domingo, 5 de julio de 2015

La afición compartida.

Hay aficiones que, compartidas, resultan siempre de más gancho y atractivo. D., para esta del coleccionismo de compactos, ha sido siempre el amigo más constante y entusiasta.
Las circunstancias de nuestra afición en estas casi dos décadas, claro, han ido variando, aparte del recorrido que en función del progresivo cierre de locales nos hemos visto obligados a ir ajustando, principalmente, a un nivel presupuestario; desde los tiempos de estudiantes, cuando el dinero empleado en la compra de algún compacto lo administrábamos con la previsión que ha de tener un naufrago con sus últimas reservas de agua potable, a momentos en los que con unos ingresos más estables, el presupuesto destinado a la compra de música, sin excesos, nos ha permitido tantear géneros y artistas con más soltura.
Solemos acordar la cita de una semana para otra. D., una vez concretado el día, suele añadir: “Tengo X euros guardados sólo para compactos…” Y enumera a continuación un par de ellos que tiene intención de comprar, lo cual genera siempre cierta expectación.
Llegado el día, que suele darse después de la jornada laboral de ambos, concretamos el lugar de la cita, que salvo rara ocasión nos suele encontrar, caída la tarde, junto a la tienda Yunke de la calle Hileras.
Si por algún motivo uno de los dos se retrasa, el otro suele esperar en la sidrería de enfrente. No se trata de plantar la caña cuanto antes con la intención de hacerse primero con la mejor pieza, se trata principalmente de ir pescando a la par, unas veces sugiriendo, otras alabando y, las más, bromeando y cuestionando las decisiones del otro, lo cual es también parte importante del momento.
Fondeado Yunke hay ocasiones en que nos acercamos a Metralleta o a algún otro de los pocos locales cercanos, más por salpimentar un poco el recorrido que por un interés específico; en todo caso, Fnac, lo dejamos siempre como postre, pensando en la posibilidad de que los platos principales, por frugales, nos hubiesen dejado aún con apetito.
Recorrida la segunda planta de los grandes almacenes, donde las opciones de sorpresa son pocas, si acaso alguna oferta imprevista, lo natural es que, entre un sitio y otro, cada uno cargue con tres o cuatro compactos y quizá algún libro o DVD.
El botín lo revisamos en algún bar cercano, si se tiene especial interés desprecintamos alguno y echamos un vistazo a su libreto. Pasarán días hasta que del mismo se pueda hacer una escucha detenida, lo cual, en realidad, si se plantea, poco nos importa. Apuramos las cervezas y continuamos la noche.

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