viernes, 22 de marzo de 2019

El Angie (y II).

La oferta de bares abiertos en Madrid en Nochebuena ha sido siempre muy pobre. A comienzos de dos mil dar con uno en el centro era casi imposible; si con suerte, después de mucho deambular se encontraba uno que, como en un sueño, se presentara franco y refulgente en medio de las sombras, la afluencia era tan discreta y las expectativas de prolongar la noche tan pocas, que lo mejor, nos convencíamos todos pronto, era tomarse una cerveza y recogernos cuanto antes. 
Aquella situación cambió para nosotros cuando J. decidió abrir el Angie en Nochebuena, en dos mil dos por primera vez. Una noche en la que, precisamente, al hilo de lo que se citaba en la entrada anterior, transcurridas un par de horas apareció la policía con tal o cual requisito, sin que, aún así, la noche tuviese que clausurarse antes de lo previsto. De aquella primera apertura de amparo, después de la reforma de los baños, en la pared que los precedía, junto a una docena de fotografías de otros clientes habituales, se reproducía también aquella que esa misma noche nos tomamos nosotros detrás de la barra, apiñados entorno a J., en el lado donde habitualmente él pinchaba. 
Después de dos mil dos, todas las Nochebuenas, pasada la medianoche, con la precisión y la determinación de las que solo son capaces las tradiciones, el Angie, para deleite de nuestro ocio navideño, abría infaliblemente sus puertas.
La compañía para esa cita, sujeta, claro, al devenir de apetencias, distancias y desencuentros, de un año para otro fue variando. Y de igual manera, la concurrencia del local, que unas veces se colmaba incómodamente y otras, la mayor parte, presentaba una ocupación familiar y distendida. 
En los últimos años, solo J. y yo mantuvimos el gusto y el apego por la cita. Su ceremonia era siempre la misma: llegábamos pasada la una, buscábamos un sitio junto a la esquina que enfilaba la escalera de bajada a los baños, y conversábamos durante horas, poniendo al día lo que habían sido las últimas semanas del otoño; siempre hasta que J. echaba el cierre y nos invitaba a tomarnos una última ronda a cuenta de la casa, abriendo entonces la conversación a todos aquellos que aún permaneciésemos dentro.
En algún momento de la noche también, a su ofrecimiento, le sugeríamos que pinchase esta o aquella canción. Anybody wanna take me home, de Ryan Adams, nunca faltaba, esa que, de vuelta a casa en taxi, quedaba siempre como soniquete de una Nochebuena más.

Love is hell, 21 de octubre de 2005.

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