparte del tronco que conforman los discos oficiales del grupo, tanto de estudio como directos, movido por un perseverante e incontrolable afán completivo, otras ramificaciones, carreras en solitario y demás rarezas, sin saber muy bien cómo, también se han convertido en prioridad. Unas veces más acertadamente, y otras, como es el caso, menos.
En la significada fecha del quince de junio de mil novecientos noventa y siete, nuevamente apresado dentro del irremisible y tedioso periodo evaluativo, decidí ventilar un poco la tarde dominical subiendo a Madrid.
Hacía calor, demasiado para la camisa de manga larga que vestía. Durante un buen rato anduve recorriendo los estantes de FNAC sin terminar de decidirme por nada. En la cabeza no llevaba intención fija. Tanteaba de un lado para otro, pero sin convencimiento claro. Que finalmente me decidiese por uno de Dylan, Blonde on blonde, de quien en formato compacto aún no tenía nada, se explica; que tomase también un directo de Keith Richards junto a los X-Pensive Winos, Live at The Hollywood Palladium, teniendo en cuenta que este no era más que la grabación de un concierto dado dentro de la gira de presentación del primer disco en solitario de aquel, que, en realidad, comprado tiempo atrás en formato cinta, tampoco me había apasionado, se explica menos.
Como se sugería en aquella película vista meses después, El chef enamorado, del mismo modo que debe cuidarse de los amores como del apetito, y no comer si no se siente necesidad, de igual manera, quizá, no se debería comprar música si no se tiene la apetencia clara.
Ya entonces, bajando por la Gran Vía camino del barrio de Salamanca, tenía clara la sequedad de las compras y de lo innecesario que había sido fijar la atención en el compacto de Keith Richards.
Ha pasado el tiempo y pocas veces le he dedicado un hueco a ese directo. Incluso hoy, movido por estas líneas, he vuelto a él y me he encontrado yendo, de canción en canción, en busca de aquellas que menos ásperas me resultan.
Si bien, en todo caso, más allá de apetencias, incluso empachado, asociar la compra de un compacto a una fecha significada, independientemente de lo que este posteriormente nos pudiera deparar, ha sido una práctica de la que el directo de Keith Richards, si bien entonces las expectativas eran otras, sólo fue el primer ejemplo. Hay radica, extrañamente, el aprecio que más allá de su contenido machacón y rasposo, a este compacto inesperadamente se le guarda.

Live at The Hollywood Palladium, 15 de junio de 1997.

No hay comentarios:

Publicar un comentario