A finales de enero cerró definitivamente el Angie. La noticia, de alguna manera, ya me la había anticipado un par de semanas antes J., la última noche que había estado allí. Lo hizo con su habitual cautela, a media voz, como si compartiese un secreto del que no se está muy convencido de participar a nadie. Se trataba principalmente, me decía, de una cuestión de rentabilidad. No porque el local hubiese dejado de dar dinero, no, sino porque las multas por la falta de licencia como bar de copas, aseguraba, les estaban amenazando, ahora sí, con cifras ante las que, llegado el momento, no podrían hacer frente.
El asunto de la licencia, sabíamos, viene de lejos; en opinión de J., fruto de políticas municipales restrictivas y contradictorias que, a pesar de su deseo de adecuarse a la reglamentación pertinente, solo les habían cargado de amonestaciones y medias respuestas. Más de una vez, mientras charlábamos tomando una cerveza, habíamos sido partícipes de la misma escena: la Policía Municipal personándose en el bar y J., a la vez que interrumpía bruscamente la música, desempolvando un carpetón de documentos que manejaba ante la patrulla con resignación y la tranquilidad de quien se sabía con la intención de mantenerse en regla. Pero ha llegado un momento en que, incapaces de obtener la licencia definitiva, se convence, prefieren no arriesgarse a más sanciones y traspasar el local a quien quiera seguir explotándolo dentro de los límites que el permiso vigente concede.
¿Qué puede decirse del cierre de un bar que se ha frecuentado más de la mitad de los años que uno ha vivido? Cuando al día siguiente de hablarlo con J. pensaba en la posibilidad de su traspaso, por inconcebible, imaginaba que, de alguna manera, como sucede en esas ficciones televisivas en que in extremis el protagonista gracias a una carambola imprevista logra sacar adelante sus intereses, el Angie seguiría abierto tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. Quizá por esa fantasía, cuando supe a través de un periódico digital, de su cierre definitivo, la pesadumbre ha sido un poco mayor.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.
![]() |
| Stripped, 13 de noviembre de 1995. |

No hay comentarios:
Publicar un comentario