En una plataforma digital puede verse un documental sobre Led Zeppelin, centrado particularmente en sus primeros años. Estos documentales musicales son todos muy parecidos. Bien se trate de un grupo o de un solista la mirada arranca siempre de idéntica manera, atentos a la infancia de los documentados: procedencia familiar, primeros estímulos musicales, aficiones compartidas, conformación de distintos grupos juveniles… Todo dentro de un guión predecible hasta que se alcanza el capítulo dos y más largo, cuando se publica el primer elepé y, con mayor o menor repercusión, se establecen las bases para una carrera que de forma inmediata será incontestable. Llegan entonces las referencias a las listas de éxitos, las giras interminables, la consecución de elepés apabullantes y referenciales, los envolventes excesos del rocanrol, etcétera. Sus carreras se extenderán para todos de forma parecida hasta que ese empuje que parecía supremo y eterno, como las aguas de un río que alcanza el delta que precede la costa, pierde fuelle y termina por desvanecerse. Pero si algo tienen en común también estos documentales, más allá de su clásico desarrollo, es su capacidad de generarnos un deseo impaciente de escucha del grupo o del solista en cuestión.
Volviendo a los discos de Led Zeppelin, que es cierto que no necesitan de ningún documental para revitalizarse (o, como diría el contemporáneo memo de turno, ponerse en valor), en esta entrada quisiera detenerme en el tercero, nombrado sencillamente así, Led Zeppelin III.
Fue D. quien me lo regaló por mi treinta y nueve cumpleaños. Para entonces, también el que había sido nuestro numeroso y agitado grupo de amigos había llegado a un remanso alejado del tumulto precedente, un punto que, prolongando el símil, anticipaba una progresiva pérdida de caudal. Aquel cumpleaños lo celebré en Matritum, la casa de comidas de la Cava Alta, célebre por la fragilidad de sus copas de vino, particularmente si algún perturbado las apretaba obsesivamente. Nos juntamos una decena de amigos, en una modalidad que solo tendría algo de continuidad unos años después en las cenas navideñas que preparamos en casa.
Cuando en un banquete se está sentado a la mesa, como apuntaba Javier Marías en Todas las almas, lo principal es la compañía que se tiene a los lados, que será la que nos brinde una conversación más o menos amena y distendida; y en este sentido, a diferencia de las fiestas que se habían dado en años anteriores, donde uno podía ir de un grupo a otro y escapar de los invitados más plomizos con cualquier excusa, esta vez hubo quien se vio involuntariamente alistado en el SMOE (Servicio Militar Obligatorio de Escucha), y terminó bien empachado y devastado por la turra. Las incompatibilidades eran ya entonces evidentes.
A la postre, no hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de que los bandas musicales no dejan de ser en origen más que un grupo de amigos arrastrado por un mismo afán, y que lo natural en estos, como en cualquier otro grupo de amigos, sea que con el transcurso de los años las desavenencias y los anhelos generen, por ejemplo, diferentes cambios en la formación, extensos parones y la necesidad, muchas veces, de emprender carrera en solitario.
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| Led Zeppelin III, 14 de junio de 2014. |

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