Hace unos años decía D., entre la extrañeza y la complacencia, que hay grupos, como America, de los que uno, sin pretenderlo y con una regularidad casi imperceptible, cuando se repara, puede haberse hecho con más de una docena de compactos.
Sí, es curioso como de algunos músicos, sin intención ni deseo específico, con la misma cadencia con que se suceden los años, cada cierto tiempo le da a uno por hacerse con algún otro disco suyo.
Tocaba a su fin aquel otoño apagado y silencioso de mil novecientos noventa y seis cuando, movido por un enfado con su novia, J. L., que en los meses anteriores había quedado voluntariamente apartado de los continuos planes festivos del grupo universitario, nos propuso a J. H. y a mí salir a tomar algo; era la noche del cinco de diciembre, víspera de puente. Él mismo, J. L., había sido quien primero me había prestado, un par de años antes, un disco de America: una edición en vinilo que contenía las canciones más destacadas de los primeros cinco discos de estudio del grupo, entonces trío: America´s Greatest Hits/ History.
Aquella noche de diciembre FNAC abría sus puertas exclusivamente para sus socios, que, tal y como se publicitaba, “podrían realizar sus compras habituales con un descuento especial”. J. L. era entonces socio y tenía además un par de invitaciones, así que el arranque de la noche decidimos hacerlo allí.
El recopilatorio de America, entonces ya un clásico de las series medias, con el descuento puntual del evento, se quedaba a un precio que no se prestaba a indecisión alguna.
Después de hacer cada uno sus compras bajamos a la planta sótano, donde a los socios, por si acaso no encontraban estímulo suficiente en lo atractivo de los descuentos, se les obsequiaba también con unas copitas de champán; en nuestro caso, con bastantes más de las unidades que habíamos comprado.
Y si America reunía en dicho compacto los primeros éxitos de su carrera, digamos que nosotros, dado que J. L. apenas había sido de la partida, agrupamos y recorrimos aquella noche junto a él los barrios y bares que habían marcado los meses primeros de aquel mil novecientos noventa y seis: "El Ribeiro", aquella taberna gallega cercana a Plaza de España, que nos había enganchado a todos por lo barato de sus vinos y la generosidad de sus tapas, el Gin Kas, donde Ch., cordial e impertérrito, nos atendía y daba toda la conversación de que fuésemos capaces, El Penta, local incombustible y ameno… El entusiasmo febril de la noche dio con nosotros, bien entrada la madrugada, bajo el desaparecido puente de Santa María de la Cabeza, donde J. H., que se había prodigado menos en la compra de música y también en el atiborramiento de cerveza, dejó a J. L. a unos pasos de su casa y me condujo a mí hasta Leganés.
| America's Greatest Hits/ History, 5 de diciembre de 1996. |
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