miércoles, 26 de febrero de 2020

El día impar.

A comienzos de marzo se cumplirán cinco años desde que empecé a escribir este blog. Un ejercicio que después de la docena de entradas que trato de sacar adelante cada año será aquel que más pronto que tarde me llevará a señalar en un calendario aquellos días que, relacionados con la llegada de los compactos a la colección, ya me he ocupado, obligándome a su vez a ir emparejando, entrada tras entrada, los días restantes con su correspondiente compacto, como en uno de esos juegos de mesa donde al final de la partida todas las casillas del tablero terminan ocupadas.
De todos los días del año el veintinueve de febrero es por motivos obvios uno de los que para hacerse con un compacto más limitaciones presenta. Repasando el listado, en dicha fecha, como recordaba, tan solo tengo uno anotado: el Raising Sand de Robert Plant y Alison Krauss, que encontré en Yunke al poco de ser lanzado aquel día impar de dos mil ocho.
Desconcierta que únicamente el paso de un par de años bisiestos hayan generado una distancia tan insalvable con aquel tiempo que recordado en detalle se nos figure tan remoto y, sobre todo, tan ajeno.
O. tenía entonces tan solo un par de meses y su atención se llevaba por delante la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra distensión. Uno de aquellos fines de semana, D., que aún disfrutaba del permiso de maternidad, viajó a Huesca, y yo, desempleado y todavía indeciso de retomar una carrera laboral que no parecía ofrecerme sendas mejores de las que unos meses atrás voluntariamente había decidido apartarme, me quedé en Madrid cuidando de ella. 
Una de las principales rutinas de aquella época nos tenía diariamente de paseo durante la sobremesa. Después de comer, la acomodaba en el carro y echábamos a andar. Generalmente rondábamos por las proximidades del Pasillo Verde, al amparo de un sol débil, que recordado hoy, se tiene el convencimiento de que nunca faltó a la cita. Al poco, O. se quedaba dormida y yo trataba de distraerme pensando en esto y en aquello. Cuando se despertaba y gruñía, incomprensiblemente hambrienta, emprendíamos el camino de vuelta.  
Al termino de aquel fin de semana, cuando D. volvió, lo sopesaba y me parecía incomprensible que entre unas cosas y otras no hubiese encontrado un momento de descanso ni tan siquiera para leer o escuchar compactos como este Raising Sand.

Raising sand, 29 de febrero de 2008.

domingo, 19 de enero de 2020

Coto turístico.

De vez en cuando se dan estas coincidencias y se queda uno pensativo recordando  aquellas teorías que Arthur Koestler manejaba buscando clarificar de manera científica la naturaleza secreta del azar.
Hace un año que cerró el Angie. Las primeras veces que bordeé su manzana después del cierre ni tan siquiera quise echar un vistazo a su fachada por evitar la constatación de la pérdida, pero no hace mucho, una mañana soleada, infalible a cualquier tipo de melancolía, conocedor por otros del nuevo destino del local, me detuve delante de ella, a los mismos dos pasos que precedían siempre nuestra entrada, y comprobé en qué se había convertido: un anodino bar de tapas más para distracción y deleite del público foráneo.
Pensando en el compacto al que le dedicaría las líneas de este mes, concreté, por darle algo de significación al aniversario del cierre de lugar tan querido, que el compacto en cuestión sería Goats Heap Soup, de Los Rolling, aquel que contiene la canción que daba nombre al local. Eché un vistazo al listado de compactos y comprobé que dicho álbum precisamente, ¡oh, inocente casualidad!, lo compré un dieciocho de enero (el mismo día que fue ayer, cuando empecé a redactar esta entrada)…
Como sucede con otros muchos, Goats Heap Soup, antes de llegar en el sólido formato, fue precedido del formato casete, en el arranque del verano del noventa y cuatro. Las razones de este afán acumulador de un mismo disco en distintos soportes (de este, incluso, B. me lo regaló en formato vinilo), como ya he referido en alguna otra ocasión, por un lado son de índole práctica, “para que su escucha me resulte más próxima y sencilla”, y por otro para que “de alguna manera, simbólicamente, quede definitivamente asentado en la colección.”
La noche del dieciocho de enero de dos mil doce había quedado con los italianos, F. y M., en una taberna irlandesa próxima a Santa Ana. Antes de encontrarme con ellos anduve por Fnac, donde unas semanas atrás había visto abaratada la mayor parte de la discografía de Los Rolling. Cargué con este y con algunos otros más. En la taberna irlandesa, rebosante de una clientela foránea atenta al fútbol televisado, no había sitio ni para llevarse la pinta a los labios.
(Esta misma semana he estado dando una vuelta por Huertas. La taberna irlandesa sigue abierta, lo cual, dado que en Madrid de un tiempo a esta parte todo el ocio orientado al turismo es garantía de permanencia, era cosa más que previsible.)

Goats Head Soup, 18 de enero de 2012.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Superstición de larga duración.

No recuerdo a quién le escuché decir -quizá fue a aquel profesor universitario tan fino y descreído que nos impartió la asignatura Pintura española del siglo XIX- que entre los artistas y literatos decimonónicos madrileños, atenazados por una mortandad implacable que les cercenaba la vida a las pocas décadas de existencia, corría la superstición, más que la prevención de determinadas enfermedades, de que la mejor manera de garantizarse una cierta longevidad era tener siempre entre manos un libro por terminar. Es decir, asegurarse de que poco antes de llegar a la última página del que se estuviese leyendo, sin margen para caer en ese figurado abismo mortal, se hubiese comenzado otro que ayudase a salvarlo.
Este convencimiento puede que tenga algo que ver con aquel otro que nos acomete a muchos cuando nos decidimos a emprender proyecto coleccionistas, de visionado o de lectura que sabemos han de ocuparnos largos años: de alguna manera, además del disfrute, lo que también uno parece buscar es una garantía de permanencia; por si acaso las circunstancias vienen mal dadas y hay que echar mano de razonamientos del tipo: “¡No, señora, usted se equivoca! A mí no me corresponde morir todavía, aún tengo más de una docena de libros de la serie de tal o cual autor pendientes de leer…” 
Hace unos meses, en este empeño por emprender ocios monumentales, me decidí a iniciar la lectura de las más de veinte novelas que componen la llamadas Novelas Contemporáneas de Pérez Galdós, de La desheredada a Casandra (alternadas, claro, con otras de distintas épocas y autores, no fuese a empacharme de tanto casticismo). Algunas de ellas, como la que estos días me ocupa, La de Bringas, ya la había leído anteriormente, aunque no recordaba con exactitud cuándo. Busqué entre las fichas en que suelo apuntar estos datos (innegable tara historicista) y comprobé que la empecé a finales de dos mil trece, el treinta de diciembre.
Por curiosidad también eché un vistazo después al listado de compactos buscando comprobar si es que existía correspondencia musical. Y sí, la había: ese mismo treinta de diciembre de dos mil trece, llegadas de París, D. y O. me regalaban este Crimson/Red, de Prefab Sprout, mucho menos jugoso y brillante, eso sí, que la novela de Galdós.

Crimson/ Red, 30 de diciembre de 2013.
  

sábado, 16 de noviembre de 2019

El reloj comercial.

La publicidad y los eslóganes comerciales resultan casi siempre de una artificiosidad estúpida. Cuando lo natural sería tratar de aprovechar pausadamente cada una de las estaciones del año, sin más necesidad que conocer y sacar partido de sus particularidades, el deseo que las marcas de consumo tienen por reglar comercialmente su transcurso, acelerándolo nuestra percepción como la de un niño en un tiovivo, a veces sorprende y otras, las más, cuando uno se ve desbordado por la inminente sucesión de citas a las que parece estar obligado a prestar atención, desagrada.
¿Cómo se explica que a comienzos de noviembre se encuentren ya algunos centros comerciales decorados de la misma manera que lo estarán el mismo día de Navidad? Halloween, Black Friday, Navidad… La sucesión de eventos comerciales, propios o importados, ha adulterado y salpicado el calendario con tantas citas como meses, la mayor parte forzadas y huecas, con el único propósito de mantener en constante ebullición nuestras necesidades de consumo.
Esta maniobra recuerda a la de esas ciudades norteamericanas carentes del más nimio atractivo cultural que afanadas en ganarse algo de significación turística se sacan de la manga absurdos museos e irrelevantes memoriales con la misma devoción que mostrarían si en su perímetro se levantase el Coliseo.
En todo caso, lo cierto es que viviendo en una gran ciudad resulta verdaderamente complicado abstraerse de tanto anzuelo y hay ocasiones en las que uno, sin saber muy bien cómo, se ve preso de esa vorágine consumista.
Aquellos primeros días de dos mil dieciséis D., tal y como tenía proyectado, los pasó con su amiga T. en Andorra y O., al trabajarlos yo, en casa de mis padres. El día cuatro de enero, que era lunes, después de una nueva batida por el centro, di por concluida la compra de regalos navideños, que aquel año por clara inconsciencia había sido especialmente copiosa. En Yunke, donde solo acostumbro a pasar de largo si el local está cerrado, entre idas y venidas, me detuve un segundo y encontré el que era último lanzamiento de Jeff Lynne, Alone in the universe.
Esa misma noche lo escuché en casa varias veces mientras trataba desesperadamente de empaquetar la docena de regalos con la que había cargado, empachado de tanta festividad y atolondrado por el machacón sonido de la batería del líder de la ELO.

Alone in the universe, 4 de enero de 2016.

lunes, 7 de octubre de 2019

La obligación.

Puede que en alguna entrada anterior me haya referido a esos compactos que son comprados y que, precintados o no, permanecen en las estanterías de casa hasta que, en el mejor de los casos, si es que tras una larga espera sin escucha no ocupan su puesto definitivo dentro del orden alfabético de la colección, se les presta alguna atención. 
Algunos de ellos son compras que se hacen por devoción y una leve dosis de compromiso, quiero decir: se trata de lanzamientos de un grupo o solista al que se ha seguido con regularidad y cuya discografía en gran medida se tiene completa, y que por ese afán compilador (hábito al que seguro que en más de una ocasión me he referido), ante cualquier nueva grabación uno se ve en la obligación de hacerse con ella, independientemente de cuál sea su verdadero atractivo. 
A comienzos de septiembre Chrissie Hynde lanzó su segundo disco en solitario, una sofisticación jazzística grabada junto a The Valve Bone Woe Ensemble. 
Valiéndome de una de esas plataformas digitales que ofrecen fondos musicales hasta la indigestión lo escuché, y aunque de primeras no me pareció mal, pensando que al anterior en solitario suyo, Stockholm, apenas le había dedicado un par de escuchas, preferí posponer la compra de aquel y darle una nueva oportunidad a este. 
Stockholm, que a pesar de haber sido lanzado como álbum en solitario de la cantante de Pretenders, comparte con los últimos álbumes editados bajo el nombre de la banda, el mismo tono, se editó a comienzos de junio de dos mil cuatro. Unos días después lo compré yo, justo en el momento en que la apertura de las piscinas públicas y privadas daban por comenzado el verano.
Desde el salón del bajo de la calle Amaltea, a la tarde siguiente, a través del brezo de la terraza podía observarse como los vecinos de la urbanización, que hasta que la piscina había estado abierta, poco decididos todavía por el baño, tras haber entretenido la tarde aireándose y cuidando de sus hijos, una vez cerrado el recinto, poco a poco, cargados de toallas y empujando sus carritos infantiles, empezaban a retirarse.
Entonces, cuando el soniquete vecinal de la tarde fue remitiendo, la casa quedó en una quietud solo distraída por aquella primera escucha del disco de Chrissie Hynde, una primera que no tuvo continuidad hasta muchas semanas después.

Stockholm, 28 de junio de 2014.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Tren de media distancia.

Quizá sea este compacto el responsable de que un álbum de rock progresivo reseñable se me figure siempre como el trayecto en un tren de media distancia, plácido y fiable. No me refiero al recorrido que se hace en un tren de Cercanías, habitualmente precipitado e intermitente, ni tampoco al que puede llevarse a cabo durante toda una jornada en un tren dedicado a cubrir largas distancias, llegado el momento, monótono y extenuante; me refiero al viaje de un par de horas, preferiblemente diurnas, en una línea poco concurrida, con una parada o dos a lo sumo, en el que uno encuentra el tiempo preciso para leer, cabecear y contemplar distraídamente el paisaje. Ese traqueteo constante, decidido sin llegar a ser frenético, meditabundo y seguro, es el que a mi gusto define el ritmo y el tono que ha de tener un buen disco de rock progresivo. 
Las últimas semanas del verano de dos mil seis me encontraba decidido a cambiar de trabajo. Mi segunda etapa en la marca mallorquina de calzado no daba más de sí, el empleo se me había vuelto tedioso y decepcionante. En busca de nuevos aires laborales, por un lado, de manera precipitada y endeble, me había aventurado a preparar una oposición mucho más compleja de lo que nunca entonces fui consciente, confiado en la consecución positiva de un proceso al que no le dediqué más tiempo que al estudio de una asignatura de exigencia baja. Por otro lado, dentro de los caminos más factibles, había entrado en contacto con un par de consultoras para que me aireasen un poco el curriculum. De los procesos en los que me vi inmerso, uno para una empresa alemana de ropa deportiva, cuya central española estaba (y ésta) emplazada en Zaragoza, fue perfilándose como el más ventajoso y el que finalmente me llevó a dar el paso fuera de la compañía balear.
Los primeros días en el nuevo empleo me tuvieron de un lugar para otro, como suelen resolver siempre estas marcas internacionales, que por formarte y atontarte un poco hacen que te recorras sus oficinas y negocios con el convencimiento de que irremisiblemente terminarás apabullado de tanto patrimonio y saber hacer. Uno de estos viajes me tuvo un par de días en Barcelona, de tienda en tienda, obligado a prestarle atención a operativas y sugerencias que retenía en la memoria con el mismo gusto que los contenidos de la oposición que ya entonces había decidido relegar.
Durante el trayecto de vuelta, que en estos casos es habitualmente el momento que se disfruta de manera más entusiasta, escuché este brillante y canónico disco de Porcupine Tree, comprado unos días antes, precisamente un cuatro de septiembre como hoy.

Deadwing, 4 de septiembre de 2006. 

martes, 30 de julio de 2019

El paraíso es el recuerdo.

Pocos placeres hay tan personales, tan complejos de explicar y tan imposibles de compartir como el que le acomete a uno cuando se decide a releer uno de sus viejos diarios. Habrá quien diga que estos ejercicios nostálgicos, al igual que la revisión de antiguos álbumes fotográficos, cartas, recortes y, en general, de todas “aquellas pequeñas cosas” de las que hablaba Serrat, no tienen sentido y son dejes romos e ilusorios de aquel que no encuentra en el presente más sustancia que en los días remotos de su pasado. Es esta, a mi parecer, una interpretación simplona y desacertada. Perfectamente se puede estar encandilado por las circunstancias actuales, incluso por las previsibles futuras -estas sí, sin duda, fabricadas de una inestabilidad y fantasía mucho más endeble que la interpretación más condescendiente de los días más anodinos del pasado-, y dejarse arrobar por el inexplicable encantamiento de la evocación de lo vivido.
Al releer las páginas de un diario, especialmente si este queda muy alejado del presente, uno no se idiotiza tanto como para pensar que al salir a la calle va a encontrar cada uno de los detalles que sus palabras le han hecho recordar, tal y como entonces estaban. Ni tan siquiera que las personas que en sus lineas se citaban sigan teniendo ese mismo día un protagonismo parecido, si es que desde hace ya mucho no quedaron en un segundo plano o desaparecieron interpretando variados mutis. Ni tampoco que las preocupaciones, las alegrías y los desvelos de entonces sean ahora los mismos. Ese chispazo nostálgico, como un eclipse, solo es cuestión de minutos, los que nuestra atención permanece sobre sus páginas. Y sirven, si es que en este caso hablar de finalidad como utilidad no es una tontería, si acaso, de distracción, y de alguna manera también como reajuste de aprecios, personales y coyunturales, para que, aunque el tiempo todo lo relativice, ese olvido, que finalmente es el componente principal del medicamento, conserve sus matices.       
Pero me estoy extendiendo más allá de las líneas habituales y toda estas consideraciones sobre la valía de las introspecciones diaristas vienen dadas por la relectura que estos últimos días he hecho de aquellos otros que algunos años atrás definieron el arranque del verano, esas semanas finales de junio y primeras de julio, que han supuesto siempre una fractura en las cadencias habituales. Con especial gusto he leído lo que escribí de aquel periodo en mil novecientos noventa y ocho, cuando, unido al socavón que propiciaba el arranque del verano aquel año se daba también la ruptura que anticipaba el final del ciclo universitario.
Una de aquellas tardes, la del domingo veintiocho de junio, estuve con M&M por el centro de Madrid, en el cine y tomando unas cervezas. Fue entonces cuando compré este compacto de Madredeus, el delicado O Paraíso.

O Paraíso, 28 de junio de 1998.

miércoles, 26 de junio de 2019

Música cotidiana.

Hace unos días estuve por segunda vez en Portland. La primera fue en dos mil doce, también a comienzos de junio. A pesar de haber visitado durante este tiempo otros lugares de Estados Unidos y de alguna manera haberse familiarizado uno más con el tono del país, la ciudad me sigue generando la misma indiferencia que entonces.
Antes de viajar, como es costumbre, eché un vistazo y apunté la dirección de alguna de sus tiendas de discos. Mucha de la oferta que recordaba, aún persistía.
Entonces, en dos mil doce, la primera mañana de estancia, sin compromiso laboral alguno, abocados por los trastornos horarios, la ocupamos en pasear por el centro de la ciudad. Donde más tiempo nos detuvimos los cuatro que íbamos fue en una tienda de discos llamada Everyday Music, tan grande como una cancha de baloncesto. No se trataba de emplear toda la mañana en ella, pero sí al menos de recorrer con atención el directorio de alguno de sus pasillos. De todo lo que compré, quizá el último disco en solitario de Robbie Robertson, supuse que sería el más complicado de encontrar en Madrid.  
Para el viaje de este año, sin apenas tiempo libre, tenía pensado en algún momento descolgarme del paso general y acercarme a Everyday Music. Encontré la oportunidad la tarde del miércoles. Antes de subir a la terraza del hotel, donde todos los días se culminaban las jornadas, pasé por mi habitación, me abrigué y salí a la calle como un fugitivo. Comenzaba a anochecer. El centro de la ciudad se había despoblado de turistas y transeúntes, y sus amplias aceras eran solo ocupadas por decenas de grupos de vagabundos que, como serenos en excedencia, se disponían a pasar la noche. La indigencia masiva en las calles de las ciudades americanas es un asunto que me sigue generando mucha extrañeza y desconfianza. Una sociedad que es incapaz de resolver estas circunstancias a la fuerza ha de ser una sociedad defectuosa. 
La disposición en cuadricula de sus calles y su sencilla nomenclatura numérica me condujeron pronto al local. Estaba casi vacío. Detrás del mostrador, que solo este ocupaba más metros cuadrados que la mayor parte de las tiendas madrileñas dedicadas a la venta de compactos, estaba atendido por una chica joven con la misma expresión de desconcierto que tienen los castores que se ven en las muchas representaciones que de estos animales hay en la ciudad. Tenía una hora por delante hasta que cerrasen el local… 
Es cierto que el viaje a los Estados Unidos es pesadísimo, que su control de aduanas resulta molesto y desconcertante, que sus reclamos turísticos, salvo los emplazamientos naturales, son forzados y secos, que su estilo de vida se intuye precocinado y hueco; todo esto lo tiene uno cada vez más claro, pero tiendas de compactos como las que allí se encuentran, de esto tampoco hay duda, uno no las ha visto en ningún otro lugar.

How to become clairvoyant, 5 de junio de 2012.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El ritmo lento.

Hay veces en que desde casa reparo en la cúpula del Palacio de Vistalegre, refulgente y un poco marciana en medio del general velo pardusco del barrio, y al pensamiento, como uno mismo desde los ventanales de la cocina, se asoma siempre el recuerdo de aquel concierto de Supertramp al que allí asistimos en la primavera de dos mil dos, dentro de la gira de presentación del que hasta ahora es su último álbum de estudio, Slow motion.
Este compacto lo compré el veintitrés de abril de aquel mismo dos mil dos, el día de mi santo. Llevaba trabajando en la zapatería de Las Rozas un par de semanas, y ese martes libraba. F. me telefoneó desde Preciados para leerme burlonamente un párrafo de la primera novela que Loquillo había editado. Un rato después nos encontramos allí. Aprovechando lo señalado de la jornada, los almacenes cercanos habían ribeteado la calle de tenderetes con lo más vistoso de su oferta editorial. En Fnac encontré este Slow Motion, un disco que escuchado ahora, sin ser un álbum aburrido, es a la carrera de Supertramp lo que la llegada de un viejo tren a una estación de provincias, un traquetear lento y apacible.
El concierto se celebró el sábado de aquella misma semana. Salvo D., que en uno de sus herméticos mutis, extrañamente había preferido no sacar la entrada, los que sí asistiríamos éramos bastantes. Supertramp, más quizá que ningún otro grupo, era el que en los últimos años de la década anterior más habíamos escuchado juntos. Raro era el día que J. en el Angie, sin necesidad de que se lo pidiésemos, al encontrarnos en el bar no pinchase alguna de sus canciones. 
Pero esa misma mañana la convocatoria para el concierto se vio inesperadamente reducida. Por un lado M., al que por motivos laborales le tocaba viajar de urgencia fuera de Madrid, se caía del plan, y por extensión también B., que verdaderamente solo venía por acompañarle. A estas ausencias, a punto de comenzar el concierto, en la pista, solo con G., se sumaba también la de su novio, I., que entre el desinterés y la inoperancia no era capaz de encontrar aparcamiento, y cuando dio con uno libre no supo dar con nosotros dentro del recinto. Así, G. estuvo más pendiente del teléfono móvil tratando de localizar a su novio que del concierto, y entre unas cosas y otras, con una desconcentración parecida, yo mismo.

Slow motion, 23 de abril de 2002.

viernes, 26 de abril de 2019

El dependiente que sabe asesorar de Música no lleva chaleco.

En un artículo aparecido en El País hace algunos años, cuyo título era algo así como “Conectados a Alta Fidelidad”, con el tono ameno y liviano que caracteriza estos apuntes periodísticos, se referían algunas de las pequeñas tiendas de discos que entonces aún permanecían abiertas en el centro de Madrid, sus particularidades y las de sus clientes: Escridiscos, Toni Martin, Rock and Roll Circus y Radio City.
Lo suyo hubiese sido que de igual manera que sucede con los bares, restaurantes, rincones turísticos y demás que en estos medios se destacan, convirtiéndose al instante en puntos de interés masificados, al fin de semana siguiente, que es cuando en las grandes ciudades la turba ociosa, como un ejército en campaña, está obligada a ponerse en marcha; esas cuatro tiendas de discos, aunque solo fuese por curiosidad, se hubiesen visto llenas de gente hasta los topes. Pero no, con las tiendas de discos, con el consumo de música en general, a diferencia del melómano convencido, el simple aficionado, que ya es norma y legión, por más que algún medio general escrito se lo sugiera, la compra de música y los locales que la promueven, los tienen por cosa de una inutilidad y arcaicismo absoluto.
Toni Martin cerró en dos mil dieciséis, aunque el local sigue dedicado a la venta de música de una manera, a mi parecer, más ligera y aséptica. El neón que antes lo señalaba fue con el cambio de propietarios sustituido por la ilustración colorida y festiva de Janis Joplin, que da nombre al negocio actual.
La pérdida de rentabilidad de Toni Martin debió ser inevitable y progresiva. Es cierto que el local no se situaba en una de las zonas de mayor tránsito del centro, ni tampoco que los precios de sus compactos fuesen especialmente asequibles, pero el catálogo y la atención que el dueño ofrecía, compensaban sobradamente.
Mediado agosto de dos mil diez, una tarde en que andaba rondando por el barrio de Argüelles a la espera de que comenzase la sesión en los cines cercanos, entré en Toni Martin. La contención económica había llegado a tal punto para el dueño del local que, dependiendo de por donde el cliente transitase, así iba él encendiendo y apagando luces. Al menos, tal ahorro energético, a diferencia del sofoco que horneaba las calles, mantenía la tienda fresca y sombreada. 
Aquella tarde, más por hábito que por fe en el posible resarcimiento del negocio, además de un compacto de Lucinda Williams, siguiendo las indicaciones del dueño, tomé también una cajita con cinco discos de Miles Davis de finales de los cincuenta, entre ellos este fenomenal ´Round about midnight.

´Round about midnight, 10 de agosto de 2010.

viernes, 22 de marzo de 2019

El Angie (y II).

La oferta de bares abiertos en Madrid en Nochebuena ha sido siempre muy pobre. A comienzos de dos mil dar con uno en el centro era casi imposible; si con suerte, después de mucho deambular se encontraba uno que, como en un sueño, se presentara franco y refulgente en medio de las sombras, la afluencia era tan discreta y las expectativas de prolongar la noche tan pocas, que lo mejor, nos convencíamos todos pronto, era tomarse una cerveza y recogernos cuanto antes. 
Aquella situación cambió para nosotros cuando J. decidió abrir el Angie en Nochebuena, en dos mil dos por primera vez. Una noche en la que, precisamente, al hilo de lo que se citaba en la entrada anterior, transcurridas un par de horas apareció la policía con tal o cual requisito, sin que, aún así, la noche tuviese que clausurarse antes de lo previsto. De aquella primera apertura de amparo, después de la reforma de los baños, en la pared que los precedía, junto a una docena de fotografías de otros clientes habituales, se reproducía también aquella que esa misma noche nos tomamos nosotros detrás de la barra, apiñados entorno a J., en el lado donde habitualmente él pinchaba. 
Después de dos mil dos, todas las Nochebuenas, pasada la medianoche, con la precisión y la determinación de las que solo son capaces las tradiciones, el Angie, para deleite de nuestro ocio navideño, abría infaliblemente sus puertas.
La compañía para esa cita, sujeta, claro, al devenir de apetencias, distancias y desencuentros, de un año para otro fue variando. Y de igual manera, la concurrencia del local, que unas veces se colmaba incómodamente y otras, la mayor parte, presentaba una ocupación familiar y distendida. 
En los últimos años, solo J. y yo mantuvimos el gusto y el apego por la cita. Su ceremonia era siempre la misma: llegábamos pasada la una, buscábamos un sitio junto a la esquina que enfilaba la escalera de bajada a los baños, y conversábamos durante horas, poniendo al día lo que habían sido las últimas semanas del otoño; siempre hasta que J. echaba el cierre y nos invitaba a tomarnos una última ronda a cuenta de la casa, abriendo entonces la conversación a todos aquellos que aún permaneciésemos dentro.
En algún momento de la noche también, a su ofrecimiento, le sugeríamos que pinchase esta o aquella canción. Anybody wanna take me home, de Ryan Adams, nunca faltaba, esa que, de vuelta a casa en taxi, quedaba siempre como soniquete de una Nochebuena más.

Love is hell, 21 de octubre de 2005.

domingo, 10 de febrero de 2019

El Angie (I).

A finales de enero cerró definitivamente el Angie. La noticia, de alguna manera, ya me la había anticipado un par de semanas antes J., la última noche que había estado allí. Lo hizo con su habitual cautela, a media voz, como si compartiese un secreto del que no se está muy convencido de participar a nadie. Se trataba principalmente, me decía, de una cuestión de rentabilidad. No porque el local hubiese dejado de dar dinero, no, sino porque las multas por la falta de licencia como bar de copas, aseguraba, les estaban amenazando, ahora sí, con cifras ante las que, llegado el momento, no podrían hacer frente. 
El asunto de la licencia, sabíamos, viene de lejos; en opinión de J., fruto de políticas municipales restrictivas y contradictorias que, a pesar de su deseo de adecuarse a la reglamentación pertinente, solo les habían cargado de amonestaciones y medias respuestas. Más de una vez, mientras charlábamos tomando una cerveza, habíamos sido partícipes de la misma escena: la Policía Municipal personándose en el bar y J., a la vez que interrumpía bruscamente la música, desempolvando un carpetón de documentos que manejaba ante la patrulla con resignación y la tranquilidad de quien se sabía con la intención de mantenerse en regla. Pero ha llegado un momento en que, incapaces de obtener la licencia definitiva, se convence, prefieren no arriesgarse a más sanciones y traspasar el local a quien quiera seguir explotándolo dentro de los límites que el permiso vigente concede.   
¿Qué puede decirse del cierre de un bar que se ha frecuentado más de la mitad de los años que uno ha vivido? Cuando al día siguiente de hablarlo con J. pensaba en la posibilidad de su traspaso, por inconcebible, imaginaba que, de alguna manera, como sucede en esas ficciones televisivas en que in extremis el protagonista gracias a una carambola imprevista logra sacar adelante sus intereses, el Angie seguiría abierto tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. Quizá por esa fantasía, cuando supe a través de un periódico digital, de su cierre definitivo, la pesadumbre ha sido un poco mayor.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.

Stripped, 13 de noviembre de 1995.

lunes, 14 de enero de 2019

Los síntomas.

Al poco de mudarme yo a Madrid, mis padres, una vez que les fueron entregadas las llaves de la nueva casa, mucho más espaciosa de lo que había sido aquella otra en la que siempre habíamos vivido, abandonaron también el modesto barrio de San Nicasio para trasladarse al colindante y recién urbanizado barrio de Campo de Tiro, de vecindario parecido, pero de aire más vistoso y desahogado.
Durante aquellos primeros meses y años las visitas al nuevo domicilio familiar solían tener una frecuencia semanal, poco importaba que el día de libranza se tuviese que emplear al completo allí o bien que, después de la jornada laboral, se hubiese de tomar un tren a última hora de la tarde para tan solo compartir el rato de la cena con ellos. Ahora, con el paso de los años, cuando las obligaciones laborales y domésticas son cada vez más y el tiempo de ocio, para convencernos de que se ha aprovechado al máximo, tratamos de calibrarlo con la minuciosidad de un relojero, es raro el mes en que las visitas al barrio de Campo de Tiro se dan en más de una ocasión.   
Ese ocho de abril de dos mil trece aproveché la libranza para pasar el día allí, en su casa, pero no fui directamente, sino que antes me detuve en Parquesur, entre otras tiendas, en Fnac, donde compré este compacto de Opeth, solo por el gancho de saberlo producido por Steven Wilson.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años. 
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.

Blackwater Park, 8 de abril de 2013.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Asignatura troncal (y II).

Era entonces todos los domingos costumbre, a la que uno salía a comprar el pan, detenerse en la plaza cercana y hacerse también con el periódico. Esa primera mañana dominical del mes de noviembre de mil novecientos noventa y siete, el cielo estaba nublado y llovía suavemente. En casa no había nadie, mis padres y mis hermanos pequeños estaban pasando el fin de semana en el pueblo y mi hermana B., que ya entonces tampoco acostumbraba a viajar con ellos, a mediodía había salido de casa con una de sus amigas.
Antes de comer hablé por teléfono con una de mis compañeras de la facultad, que andaba entonces en una de sus habituales disyuntivas emocionales; quedamos en vernos a las siete en la estación de Atocha, si es que antes no le surgía algún contratiempo producto de dichos jeroglíficos sentimentales. Transcurrieron las horas y no recibí su llamada cancelando la cita, por lo que, al poco de atardecer, salí de casa.   
Llegué a Atocha unos minutos antes de las siete. Había dejado de llover. Las calles estaban mojadas y sobre las aceras brillaban reflejados los faros de los autobuses que se detenían junto a la marquesina próxima. 
Ella no tardó en llegar, abrigada y sonriente. Hasta Fnac aprovechamos el descanso que la lluvia se había tomado para conversar y caminar sin prisa. Escuchaba con atención lo que me contaba, las claves de lo que a ella le parecía un complejo e inexplicable sistema de relaciones personales en las que, claro, cuando uno es sensible a la adulación, la tenían, invariablemente, triste y desconcertada. Trataba de opinar con cierta mesura, consciente también de que en toda aquella representación yo deseaba alcanzar un papel de mayor protagonismo, sin tomar posición tajante por nada ni por ninguno de los otros personajes concursantes. 
Llegamos a Fnac y cada uno tiro por su lado. De vez en cuando nos juntábamos y cada uno mostraba al otro los compactos que había seleccionado buscando una opinión que terminase de decidirnos, ya que, por mucha música que cargásemos, no disponíamos de presupuesto más que para comprar uno o dos.
Ella se quedó finalmente con un grandes éxitos de Eric Clapton y yo, haciendo caso a su juicio, con el primer disco de Dire Straits, el que para ella era un disco tan imprescindible y básico “como una asignatura troncal”.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Asignatura troncal (I).

Hace unos días debatíamos D., su amigo E. y yo cuál era a juicio de cada uno el mejor disco de Dire Straits. 
D. decía que salvo los dos últimos, Brothers in arms y On every street, que consideraba claramente por debajo de los cuatros anteriores, cualquiera de estos podía tomarse por sobresaliente, particularmente Making movies.
De manera parecida, E., que recientemente había comprado en vinilo Love over gold, argumentaba que hasta este mismo cuarto álbum, Dire Straits no había lanzado disco malo, pero que con Brother in arms, la música del grupo se vuelve más complaciente y aburrida.
Esa aversión por los dos últimos discos de estudio del grupo yo no la tengo, pero sí es verdad, como les dije, que si he de quedarme con un disco de Dire Straits, grupo del que frecuentemente lamento que tenga una discografía tan corta, ese sería su disco de debut, titulado de igual manera que el entonces cuarteto.
En uno de los volúmenes de su Salón de pasos perdidos trataba Trapiello de explicar la disyuntiva ante la que el diarista se encuentra siempre indeciso: o bien se vive o bien se escribe. Ni se puede escribir todo lo que se vive, porque se necesitaría otra vida, al menos, para escribir con detenimiento todo lo que se ha vivido; ni tampoco se puede vivir demasiado y sin pausa, porque entonces no se daría con un minuto de reflexión para llevar al papel todo aquello que se ha vivido. O, dicho de una manera más sentenciosa y restrictiva: quien mucho vive poco escribe; o, de igual manera, a la inversa, quien mucho escribe poco vive.
Sin embargo, claro, estas consideraciones que parecen dejar espacio solo para el blanco y el negro, lo normal es que, dependiendo de las épocas, se maticen y uno encuentre momentos tanto para lo uno como para lo otro.
Cuando se es estudiante, es verdad que la carga académica se lleva por delante gran parte del año, pero hay otra que, bien manejada y si las calificaciones acompañan, permite tanto vivir como escribir acerca de lo vivido; aquellos días en que compré este primer compacto de Dire Straits son ejemplo de ello.

Dire Straits, 2 de noviembre de 1997.

sábado, 20 de octubre de 2018

Planetario.

Llegamos a este barrio hace casi diez años. Fue D. quien, alentada por el deseo de vivir en un piso más amplio, preferiblemente en una urbanización equipada con piscina y otras instalaciones que facilitasen el entretenimiento de O., primero visitó el piso que se alquilaba en el tercero de uno de los bloques de esta. Quedó entonces convencida de que una casa así encajaría bien con nuestras necesidades. A los pocos días la visité yo, una mañana dominical de finales de marzo, sin decirle nada, por no generar expectativas que luego no pudiésemos asumir. El piso, claro, también a mí me gusto: espacioso, diáfano y nuevo. Y de igual manera, la urbanización: silenciosa y bien equipada. Unos días después gestionamos las condiciones del alquiler y a comienzos de mayo de dos mil nueve comenzamos a vivir en él. 
Durante casi cuatro años ocupamos dicho tercero, pero como la necesidad de cambio,  una vez satisfecha hay veces en que, de igual manera que los hierbajos que se arrancan por sanear el terrero, al poco encuentran brios nuevos; al comienzo de dos mil trece nos mudábamos del citado tercero al bajo de otro de los bloques de la misma urbanización; una casa, ciertamente, de condiciones mucho más atractivas. 
Nos lo alquilaban unos vecinos con los que habíamos tenido trato durante aquellos primeros cuatro años en la urbanización. Dado que meses atrás habían tenido un tercer hijo, su casa se les había quedado pequeña y se mudaban a una mayor en un barrio próximo.  
En cuanto a dimensiones, el tercero y el bajo, si bien sus distribuciones diferían notablemente, en metros cuadrados eran muy parecidos; lo que había instigado principalmente el deseo de D. era la terraza que se abría en el lateral de la casa que daba al interior de la urbanización. No más de quince metros, aunque ese espacio, recogido y sosegado, le daba a la casa un tono muy confortable.
Pero volviendo a nuestra llegada al barrio, en la primavera de dos mil nueve, pasaron unos días desde que nos instalamos y pusimos en orden todo lo mudado, hasta que pude encontrar hueco para comprar los primeros compactos. Fue el jueves catorce, una mañana lluviosa, en la tienda Daily Price de la estación de Atocha a la que ya en alguna otra entrada me he referido. No fui mucho más lejos. Allí, pacientemente, recorrí todos sus estantes y entre otros compactos, di con este de Crowed House, Time on Earth.

Time on Earth, 14 de mayo de 2009.

lunes, 3 de septiembre de 2018

El empacho digital.

Hace unos días leía un artículo que analizaba desde una perspectiva principalmente económica el crecimiento y la consolidación en los últimos años de las ventas a nivel mundial de música en formato vinilo (y en menor medida también en formato compacto), después de un par de décadas de caída y olvido. Uno de los motivos que se citaba para justificar dicho repunte era el creciente deseo del melómano de atesorar fisicamente aquel disco que puntualmente le ha generado afición. 
En las plataformas digitales, es verdad, uno puede acceder de forma sencilla e ilimitada a fondos colosales, inabarcables, pero ¿quién tiene capacidad de selección, atención y disfrute cuando lo que se le ofrecen son millones de platos, y apetito, cada poco, lo natural es que si se maneja con sentido solo se tenga para uno? La escucha en estas plataformas tiene una dinámica parecida a la de esos grupos de turistas que vemos en los museos recorrer apiñados y frenéticos una sala detrás de otra, deteniéndose delante de algunas obras puntuales y reconocidas no más de veinte segundos, en una carrera que solo busca alcanzar, se entiende, ese salvoconducto al que parece estar obligado cierto tipo de turismo; testimoniar que se tuvo contacto con tal o cual obra, aunque su contemplación se haya dado con la misma profundidad que recorriendo el museo en motocicleta. El Arte como la Música, de igual manera que otras materias artísticas, lo suyo es que se disfruten apartadas de la prisa y de la obligación.  
No es lo mismo decir que uno tiene acceso a toda la discografía de los Beatles en Spotify, por ejemplo, que decir que uno tiene toda la discografía de los Beatles en compacto o en vinilo. Estos formatos manifiestan un interés específico, un deseo de escucha y un reconocimiento del concepto de LP más allá de la descomposición de este en una docena canciones, insoslayable al diseño y a la información contenida en su carpeta; algo que las plataformas digitales, incapaces de resolver de manera vistosa, dan por irrelevante.
Cierto que, por otro lado, las ventajas de las plataformas digitales, con su ingente y torrencial biblioteca, también son algunas. Entre las que pueden resultar más provechosas está aquella que te permite escuchar discos que raramente se encuentran en los estantes de las tiendas, descatalogados, rarezas o, sencillamente, discos olvidados, de escasa circulación, que se desconocían y cuyas referencias nos llegan de una u otra manera. 
Estos suelo descargarlos en la biblioteca de la aplicación y los escucho y conservo a la espera de que, como hace el prestidigitador materializando lo que se le antoja bajo su chistera, de algún modo, el compacto, de manera física y definitiva, aparezca.
Así sucedió con este de The Waterboys, An Appointment with Mr. Yeats, complicado de encontrar al poco de haber sido lanzado en España, lo tuve en la biblioteca de Spotify desde el otoño de dos mil quince hasta casi dos años después, cuando, no sé de qué manera, F. lo encontró en Londres y, con su habitual atención, me lo envió.

An Appointment with Mr. Yeats, 9 de mayo de 2017.

martes, 31 de julio de 2018

El soniquete del día.

Hay diccionarios que definen el término “soniquete” como sonido continuado, de índole mecánico y marcadamente molesto. Otros, como el de la RAE, le otorgan una acepción más amable, definiéndolo como son, con toda la musicalidad que esta expresión sugiere, que se percibe poco, como un eco envolvente.
Esta última acepción es la que, imagino, ha de emplearse si se piensa en la canción que al final del día, cuando uno se encuentra a punto de caer vencido por el sueño, inconscientemente, se repite en nuestra memoria como una letanía susurrante. 
Durante el día se pueden haber escuchado cientos de canciones, pero resulta curioso e inexplicable como, cuando uno tiene la cabeza apoyada sobre la almohada, la que hace las veces de canción de cuna, antes de entrar en los abismos del sueño, es solo una. 
Hace años, cuando los días permitían un mayor detallismo, solía reparar y apuntar siempre la canción que se imponía como “soniquete del día”. Era un ejercicio, en muchos casos, ciertamente sorpresivo. 
De un tiempo a esta parte, tal atención, bien por el insostenible cansancio que anticipa la llegada del sueño, sin tiempo siquiera para girarnos en la cama, bien por la insistencia de los hechos diarios, empeñados en arrastrarnos al pragmatismo más secular; tal atención, decía, ha ido con los años perdiendo relevancia.
Ayer, en todo caso, dado que estos días me encuentro más descansado que de costumbre, el “soniquete del día” surgió de nuevo, inesperado, perceptible e insistente, amenizando los últimos instantes de vigilia. Y este no era otro que Long road to ruin, la canción de los Foo Fighters que aparecía en su disco Echoes, Silence, Patience & Grace y que ayer durante la tarde había escuchado.  
Este compacto lo compré a finales del verano de dos mil doce, el once de septiembre. El curso escolar había comenzado un día antes y aquel año, de igual manera que el anterior, nos turnábamos con unos vecinos de la urbanización, cuyo hijo era compañero de clase de O., en las idas y venidas al colegio. 
Aquella mañana de libranza había aprovechado para comprar unos discos en Fnac, entre ellos este de los Foo Fighters, poco antes de que al mediodía tuviese que recoger a O. y a J. del colegio. 
La vuelta a clase y el intenso calor les traían revolucionados. J. no hacía otra cosa que ir detrás de O. para darle un beso diciendo que quería casarse con ella. Al preguntarle el motivo respondía que porque era la más guapa de clase… Al menos, entre carrera y carrera, la vuelta a casa se nos hizo más rápida y menos tediosa de lo que se presumía.

Echoes, Silence, Patience & Grace, 11 de septiembre de 2012.

domingo, 8 de julio de 2018

El cartel y la tradición.

Hace unas semanas se celebró una nueva edición del Azkena. La primera vez que asistimos los cuatro al festival fue en dos mil doce, cuando el cartel aún se extendía con una oferta más exigente de jueves a sábado. La cita, con el transcurso de los años, se ha convertido en uno de esos hábitos regulares que dan al arranque del verano mayor impulso y atractivo.
Aquel primero, igual que este, F. se pasó por casa a eso de las diez. Recogimos luego a D. en Sanchinarro y emprendimos los tres, a contrapelo del ajetreo madrileño, viaje hacía Vitoria. Aquel dos mil doce, J., que trabajaba ese mismo jueves catorce de junio, llegaría al festival un día después, en tren desde Madrid. 
De camino, como también hemos vuelto costumbre, paramos en La Milagros para almorzar un pincho de tortilla y unos torreznos. En la carretera apenas había tráfico y los campos brillaban soleados. 
Para aquella primera edición el alojamiento lo teníamos en la misma pensión donde el año anterior había estado D., un negocio familiar de habitaciones estrechas, discretas y enmoquetadas, que salvo por el precio, no ofrecía encanto alguno. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano, las maletas en el hotel y nos encaminamos hacia el centro de Vitoria. Picoteamos aquí y allá, y a media tarde nos dirigimos hacia el recinto de Mendizabala, caminando por una avenida arbolada y señorial.
Ya solo el cartel de aquel jueves superaría en variedad e interés al de muchas otras ediciones al completo: Blue Öyster Cult, Twisted Sister, Status Quo, Graveyard… Anduvimos por el recinto hasta bien entrada la noche, de un concierto a otro, o detenidos delante de los puestos de comida o de merchandising, a tono con el tipo medio de asistente, que no era otro que el de hombre próximo a los cuarenta, vestido de negro, tranquilo y ensimismado por la música.
A la mañana siguiente cada uno se fue levantando según le pareció. J. llegó a media mañana. Nos encontramos con él en la Plaza de la Virgen Blanca, donde viernes y sábado se celebraban también conciertos. 
Dada la fecha, D., en cuanto tuvo ocasión, lo primero que hizo fue regalarme este compacto de los Flying Colors, de quienes yo no había escuchado nada y del que él me había hablado unos días atrás. Lo guardé, no recuerdo junto a qué otro detalle, y continuamos la marcha pausada y festiva hasta que nos sentamos para comer en el Matxete, inaugurando de esta manera una ceremonia que también hemos convertido en tradición.

Flying Colors, 15 de junio de 2012.