Si
bien a este verano impasible aún le quedan unas cuantas semanas de calor, para
aquellos a quienes el otoño se nos ha figurado siempre como la estación del año
más estimulante, agosto, más que la cima del verano, es en cierta manera un
peldaño de bajada, la antesala de septiembre, el arranque de la estación, que
sobre todo en los mediodías y noches de bochorno estival, más se extraña.
Serían
decenas los compactos en los que podría detenerme como propios de esta época, y
he pensado durante un momento en muchos de ellos, pero, no sé por qué, finalmente me he decidido por dos
que compré el diecisiete de agosto de dos mil tres; uno, un recopilatorio de Nick
Drake, del cual había leído una reseña en un suplemento cultural, y otro, The Queen is dead, de The Smiths; ambos
destinados a ambientar, no sé si intencionadamente o no, los preparativos del
viaje a Londres que, en compañía de parte de mis amigos más cercanos, tenía
planeado para finales de octubre de ese mismo año.
Eran
aquellas semanas, momentos también de pérdida e incertidumbre.
Aquél
día libré. M. y B., de vacaciones, me habían pedido el favor de que me acercase
un par de veces por semana a su casa para regarles las plantas. Ella, siempre
tan detallista, en agradecimiento, el primer día que fui me encontré con que me
había dejado un par de tarjetas de regalo de Fnac.
Aquel
día aproveché la libranza para gastar una de las dos tarjetas en la compra de
estos compactos.
El
disco recopilatorio de Nick Drake, a quien luego he leído citado decenas de
veces como referente siempre de músicos que me cargan por su impostura y apatía,
realmente no me desagradó. Era suave, tristón y reflexivo; pero no pasó de
aquellas semanas. Si echo mano de él, tan sólo con ver su portada y las fotos
de su libreto, como ya en su momento citaba, en aquel verano de dos mil tres, no
hay sentimientos que se impongan tanto como “la nostalgia, el desánimo y la
insatisfacción.”
Echar
mano de la opinión del redactor de algún suplemento cultural o de alguna
revista musical a la hora de comprar un compacto ha sido algo que he llevado a
cabo no siempre con mucho acierto, si bien, el disco de Nick Drake, por más que
apenas sienta deseos de escucharlo una o dos veces al año, no entraría dentro
de los primeros puestos de torpezas cometidas en este sentido.
The Queen is dead, en cambio, sí que es un disco al que
vuelvo con asiduidad, especialmente a finales del verano y a comienzos
del otoño. Este compacto hace mala la teoría que da por supuesto que comenzar un disco con un
tema potente y atrayente es definitivo. De
las diez canciones que lo componen, quizá la primera, un desconcertante engrudo
sonoro, sea la única que no esté a nivel. El resto, una a una, resultan
canciones fantásticas, cada una resuelta como esas secuencias en las películas
de acción en las que el protagonista saca adelante con agilidad y determinación
las situaciones comprometidas que se le van presentando. De Frankly, Mr Shankly, pasando por Cemetry gates – con las citas a Yeats,
Keats y Wilde-, a Some girls are bigger
than others, la canción que cierra el disco, cuyo título no admite réplica,
el disco de The Smiths se mantiene siempre, escucha tras escucha, año tras año, como la
promesa entusiasta de un otoño mejor.
| Way to blue & The Queen is dead, 17 de agosto de 2003. |
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