miércoles, 4 de septiembre de 2019

Tren de media distancia.

Quizá sea este compacto el responsable de que un álbum de rock progresivo reseñable se me figure siempre como el trayecto en un tren de media distancia, plácido y fiable. No me refiero al recorrido que se hace en un tren de Cercanías, habitualmente precipitado e intermitente, ni tampoco al que puede llevarse a cabo durante toda una jornada en un tren dedicado a cubrir largas distancias, llegado el momento, monótono y extenuante; me refiero al viaje de un par de horas, preferiblemente diurnas, en una línea poco concurrida, con una parada o dos a lo sumo, en el que uno encuentra el tiempo preciso para leer, cabecear y contemplar distraídamente el paisaje. Ese traqueteo constante, decidido sin llegar a ser frenético, meditabundo y seguro, es el que a mi gusto define el ritmo y el tono que ha de tener un buen disco de rock progresivo. 
Las últimas semanas del verano de dos mil seis me encontraba decidido a cambiar de trabajo. Mi segunda etapa en la marca mallorquina de calzado no daba más de sí, el empleo se me había vuelto tedioso y decepcionante. En busca de nuevos aires laborales, por un lado, de manera precipitada y endeble, me había aventurado a preparar una oposición mucho más compleja de lo que nunca entonces fui consciente, confiado en la consecución positiva de un proceso al que no le dediqué más tiempo que al estudio de una asignatura de exigencia baja. Por otro lado, dentro de los caminos más factibles, había entrado en contacto con un par de consultoras para que me aireasen un poco el curriculum. De los procesos en los que me vi inmerso, uno para una empresa alemana de ropa deportiva, cuya central española estaba (y ésta) emplazada en Zaragoza, fue perfilándose como el más ventajoso y el que finalmente me llevó a dar el paso fuera de la compañía balear.
Los primeros días en el nuevo empleo me tuvieron de un lugar para otro, como suelen resolver siempre estas marcas internacionales, que por formarte y atontarte un poco hacen que te recorras sus oficinas y negocios con el convencimiento de que irremisiblemente terminarás apabullado de tanto patrimonio y saber hacer. Uno de estos viajes me tuvo un par de días en Barcelona, de tienda en tienda, obligado a prestarle atención a operativas y sugerencias que retenía en la memoria con el mismo gusto que los contenidos de la oposición que ya entonces había decidido relegar.
Durante el trayecto de vuelta, que en estos casos es habitualmente el momento que se disfruta de manera más entusiasta, escuché este brillante y canónico disco de Porcupine Tree, comprado unos días antes, precisamente un cuatro de septiembre como hoy.

Deadwing, 4 de septiembre de 2006. 

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