Pocos placeres hay tan personales, tan complejos de explicar y tan imposibles de compartir como el que le acomete a uno cuando se decide a releer uno de sus viejos diarios. Habrá quien diga que estos ejercicios nostálgicos, al igual que la revisión de antiguos álbumes fotográficos, cartas, recortes y, en general, de todas “aquellas pequeñas cosas” de las que hablaba Serrat, no tienen sentido y son dejes romos e ilusorios de aquel que no encuentra en el presente más sustancia que en los días remotos de su pasado. Es esta, a mi parecer, una interpretación simplona y desacertada. Perfectamente se puede estar encandilado por las circunstancias actuales, incluso por las previsibles futuras -estas sí, sin duda, fabricadas de una inestabilidad y fantasía mucho más endeble que la interpretación más condescendiente de los días más anodinos del pasado-, y dejarse arrobar por el inexplicable encantamiento de la evocación de lo vivido.
Al releer las páginas de un diario, especialmente si este queda muy alejado del presente, uno no se idiotiza tanto como para pensar que al salir a la calle va a encontrar cada uno de los detalles que sus palabras le han hecho recordar, tal y como entonces estaban. Ni tan siquiera que las personas que en sus lineas se citaban sigan teniendo ese mismo día un protagonismo parecido, si es que desde hace ya mucho no quedaron en un segundo plano o desaparecieron interpretando variados mutis. Ni tampoco que las preocupaciones, las alegrías y los desvelos de entonces sean ahora los mismos. Ese chispazo nostálgico, como un eclipse, solo es cuestión de minutos, los que nuestra atención permanece sobre sus páginas. Y sirven, si es que en este caso hablar de finalidad como utilidad no es una tontería, si acaso, de distracción, y de alguna manera también como reajuste de aprecios, personales y coyunturales, para que, aunque el tiempo todo lo relativice, ese olvido, que finalmente es el componente principal del medicamento, conserve sus matices.
Pero me estoy extendiendo más allá de las líneas habituales y toda estas consideraciones sobre la valía de las introspecciones diaristas vienen dadas por la relectura que estos últimos días he hecho de aquellos otros que algunos años atrás definieron el arranque del verano, esas semanas finales de junio y primeras de julio, que han supuesto siempre una fractura en las cadencias habituales. Con especial gusto he leído lo que escribí de aquel periodo en mil novecientos noventa y ocho, cuando, unido al socavón que propiciaba el arranque del verano aquel año se daba también la ruptura que anticipaba el final del ciclo universitario.
Una de aquellas tardes, la del domingo veintiocho de junio, estuve con M&M por el centro de Madrid, en el cine y tomando unas cervezas. Fue entonces cuando compré este compacto de Madredeus, el delicado O Paraíso.
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| O Paraíso, 28 de junio de 1998. |

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