domingo, 16 de agosto de 2015

El cambio de estación.

Si bien a este verano impasible aún le quedan unas cuantas semanas de calor, para aquellos a quienes el otoño se nos ha figurado siempre como la estación del año más estimulante, agosto, más que la cima del verano, es en cierta manera un peldaño de bajada, la antesala de septiembre, el arranque de la estación, que sobre todo en los mediodías y noches de bochorno estival, más se extraña.
Serían decenas los compactos en los que podría detenerme como propios de esta época, y he pensado durante un momento en muchos de ellos, pero, no sé por qué, finalmente me he decidido por dos que compré el diecisiete de agosto de dos mil tres; uno, un recopilatorio de Nick Drake, del cual había leído una reseña en un suplemento cultural, y otro, The Queen is dead, de The Smiths; ambos destinados a ambientar, no sé si intencionadamente o no, los preparativos del viaje a Londres que, en compañía de parte de mis amigos más cercanos, tenía planeado para finales de octubre de ese mismo año.
Eran aquellas semanas, momentos también de pérdida e incertidumbre.
Aquél día libré. M. y B., de vacaciones, me habían pedido el favor de que me acercase un par de veces por semana a su casa para regarles las plantas. Ella, siempre tan detallista, en agradecimiento, el primer día que fui me encontré con que me había dejado un par de tarjetas de regalo de Fnac.
Aquel día aproveché la libranza para gastar una de las dos tarjetas en la compra de estos compactos.
El disco recopilatorio de Nick Drake, a quien luego he leído citado decenas de veces como referente siempre de músicos que me cargan por su impostura y apatía, realmente no me desagradó. Era suave, tristón y reflexivo; pero no pasó de aquellas semanas. Si echo mano de él, tan sólo con ver su portada y las fotos de su libreto, como ya en su momento citaba, en aquel verano de dos mil tres, no hay sentimientos que se impongan tanto como “la nostalgia, el desánimo y la insatisfacción.”
Echar mano de la opinión del redactor de algún suplemento cultural o de alguna revista musical a la hora de comprar un compacto ha sido algo que he llevado a cabo no siempre con mucho acierto, si bien, el disco de Nick Drake, por más que apenas sienta deseos de escucharlo una o dos veces al año, no entraría dentro de los primeros puestos de torpezas cometidas en este sentido.
The Queen is dead, en cambio, sí que es un disco al que vuelvo con asiduidad, especialmente a finales del verano y a comienzos del otoño. Este compacto hace mala la teoría que da por supuesto que comenzar un disco con un tema potente y atrayente es definitivo. De las diez canciones que lo componen, quizá la primera, un desconcertante engrudo sonoro, sea la única que no esté a nivel. El resto, una a una, resultan canciones fantásticas, cada una resuelta como esas secuencias en las películas de acción en las que el protagonista saca adelante con agilidad y determinación las situaciones comprometidas que se le van presentando. De Frankly, Mr Shankly, pasando por Cemetry gates – con las citas a Yeats, Keats y Wilde-, a Some girls are bigger than others, la canción que cierra el disco, cuyo título no admite réplica, el disco de The Smiths se mantiene siempre, escucha tras escucha, año tras año, como la promesa entusiasta de un otoño mejor.


Way to blue & The Queen is dead, 17 de agosto de 2003.

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