Suele escucharse que en Madrid no se dan más que dos estaciones: invierno y verano. Quien lo afirma suele hacerlo de manera taxativa, con un tono de relativa ofensa, como si se le hubiese escamoteado algo. Suelen manifestarlo principalmente aquellos que esperan el progresivo advenimiento delante de la pantalla del ordenador o con la vista puesta a medio centímetro de su ombligo. Cuando finalmente reparan en el cambio estacional tienen el convencimiento de que el cielo y las temperaturas se han trastocado definitivamente de un día para otro, sin previo aviso, obviando la consideración de ir anticipándoles el cambio. Pero esta afirmación resulta fácil de rebatir. Tan solo atendiendo a la transición pausada de las horas de claridad y del mercurio de los termómetros, que día tras día avanzan inexorablemente a través de equinoccios y solsticios, el cambio de estación se manifiesta siempre preciso e incontestable. También esta primavera -que, como el otoño, es tomada por una estación de paso-, gradualmente, ha terminado por imponerse.
Hay compactos que son muy complicados de encontrar. Los hay que ni tan siquiera aparecen en el catálogo de las plataformas de venta online de segunda mano, son absolutamente ilocalizables; otros, si en esas mismas plataformas se consigue dar con su rastro, están publicitados con un precio desorbitado y se mantienen, por lo tanto, como objetos igual de inalcanzables. Por esta razón, cuando uno rebusca en las tiendas de segunda mano, particularmente en aquellas que mueven género más constantemente, siempre se hace con la ilusión de dar con alguno de esos compactos extraordinarios (en lo que a su hallazgo se refiere). Si esta búsqueda se da en una tienda del extranjero la fantasía del encuentro es todavía mayor.
El primer viaje que hicimos después de la pandemia fue a Zürich, en el otoño de dos mil veintidós. Las incomodidades y estrecheces de los vuelos seguían siendo los mismos a los que se habían padecido antes de ella, con el agravante del uso de mascarilla y de ciertas limitaciones añadidas. Después del almuerzo con N. y V. en un restaurante a medio camino entre su casa y sus trabajos, D. y yo, tal y como llevábamos planeando desde hacía semanas, anduvimos a la búsqueda de compactos. Su alto coste, fuesen estos de primera o de segunda mano, unificaba toda la oferta. Este de Bill Evans, You must believe in Spring, llevaba tanto tiempo detrás de él que cuando lo descubrí en las cubetas de una tienda céntrica, más que alegrarme por su encuentro lo giré precipitadamente para comprobar su precio (aunque convencido y resignado de que muchos tenían que ser los francos de la etiqueta para que no picase).
No hay necesidad de creer en la primavera, a pesar de lo que diga Bill Evans, se desee o no esta siempre termina por imponerse; si no en lo metafórico, sí al menos en lo metereológico.
![]() |
| You must believe in Spring, 8 de noviembre de 2022. |

No hay comentarios:
Publicar un comentario