miércoles, 8 de noviembre de 2023

Las huellas de otro (y II).

Imagino que el hermano de A. obra de manera parecida. Antes de viajar acostumbro a buscar en Internet la dirección de las principales tiendas de discos del lugar de destino. Si se trata de una ciudad grande, donde la oferta suele ampliarse, me guió por las fotografías que se destacan de cada uno de los negocios. Aquellos en los que aparecen estantes y cubetas repletos de compactos son los que quedan señalados como preferentes. (En este sentido, si las fotografías no son muy recientes, uno puede llevarse un buen chasco.) 

¿Cómo haríamos a finales del siglo pasado? ¿Cómo estableceríamos entonces la ruta de tiendas? ¿Nos fiaríamos de nuestra intuición, del azar? Probablemente no, supongo que seguiríamos las indicaciones de algún amigo que hubiese visitado el lugar con anterioridad o, quizá, guiados por las recomendaciones de alguna revista especializada. 

Para este último viaje a Londres todos los locales que llevaba marcados parecían tener unas dimensiones discretas, de no más de cincuenta o sesenta metros cuadrados, y  la presencia del compacto quedaba relegaba a la preponderancia del vinilo. En otras ocasiones recordaba haber estado en locales amplísimos, divididos en varias plantas, donde la oferta de cedés era desbordante, mucho más que nuestras posibilidades adquisitivas. Esta vez, fuese por mi impericia en la búsqueda o por el cierre generalizado que vienen sufriendo estos negocios en las dos últimas décadas, no pisé ninguno de aquellos mastodontes del comercio musical. 

Todos los días desayunábamos en el barrio donde residen F. y E., Balham, y tomábamos después el tren hasta Victoria Station. Desde allí caminábamos hasta el barrio que teníamos previsto visitar esa jornada: Soho, Camden, Notting Hill… Este compacto de Kamasi Washington lo encontré la tarde que anduvimos por Portobello, en un local que se abría en la parte alta del barrio. Era un negocio especializado en música jazz y, al contrario de otras tiendas que había visitado, centrado principalmente en el formato cedé. El dueño lo atendía con mimo. De cada artista que se le consultaba era capaz de localizar algún álbum dentro del ingente catálogo y del aparente desorden que lo regía.

martes, 26 de septiembre de 2023

Las huellas de otro (I).

Decía el hermano de A. que su principal objetivo cuando viajaba era recorrer las tiendas de música del lugar. Los viajes no tienen para él un aliciente mayor. 
A finales de agosto estuvimos durante una semana en Londres, aprovechando la celebración de la boda de F. y E. Siempre que se viaja a ciudades que se han visitado con anterioridad resulta inevitable pensar en aquellas otras veces, en las circunstancias que se dieron entonces y en los lugares que se frecuentaron. 
La primera vez que estuve en Londres fue en mil novecientos noventa y nueve, al poco de terminar mi empleo veraniego en el Parque de Atracciones. Aquellos meses estivales, de igual manera que yo los habíamos ocupado en atender una atracción de feria, M. los había pasado en la capital inglesa trabajando y tratando de mejorar su nivel de inglés; su presencia allí fue el acicate definitivo. 
Después del paso por la facultad, Londres se había convertido en una ciudad ineludible. Muchos de mis compañeros la habían frecuentado con la asiduidad con que uno había pisado el terruño toledano. Sus apreciaciones, artísticas y musicales, unidas a la afición que había tomado por los pintores Prerrafaelitas, me había generado una expectación que había convertido el viaje a Londres en una obligación de sesgo casi iniciático. 
Durante estos días de finales de agosto, paseando con D. y O., he reparado con cierta incredulidad en aquella primera vez que visité la ciudad (mucho más que en las veces posteriores). Ni tan siquiera recuerdo en qué barrio vivía entonces M., si en el norte o en el sur, si en una vecindad marginal o en una de corte más residencial. Hay una calle, Essex Road, que me viene vagamente a la memoria… O yendo a aspectos puramente prácticos: ¿Dónde hice entonces la compra de los billetes de avión? ¿Puede que en aquella discreta agencia de viajes que se abría en la calle del Río Manzanares? ¿Cómo me desplacé el día del vuelo hasta el aeropuerto? ¿En transporte público? ¿Me acercaría mi padre? ¿Cómo comunicaría mi llegada a M.? ¿Y a mis padres?... Veinticuatro años después, aquel viaje se me figura como un suceso ajeno e improbable.


Heaven and Earth, 30 de agosto de 2023.

lunes, 14 de agosto de 2023

La puerta falsa (y II).

Como se daba a entender en la entrada anterior, hay grupos a los que se accede por una puerta falsa, no me refiero al atajo que suponen los recopilatorios o las grabaciones en directo, pienso en discos o canciones que destacaron comercialmente de manera sobresaliente franqueándonos la rampa de acceso pero que, a la postre, valorados en conjunto, resultan poco significativos y, en muchos casos, restringentes. La canción Owner of a lonely heart y, por extensión, el disco que la contenía, 90125, podrían ser un buen ejemplo, si bien se me vienen a la cabeza otros muchos. 

Más de quince años después de aquel tiempo al que me refería en la entrada precedente encontré en Fnac una caja que contenía cinco discos de Yes, desde el Going for the one al Big generator, es decir, su contenido cubría toda su producción desde finales de los  años setenta hasta mediados de los ochenta -incluido, claro, aquel 90125-. Digamos que aún podría haber afinado algo más la puntería, ya que su catálogo primero y más esencial en gran parte me era todavía desconocido. Pero aquellos discos que se incluían, especialmente los tres primeros, tenían un sesgo que se alejaba significativamente de su afán más comercial, resultándome particularmente atractivos. 

Aquella primavera de dos mil dieciséis, cuando la compré, D. se encontraba preparando sus pruebas de oposición, las que afortunadamente serían las definitivas. Todos los viernes se juntaba con su amiga T. en nuestra casa de la calle Amaltea, repasaban temas y ponían en común otros ejercicios. Desde mi habitación, las escuchaba compartir apreciaciones mientras que en el equipo sonaba alguno de estos cinco discos, especialmente Tormato, por el que tenía un gusto especial, dado el tono reconciliador y concluyente que tenía. 

Una de aquellas tardes primaverales de viernes, quedé en casa con E., buen conocedor del equipo musical que citaba en la entrada anterior, ya que con él compartí el referido piso de la calle Segovia durante casi cuatro años y medio. Resulta significativo constatar que después de mi familia, D. y O. es con él con quien más tiempo he vivido. Escucho ahora Tormato, y aquellas escenas que se daban entonces parecen seguir sucediéndose de igual manera en las habitaciones próximas: D. y T. repasando los contenidos de su oposición y E., de un lado para otro, despistado e impaciente.


Tormato, 25 de abril de 2016.

sábado, 3 de junio de 2023

La puerta falsa (I).

El tiempo que se le dedica a la escritura es limitado, y hay que priorizar. Dicho lo cual, que no es otra cosa que una breve disculpa a estos casi tres meses de silencio musical, paso a referir la llegada de un nuevo compacto, en este caso, 90125, de Yes. 

En el salón de la destartalada casa de la calle Segovia había un recio mueble castellano que ocupaba casi al completo uno de los laterales largos del salón. La mitad de sus estanterías y cajones los manteníamos vacíos, como si anduviésemos a la espera de que llegase el camión de la mudanza o, en su defecto y más convenientemente, el chatarrero. Solamente su vano central y alguno de los compartimentos de su primer cuerpo se conservaban regularmente ocupados. 

En el segundo cuerpo de la calle central del mueble, lugar preponderante, como en la mayor parte de los hogares españoles de la segunda mitad del siglo pasado, se disponía un aparato de televisión, eje imbatible de todo el ocio doméstico de aquellas décadas. En nuestro caso, aquel aparato había perdido su incuestionable poder de atracción no porque fuésemos un grupo especialmente vanguardista, al contrario (sobre todo si se tiene en cuenta el mobiliario que tácitamente conservábamos en nuestro domicilio), sino porque dicho cachivache tenía tantos años como el mismísimo mueble castellano. Por extensión, los mismos, quizá, que el Palacio Real que se contemplaba desde aquel salón. Tal era el desfase de aquel cacharro y, paralelamente, del concepto de bienestar doméstico de nuestra casera, que cuando a duras penas era capaz de sintonizar un canal, las imágenes las emitía en blanco y negro, como sucede con los documentos impresos cuando nos proponemos apurar al máximo el cartucho de tinta. 

Aparte, en el primer cuerpo, cerrado a cal y canto por una puerta de doble hoja cuyo ajuste obligaba a forzar el tirador como si se descorchase una botella de vino, uno de los compañeros de piso había guardado una cadena de música completísima. Tenía esta un plato para pinchar vinilos, una doble pletina de casetes y un reproductor de cedés, cuya lente, eso sí, funcionaba con la misma prestancia que el viejo televisor. No había cena ni fiesta en la que el aparato musical no marchase a todo pasto. Era entonces, claro, cuando desplegábamos las dos hojas del mueble que lo velaban y, como consecuencia, no había invitado que no terminase reventándose las canillas por el golpe traicionero de sus cantos. 

En fin, a lo que iba, además del aparato de musical, el compañero de piso flanqueó este con algunos compactos, entre ellos un triple recopilatorio con música de los años ochenta: éxitos absolutos. Con la ayuda de la pletina de casetes grabé una cinta incluyendo las que a mi juicio eran las mejores canciones de aquel extenso recopilatorio. Entre ellas, claro, la pegadiza Owner of a lonely heart, de Yes… Sin duda, la peor puerta de entrada para acceder a la música del grupo inglés.


90125, 25 de abril de 2016.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Tres de un perfecto perpetuo.

La continuidad de las costumbres es una de las muchas ilusiones que puede llegar a hacernos pensar en una perpetuidad absoluta. A fuerza de cultivarlas uno puede llegar a convencerse de que no habrá nunca nada que pueda desmoronarlas, sucediéndose estas, y nosotros con ellas, de manera eterna, como el transcurso de las estaciones. 

Este no fue un hábito premeditado. D. y O. solían aprovechar el puente escolar de finales de febrero para viajar junto a sus amigas fuera de España. Aquel año estaban pasando unos días en Hamburgo. Era viernes. Buscando algo de distracción subí a Metralleta y anduve un buen rato entretenido repasando sus cubetas. De King Crimson no tenía entonces mucha discografía. El grupo de Robert Fripp digamos que por su complejidad y espesura no me resultaba de los más atractivos del espectro progresivo clásico. Encontré este Three of a perfect pair, tercera pieza de sus álbumes canónicos de mediados de los ochenta. La edición era la de entonces. La caja estaba destrozada, pero como suele suceder con la mayor parte de los que compro en Metralleta, mientras el libreto y el mismo compacto estén en buenas condiciones, no hay problema, con reemplazar después la caja, asunto solucionado. 

Con el declive del invierno los días se iban ensanchando. De vuelta a casa, bajando por la calle de Toledo, la brisa que anticipaba la llegada de la primavera pujaba por imponerse a las persistentes pestilencias urbanas. Aquella tarde la distraje escuchando este compacto, mucho más luminoso de lo que me figuraba. Al punto se comprendía que hay grupos cuya capacidad para aunar desconcierto, esmero y brillantez les posiciona por delante de cualquiera. 

(No recuerdo que fuese premeditado, sin embargo, al año siguiente, ese mismo día, mientras D. y O. andaban de turismo por Francia, volví a repetir la misma jugada. Esta vez coincidió que en Metralleta se vendía Beat, el eslabón anterior al que había comprado en dos mil diecinueve, igual de desportillado. Y dos años después, esta vez sí de manera programada, Discipline, el primero de estos tres fantásticos discos.)


Three of a perfect pair, 1 de marzo de 2019.

domingo, 15 de enero de 2023

Ejercicios gimnásticos.

Hace unas semanas D. me envió el listado de los que a su juicio son los diez mejores discos editados durante estos primeros años del siglo veintiuno. Los requisitos para la selección son los mismos que empleamos hace un tiempo para distinguir los que consideramos mejores discos de todos los tiempos: hay que tenerlos en formato cedé y no puede tratarse de ninguna recopilación ni disco en directo. Además del listado con sus diez elepés más destacados, D. me incluyó también los descartes que había dejado fuera, un par de docenas más.

Yo hice lo propio la semana pasada. El listado, es verdad, lo tenía perfilado desde hace mucho tiempo, es posible que empezase a decantarlo durante la pandemia, en aquellos meses de inevitable incertidumbre y recapitulación. A diferencia de lo que había hecho él, en mi listado no figuraban aquellos compactos que habían pujado por entrar en la decena puntera. Esta próxima semana nos veremos y comentaremos la selección. Será entonces cuando, tal y como me ha pedido, comparta con él esos descartes. 

Uno de ellos será este Coles Corner, de Richard Hawley, un disco de una finura envolvente y de cierto regusto marchito. 

El escenario que me viene al pensamiento cuando lo escucho queda lejos del tono evocador que envuelve el lugar que se presenta en la portada: un enclave de la ciudad de Sheffield, de donde es natural el músico británico, tradicional punto de encuentro para las citas de sus habitantes. En mi caso, lejos de ese regusto romántico, el emplazamiento que me evoca Coles Corner es mucho más prosaico: el gimnasio de la urbanización de Amaltea. 

Se trataba de un espacio de unos veinticinco o treinta metros cuadrados, desaliñado y frío. Para su acondicionamiento, la comunidad había comprado de inicio algunos aparatos y utensilios, los mínimos, como si se tratase de un decorado de una película de bajo presupuesto. Años después, aquellos vecinos especialmente interesados, habían tratado de poner al día la sala invirtiendo de su bolsillo en nuevas máquinas y equipamiento. Esta intención de saneamiento, se contraponía con la aquellos otros que lo frecuentaban muy de vez en cuando -habitualmente dos veces al año: el siete de enero y el día de apertura de la piscina- y que lo concebían como un trastero deportivo comunal. Estos solían dejar arrinconadas en la sala su antiguo e inservible equipamiento gimnástico (bicicletas estáticas con los cables destripados y los rodamientos fijos como dólmenes, esterillas desvencijadas, combas sin agarraderas, ¡botellas hidratantes!…), muy ufanos de contribuir desinteresadamente a la optimización del espacio y, sin pretenderlo, de dotar a la sala del aire propio de un gimnasio soviético de mediados de los ochenta. 

Cuando lo frecuentaba solía hacerlo a última hora. Creo recordar que las ordenanzas de la comunidad marcaban su cierre a las once. Lo hacía entonces buscando evitar el encuentro con otros vecinos. A esas horas se agradece la introspección y el recogimiento. Salvo con F., a quien conocí allí y cuya conversación siempre me resultó muy grata, con el resto, cuando se coincidía, la educación te obligaba a prescindir de los auriculares -en los cuales muchas veces sonaba este Coles Corner- y a establecer un diálogo tan plagado de lugares comunes como de interrupciones.


Coles Corner, 25 de septiembre de 2011.

viernes, 4 de noviembre de 2022

"¿Te juegas un compacto a que...?"

La procedencia de los compactos es variada. No me refiero solamente a los sitios donde los encontré, también a la causa que los condujo hasta estos estantes sin que en su compra yo interviniese. No sabría cuantificar, por ejemplo, cuántos he regalado y cuántos me han sido regalados, es probable que en este sentido haya un cierto equilibrio. En cambio, en relación a aquellos que han sido parte de alguna apuesta musical, a las que de vez en cuando somos aficionados, mi desventaja seguro que es notable. 

Hubo unos años en que al comienzo de la competición futbolística, haciendo gala de una gran candidez, con D. y M. me jugaba un compacto por cada punto que separase a su equipo del mío al final de la temporada. Incluso, conscientes todos del abuso histórico que dicha apuesta suponía, se baremaban los puntos de diferencia de manera que yo pudiese disponer de un compacto por cada punto de ventaja que alcanzase mi equipo y ellos, en cambio, de uno por cada cinco de diferencia que lograse el suyo. No sé durante aquellos años cuántos compactos pude comprarles, quizá más de una veintena a cada. De su parte, por contra, no creo que a mis estantes llegasen más de dos o tres. Digamos que el club de fútbol al que soy aficionado no se encontraba entonces en su mejor momento… Hubo una temporada en que por no estragarse de tanto cedé, incluso me ofrecieron la posibilidad de convertir parte de sus ganancias en libros de bolsillo. 

El compacto del que hoy quería hablar me llegó a través de este canal azaroso, aunque no se trata de ninguno de aquellos pocos que conseguí arrebatarles a mis amigos con los pronósticos futbolísticos; sino a mi hermana C., con la que a finales de la primavera de mil novecientos noventa y siete empleé ese recurrente envite que he formulado decenas de veces y que dice así: “¿Te juegas un compacto a que…?” En este caso, la apuesta estaba relacionada con sus calificaciones académicas. A semejanza de lo que hacían mis amigos conmigo, yo también jugaba sobre seguro con mi hermana. Me lo llegó unas semanas después de que sus notas finales certificasen su derrota, doble en este caso. Era comienzos de agosto. Unos días después ella se marcharía con mis padres al pueblo; yo me quedaría en casa solo, escuchándolo, pensando en lo inapropiado que siempre me ha parecido tener a Police como banda sonora estival.


Synchronicity, 4 de agosto de 1997.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Seradiscos.

Seradiscos fue la primera tienda de discos que frecuenté. Se abría entonces, a finales de los años ochenta, en la Plaza de París. Era un local pequeño, más largo que ancho; lo recuerdo atiborrado de discos, ordenados con esmero. Traspasar sus puertas no despertaba en nosotros ninguna sensación de reconfortante amparo y disfrute, si acaso, una cierta incomodidad, la inquietud de verse uno en un lugar para el que aún se es demasiado niño. A esta impresión contribuía de algún modo el dueño del negocio, Serafín, un hombre a quien con frecuencia veíamos charlar animadamente con algún cliente, pero que a aquellos que no podíamos disimular nuestra cortedad melómana y presupuestaria trataba con cierta antipatía. 

Pocos años después, Seradiscos se trasladó de local. No muy lejos, mediada la calle de Juan Muñoz. Su escaparate era más apaisado que el anterior; sobre los estantes de este la oferta musical se distribuía como las notas sobre un pentagrama. 

La afición musical se nos había agudizado y las visitas a la tienda eran entonces más frecuentes; el trato con el dueño, consecuentemente, también había mejorado, aunque sin grandes familiaridades. 

Este disco de Pink Floyd, A momentary lapse of reason, que exhibían a buen precio en su escaparate, lo compré una tarde de sábado del verano de mil novecientos noventa y nueve. La disposición de un sueldo regular había traído consigo la posibilidad de gastar en compactos lo que nunca antes había podido. Durante las tardes de aquel verano era frecuente que al salir de trabajar, sin nada mejor que hacer, diese un paseo hasta Seradiscos y echase un vistazo en sus estantes. Solía comprar uno -entonces el empacho consumista lo veía como un afán desproporcionado-, que elegía entre una terna cuyos dos descartes volvían a convertirse en protagonistas en la siguiente visita, haciendo que finalmente, aunque dosificados, terminase comprando todos los que me interesaban. 

Muchos años después me encontré con la mujer de Serafín en una tienda de Las Rozas. Ella frecuentaba el mostrador de Seradiscos con regularidad. La reconocí y la saludé. Me dijo que la tienda de discos la habían cerrado a comienzos de dos mil, justo cuando yo dejé de vivir en aquella ciudad. Se habían trasladado a vivir a un pueblo de la sierra madrileña, aunque mantenían aquel local alquilado, apuntó. De igual manera que había hecho yo, muchos antiguos clientes, al reconocerles, me dijo, se dirigían a ellos con “verdadero cariño”. Añadió que en su casa actual aún conservaban miles y miles de discos. Me invitó a que en algún momento me pasase a echarles un vistazo. Le agradecí el ofrecimiento, aunque los dos sabíamos que el mismo quedaría en nada.


A momentary lapse of reason, 24 de julio de 1999.

lunes, 15 de agosto de 2022

El catálogo grabado.

Hace algunas décadas era una práctica habitual la de copiar en cintas vírgenes aquellas casetes originales que prestadas por un amigo o por un conocido caían en  nuestras manos (raro era el caso de aquellas que no llegaban a formar parte de nuestro catálogo grabado). La confección de sus carátulas era entonces todo un ejercicio creativo. Existía la posibilidad de fotocopiar sin más la carátula original, incluidas las letras de sus canciones y créditos. Pero, salvo ocasiones puntuales, esa práctica yo apenas la cultivé. Tenía la sensación de que fotocopiar la carátula era poco menos que confesar un fraude. En cambio, personalizar esa copia con la caligrafía de uno y algunos otros detalles de diseño, era una manera de dotarla de cierta entidad. Por detalles de diseño, entiéndase principalmente la inclusión en el canto de la caja del recorte en miniatura de la portada del disco a modo de vitola. Aparte, si en la casete original se indicaba la duración de las canciones y se disponía del espacio suficiente en la cuartilla de la cinta virgen, al título de cada uno de sus cortes se le añadía también su duración precisa. Esas eran las principales señas de estilo de mi catálogo grabado

No me he deshecho de ninguna de aquellas casetes, aunque muy raramente las reproduzco. De vez en cuando las observo, eso sí, y, salvo aquellas que compré originales, las demás, me agrada comprobar que mantienen todas una cierta uniformidad estética. 

Compactos grabados apenas conservo una docena, siempre procedentes de amigos, principalmente de D. y de C.; aunque no era esta una práctica habitual entre nosotros. La mayor parte, a poco buenos que me pareciesen, los compraba después -una colección de compactos grabados no entraba dentro de mis aficiones-. Este Ophelia, de Natalie Merchant, es un ejemplo de ello. 

El compacto me lo regaló C., no podría precisar exactamente cuándo, pero de todos los cedés grabados sin duda fue uno de los que más escuché. Algunos años después lo encontré por casualidad a buen precio en una tienda de Pontevedra. Fue hace cinco veranos. D. y yo andábamos pasando unos días por la costa gallega, y como es práctica habitual, en la agenda llevaba apuntadas las tiendas de discos que llegado el caso podríamos visitar. Esta de Pontevedra se situaba en una galería comercial, creo recordar, junto a un negocio de electrodomésticos -sigo hablando de memoria- propiedad del mismo dueño, un señor cano y enflaquecido. Cuando me tendió el datáfono, las manos del hombre, que debía superar con creces la edad recomendada de jubilación, estas le temblaban tristemente. 

Un tiempo después anduvo por Pontevedra un compañero de trabajo, también interesado en la compra de discos, al que le recomendé que echase un vistazo en el local. Lo hizo, pero lo encontró cerrado, me dijo; aparentemente, además, de manera definitiva.


Ophelia, 17 de agosto de 2017.

jueves, 30 de junio de 2022

Sugerencias musicales.

Hay músicos que tienen el don de sonar peor cuando hablan que cuando tocan o cantan. Decía uno de ellos -por suerte para nuestros oídos, uno que ejerce la profesión a tiempo parcial- que lo que más detestaba de las plataformas musicales en streaming es lo muy pautadas que tienen las sugerencias. Si se escucha determinada canción o álbum, explicaba el avezado músico, la plataforma nos conducirá indefectiblemente a aquel “producto que quiere que consumamos”, no a aquel que verdaderamente más nos interesaría, limitando nuestra capacidad de exploración. ¿Telepatía tecnológica? Menuda bobería. 
Puesto que despreciaba las sugerencias de las plataformas digitales le preguntaban a continuación por las fuentes en las que él encontraba nuevas referencias. La respuesta no podía ser más predecible: amigos, bares, revistas… Nada nuevo bajo el sol. Dando por buena su objeción a las plataformas musicales, digo yo, ¿no es igual de cierto que nuestros círculos de amistad tienen también sus limitaciones de conocimiento y de igual manera se encuentran masticadas y orientadas las sugerencias que se glosan en emisoras y revistas? 
Con un par de reflexiones más sobre el negocio musical, el entrevistado concluía triunfante, como si hubiese venido a quitarnos un velo a todos los que aprovechamos las plataformas digitales en lo que tienen de bueno. (Otro dato del sujeto es que se mostraba ferviente defensor del formato vinilo, si bien confesaba que lo había comenzado a cultivar recientemente… Predecible.) 
Las revistas de contenido musical, de eso no hay duda, han sido siempre una manera sencilla de acceder a nuevas propuestas musicales. Durante muchos años coleccioné un par de ellas, todas orientadas al rock clásico; pero de tanto lugar común y falta de erudición, terminé igual de estragado que de la retórica artística. (Durante un año, incluso, unos amigos me suscribieron a una especialmente interesada en el afectado Tonti-Rock anglosajón. Prueba inequívoca de que en algunos casos es preferible dejarse guiar por las sugerencias de las plataformas en streaming antes que por las recomendaciones de nuestras amistades.) Ahora, si compró alguna revista musical, es Prog Magazine -exigente como la música de la que se ocupa-; aunque solo de vez en cuando, dado que al estar publicada en inglés, la traducción de cada uno de sus reportajes y entrevistas me lleva más tiempo que el desciframiento de una estela egipcia. Con un ejemplar tengo para varios meses. 
En definitiva, sirva toda esta digresión para introducir el compacto que este mes quería destacar: Invincible summer, de K. D. Lang. En el otoño de dos mil leí una reseña en el suplemento cultural de un periódico de tirada nacional -cuando estos medios se ocupaban de lanzamientos discográficos-. En tan solo unas líneas se le destacaba de manera sobresaliente, como si no se hubiese editado nada igual en décadas. Piqué. Me sirvió para comprobar, eso sí, por si acaso tenía la fantasía contraria, que la validez de las sugerencias musicales no conoce de fuentes infalibles.


Invincible summer, 7 de noviembre de 2000.

jueves, 19 de mayo de 2022

Toledo no se acaba nunca.

A comienzos de mayo estuve pasando el día en Toledo con F. y D. con la excusa de ver por la noche un concierto que se daba en la iglesia de San Vicente. Lo de menos era el concierto.

Todas las visitas a la capital manchega han tenido siempre su atractivo. Recordaba con ellos una que hice en solitario a comienzos de marzo de dos mil doce, un día entre semana, animado por la exposición que se celebraba en el Museo de Santa Cruz de parte de la obra de El Greco. 

Aquel día llegué a Toledo en tren. A pesar de la fecha, sus vagones iban repletos de turistas. El trayecto lo entretuve con la escucha del compacto que hoy me ocupa, este Highway 61 Revisited, de Bob Dylan. No hice otra cosa que atender a sus canciones y observar por los ventanales cómo el tren abandonaba los polígonos industriales madrileños para adentrarse, dentro de una grisura parecida, en los pardos campos manchegos. A las once estaba en el andén de la estación, más allá del Tajo. 

Si tengo oportunidad, suelo acceder siempre a la ciudad por la Puerta de Bisagra. La primera parada, por lo tanto, obligatoriamente, es Santiago del Arrabal; aquella iglesia sobre la que leí y compilé mucha bibliografía para un trabajo universitario que nunca llegué a presentar. Oficiaban misa cuando aquella mañana visité su interior. Me encaminé después hasta Santa Leocadia, la iglesia donde a mediados de los noventa se casó mi prima E. En los locales de alrededor se mezclaban los turistas con los funcionarios municipales empleados en las instalaciones administrativas cercanas. 

Mientras visitaba el claustro de San Juan de los Reyes me telefoneó F. para decirme que P. estaba nuevamente embarazada, “una noticia que no por esperada dejaba de ser novedosa”. Cuando el otro día le refería esta frase, que en más de una ocasión he leído, la negaba con vehemencia y gracia, como suele hacer con aquellas expresiones que le resultan irreconocibles en su boca. 

Después de visitar la Casa-Museo de El Greco, comí cerca de la catedral. La sobremesa la entretuve en el Hospital Tavera, donde nunca había estado. La iglesia y la cripta podían visitarse libremente, pero el resto de dependencias, convertidas en palacio hace un siglo, habían de recorrerse acompañado de un guía. 

De vuelta a la ciudad desemboqué en el Cristo de la Luz, irreconocible ya entonces por los módulos museísticos que habían plantado en su jardín. Unos años atrás, si se quería acceder a la antigua mezquita, en una casa vecina, un hombre antipático le franqueaba el paso al visitante dependiendo del mal o peor humor que tuviese aquel día. 

El punto final del paseo turístico fue la visita al Museo de Santa Cruz. A esa hora de la tarde estaba vacío. Recorridas unas salas, el empacho artístico me obligó a aligerar el paso e ir directamente a las pinturas de mayor interés. 

Antes de tomar el tren de vuelta, me detuve en una terraza cercana. De regreso, mientras anochecía, nuevamente me entretuve con la música de este compacto de Bob Dylan. No sé si en alguna ocasión el cantante americano habrá estado en la capital manchega; en todo caso, para mí recuerdo, su figura es a la misma casi tan indisoluble como El Greco.


Highway 61 Revisited, 15 de junio de 2011.

martes, 12 de abril de 2022

Mecanismos automovilísticos.

El trayecto en coche hasta el trabajo es un buen momento para escuchar detenidamente un compacto. Suelo llevar siempre dos en la guantera. Los alterno casi diariamente: subo uno, bajo otro… A la hora de escogerlos, tengo en cuenta que no se tiene el mismo ánimo a la ida que a la vuelta. Preferiblemente han de ser compactos de dos espectros musicales complementarios; uno más animoso y otro más introspectivo. Después del trabajo, lo natural es que se tenga la cabeza como un tambor en día de desfile, y que la música con la que habíamos arrancado la jornada nos resulte ocho horas después demasiado expansiva y vibrante. 

En ocasiones hay compactos que en vez de permanecer en la guantera no más de una jornada, se mantienen en ella dos o tres, incluso una semana. Este es el caso de The Orchestrion Project, un disco doble del apabullante Pat Metheny. 

La historia de este compacto tiene dos fechas. La primera nos conduciría a la primavera de dos mil diez, cuando estuvimos pasando unos días en Zürich con J., poco después de que se casase. 

Si recuerdo bien lo que en su momento leí, el proyecto que da nombre al cedé lo articulaba el músico estadounidense como una empresa técnico-musical en la que todos los instrumentos que siempre habían sido tocados por músicos de carne y hueso, aquellos que solían acompañarle, eran entonces sustituidos por un complejo sistema mecanizado en el que cada cual sonaba según había sido programado. Todos, excepto la guitarra, de la cual se ocupaba él en cualquiera de sus múltiples variantes. 

La puesta en escena del proyecto era muy aparatosa y recordaba en parte a la caja de un reloj de proporciones colosales, uno de esos que rematan torres o edificios principales. Tuvimos la oportunidad de ver el espectáculo en aquella visita a Suiza, donde Pat Metheny montó su tinglado en el crucero de una amplia iglesia. El recital, la verdad, se nos hizo largo. Transcurridas dos horas, los cuatro deseábamos que el sonido de tanto cachivache mecanizado concluyese cuanto antes. 

El interés por dicha propuesta quedó ahí hasta que tres años después (esta sería la segunda fecha) encontré en Yunke a buen precio (¡nuevamente Yunke!) la versión ampliada del proyecto. Tampoco entonces la escucha fue más entusiasta. 

Ha sido necesario que hace unas semanas probase a reproducirlo en el equipo del coche para que, ahora sí, le haya prestado verdadera atención y lo tenga por un disco notable. Si hubiese una lista de permanencia en la guantera, sin duda este sería el compacto a batir. Se lo decía hace unos días a J.: “Tú no sabes la de veces que últimamente he escuchado aquel compacto de Pat Metheny que vimos interpretar en Suiza…” “¿El de la orquesta?”. 


The Orchestrion Project, 7 de marzo de 2013.

sábado, 5 de marzo de 2022

McCartney, Estación Central.

Transcurrió el mes de febrero sin que encontrase tiempo para escribir la entrada mensual de este blog. Veremos si ahora soy capaz de acomodar dos compactos en este extenso mes de marzo... 

Hace unos días estuve con D. viendo un concierto en la sala Mon. Antes de encontrarnos en una cervecería próxima él había estado echando un vistazo en la decana tienda de discos de Fernández de los Ríos. Este negocio, con un nombre tan sugerente, de sociedad clandestina, apenas lo hemos frecuentado. Incluso durante nuestros años universitarios tirábamos siempre más hacía las tiendas de la plaza de San Martín y alrededores que a esta. 

Venía D. con el último disco de Paul McCartney, que había encontrado a buen precio. El fantástico documental estrenado recientemente sobre las sesiones de grabación de los Beatles a comienzos de mil novecientos sesenta y nueve lleva ocupando nuestras conversaciones desde hace semanas. Las nuestras y las de otros amigos. Las ocho horas de metraje dan para mucho. Y aunque hay puntos en los que cada uno tiene su opinión, hay dos en los que todos coincidimos: la extrañeza que nos produce la omnipresencia de Yoko Ono en primera línea, a un palmo del cogote de cada uno de ellos, y, sobre todo, el indiscutible liderazgo musical de Paul McCartney. 

A raíz del documental he vuelto a escuchar sus últimos discos. Según se fueron editando los fui comprando, pero desde el fenomenal Chaos and creation in the backyard, es cierto, a ninguno de ellos le había prestado mucha atención. Un ejemplo es este, Egypt Station, su penúltimo disco de estudio, lanzado a finales de dos mil dieciocho. 

Al igual que a D. también a mí me gusta prologar algunas citas con la compra de algún compacto. Aquel día en que había quedado con J. y M. para cenar me detuve antes en el difunto Yunke para ver si lo habían recibido. Allí estaba. (Con su cierre, la posibilidad de encontrar nuevos lanzamientos a precios moderados ha desaparecido. Todas las novedades nos obligan a pasar forzosamente por Fnac.) 

Egypt Station fue de los primeros discos que se añadieron a la colección al poco de mudarnos a esta casa. Curiosamente los tres habíamos estrenado vivienda recientemente. Esta circunstancia ocupó gran parte de nuestra conversación. J., después de su vuelta de Estados Unidos, habiendo vivido durante más de un año en la casa de A. en Tirso de Molina, se había comprado un piso en la calle Divino Vallés. Lo había reformado íntegramente. No era muy grande, pero solo para él, aseguraba, resultaba espacioso y confortable. M., por su parte, incapaz de sobrepasar las murallas del barrio de Salamanca, se había trasladado recientemente con M. y su hijo a uno nuevo en la calle Ayala. El agrado que surge del cambio de domicilio cuando este es deseado nos tenía a los tres de muy buen ánimo.


Egypt Station, 29 de noviembre de 2018.

domingo, 23 de enero de 2022

Juegos de cartas.

Según van sucediéndose las entradas de este blog, días y compactos van emparejándose como en un juego infantil de cartas -hay días en que, por despiste, a falta de uno se han entrelazado dos, incluso tres cedés-. El calendario se convierte en uno de esos inmensos arboles genealógicos donde poco a poco, después de trastear en todos los álbumes familiares, el retrato de cada miembro va encontrando acomodo en su rama. Ese imagino que es el propósito final de este blog: darle a cada día su particular significación musical, su santoral en forma de compacto. 

Tenía el convencimiento de que de todos los días del año había uno en que nunca había comprado un compacto ni tampoco nadie me lo había regalado: el uno de enero. Siendo un día de cierre comercial y propicio para el recogimiento, no tenía duda; pero me equivocaba. Repasando el listado de cedés, ha habido dos años en que esta llegada imprevista se ha dado. 

El primero de ellos fue en dos mil tres. Tratando de recordar lo que fueron aquellos días anoche estuve leyendo lo que entonces escribí en aquel rugoso cuaderno gris. (Es curioso que veinte años después aquella caligrafía en algunas líneas se me vuelve totalmente ilegible.) Si hay otros periodos que de vez en cuando suelo revistar, a los días finales de dos mil dos y primeros de dos mil tres apenas les he prestado luego atención. 

La tarde de Año Nuevo había quedado con L. en la puerta de su casa, a tan solo unos metros del local donde la noche anterior había despedido el año. L. vivía entonces con J. en la calle de Lavapiés, a pocos metros de la plaza. El piso lo habían comprado y reformado durante el verano anterior. Todavía conservo una fotografía en la que se les ve embadurnados de yeso, con la llana en la mano, tratando de rasar unas paredes que la memoria me devuelve con la apariencia ondulada de un decorado infantil. 

El frío y la fecha mantenían las calles despejadas. Caminamos hasta El Café del Foro, cerca de la glorieta de Bilbao, el local donde transcurrían aquellas inolvidables escenas de “Los peores años de nuestra vida”. Era este un local amplio y acogedor al que acudíamos con frecuencia. Aquella tarde no estaba muy concurrido. Nos pusimos al día, charlando sobre todo de lo que habían sido los días navideños previos, y regresamos a Lavapiés paseando. En su casa J. continuaba estudiando. Cenamos unos bocadillos de calamares que habíamos comprado de camino y prolongamos un rato más la conversación junto a él. Unas semanas antes L. y su ex novio habían desmantelado el bar que tenían juntos en Móstoles. En el reparto había muchos cedés. La mayor parte se los quedó ella, me dijo, aunque había algunos que me había apartado por si me interesaban: entre ellos este de Quimi Portet, que escuchado con detenimiento y sin prejuicios, tantos años después, sigue resultando muy simpático.


Hoquei sobre pedres, 1 de enero de 2003. 

jueves, 16 de diciembre de 2021

El techo tiene goteras.

Hace unos años surgió en las redes -no sabría decir exactamente en cuál- una campaña de recogida de firmas para que Phil Collins cejase definitivamente en su actividad musical. 

A poco que uno haya leído -incluso el mismo precursor de dicha campaña, por muy poco ilustrado que fuese-, la tontuna, como enfermedad venial y altamente contagiosa, se distingue con claridad que no es patrimonio específico de ninguna época, comunidad o estrato social, sino más bien de la mayor parte de ellos; si bien es cierto que hay épocas en las que la idiotez, empujada por la benevolencia, el analfabetismo y el uso indiscriminado de determinadas armas tecnológicas, puede alcanzar cotas impensables, tan difíciles de superar como los grupos escultóricos de Bernini en relación a la expresividad de la piedra. ¿Cómo se explica que alguien lance una campaña así conociendo mínimamente los discografía de Phil Collins, tanto junto a Genesis como en solitario? No hay duda de que estos juicios musicales se hacen desde la pose y la mediocridad, buscando principalmente llamar la atención y hacerse con la simpatía de otros muchos simplones de veta parecida. No voy a reivindicar en esta entrada la discografía de Phil Collins, no se trata de eso (si alguien está acostumbrado a hocicar bellotas resulta inútil tratar de tentarle con platos más elaborados), pero escuchando esta tarde su primer disco en solitario he recordado la iniciativa del bobo de turno y no he podido evitar referirla… 

A comienzos de los noventa, aprovechando el gran éxito que supuso el lanzamiento de su cuarto álbum, … But seriously, se reeditaron conjuntamente sus tres primeros discos en formato vinilo. Si del cuarto tenía una copia en casete, de aquellos otros tres anteriores apenas conocía nada. Un compañero de instituto, A., con el que no simpatizaba especialmente pero con el que de vez en cuando intercambiaba música, me prestó los tres. Era octubre de mil novecientos noventa y dos. Para entonces, el formato vinilo ya era uno consciente de que estaba irremediablemente relegado al segundo puesto del podio, entre el anaranjado y terroso casete y el dorado y refulgente cedé. Dado su número y el color de sus portadas, todas ellas con el rostro del músico en primer plano, esos tres discos parecían estar hechos deliberadamente para ilustrar cada uno de los tres meses del otoño, como aquellas representaciones medievales donde las tareas agrícolas y ganaderas fragmentaban e identificaban el ciclo anual. Desde entonces no ha transcurrido otoño en que los haya dejado de escuchar, uno por uno, y el primero con especial gusto. 

En dos mil quince, con Phil Collins prácticamente retirado del panorama musical, se reeditó toda su discografía en solitario. Junto a cada álbum original se incluía en todos los casos un segundo cedé con maquetas, tomas en directo y demás. En un guiño especialmente simpático, la imagen original de cada disco había sido reemplazada por la imagen del músico, en la misma pose y proporción, pero con sus rasgos actuales. Resulta innecesario apuntar que tantas décadas después el músico aparece un punto avejentado, ¿quién no lo estará llegado el caso? ¿Pero, en cambio, quién puede sostener que Face Value, por ejemplo, por muchos años que hayan transcurrido desde su publicación, no se mantiene igual de fino y vigoroso?


Face value, 24 de febrero de 2016.

sábado, 20 de noviembre de 2021

El calor ferroviario.

Antes de la pandemia, salvo los días que trabajaba de tarde y los fines de semana, y no todos, solía ir al trabajo en transporte público. Primero en Metro, hasta Príncipe Pío, y después en Cercanías hasta El Pinar. Aquella impaciencia cuando algún servicio se retrasaba o inesperadamente quedaba detenido entre dos estaciones quizá sea lo que menos extrañe de entonces. Por el contrario, la posibilidad de entretener el trayecto leyendo -dentro de los vagones, de pie o sentado, o aguardando en el andén-, además del grato calor ferroviario en los días de invierno, seguramente sea lo que más. 

Después del confinamiento el uso del coche se ha convertido en norma. Es cierto que habitualmente resulta mucho más rápido y cómodo que el transporte público, pero como todo, se estará de acuerdo, desplazarse en vehículo propio también tiene sus inconvenientes. Muchos años antes -cuando la obtención del carné la tomaba como una posibilidad remota-, desde los ventanales del tren de Cercanías, en los tramos en que este transcurre junto a la autovía de La Coruña, observaba los accesos de salida y de entrada a Madrid congestionados y pensaba: ¿Cómo es posible que diariamente esta gente pierda tantísimo tiempo en sus desplazamientos laborales? Me resultaba incompresible. Entendía que en un caso extremo entre sus domicilios y sus lugares de trabajo no hubiese más medio de transporte posible. De otra manera no le encontraba explicación. Horas y horas malgastadas en infinitos y predecibles atascos… 

Se dice que actualmente el porcentaje de teletrabajo continua siendo alto. Pudiera ser. De lo que no hay duda es de que la congestión automovilística es parecida a la que entonces observaba desde los vagones de Cercanías, con la variación esta vez de la perspectiva, que en determinados días y a determinadas horas nos tiene también a nosotros incomprensiblemente presos en retenciones desesperantes. 

Volviendo la vista atrás, que es a lo que iba con estas líneas, la llegada del frío hacía que en el transporte público se diese una escena especialmente reconfortante. En el pequeño vestíbulo de la estación de El Pinar nos apiñábamos las decenas de trabajadores que a media tarde habíamos terminado nuestra jornada y aguardábamos la llegada del tren que nos condujese de vuelta a Madrid. En los paneles electrónicos se anunciaban los minutos que restaban para su llegada. Estos se consumían con una pausa desesperante. Cuando se aproximaba la hora todos abandonábamos el vestíbulo y nos distribuíamos por el andén, resguardándonos como buenamente podíamos del frío viento serrano. Al subir al tren nos acogía el grato manto de su sistema de calefacción, envolvente y hospitalario. Yo por mi parte, tomaba siempre asiento en el último vagón, en el lado de la derecha. Apoyaba la cabeza en el cristal, me colocaba las gafas de sol -hubiese atardecido o no- y dejaba que el traqueteo del tren y la música de los auriculares me fuesen meciendo hasta quedarme dormido. 

(Este disco de Lorenna McKennitt es uno de los muchos que escuché en aquellos plácidos letargos ferroviarios, aunque es de los pocos cuyas canciones están especialmente asociadas a ellos).


Parallel dreams, 17 de febrero de 2015.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Teatrillo juvenil.

Los perfiles que recorren los estantes musicales de los grandes almacenes (Fnac, por ejemplo) y los que revistan las cubetas de las tiendas de menor aforo, resulta evidente -salvo aquellos que tienen el hábito de alternar ambos caladeros-, son bien distintos entre sí. 
Sin profundizar en tópicos ha germinado en los primeros una tipología de visitante -al que no me atrevería a calificar de melómano ni tampoco de consumidor- , tan recurrente en sus pasillos como las riadas de turistas en las calles céntricas. Son jóvenes que no superan los veinte años, vestidos de manera colorista y desenfada, tanto como los catálogos de las cadenas textiles les permiten. Llegan al departamento musical con expresión entusiasta, como si entre sus expositores hubiesen dado con uno de los componentes de la pandilla perdido entre el marasmo capitalino muchas horas antes. 
De manera parecida a esas señoronas que se inscriben en cursillos de historiografía artística, devoradoras indiscriminadas de exposiciones, estos grupos de jóvenes van de un estante a otro emitiendo sus opiniones en voz alta con tanto criterio como reparo: 
     - ¡Anda, mira! 
     - ¿Esa quién es? 
     - Tía, ¿no sabes quién es Miley Cyrus? 
     - Ah, sí… 
     - Es lo más. 
     - ¡Este me lo llevo seguro! 
Sucede siempre que un miembro del grupo en un gesto heroico toma el compacto en cuestión y asegura, como si fuese el órgano necesario para su supervivencia, que lo que tiene entre sus manos nadie se lo arrebatará. La intención le dura cinco minutos, lo que tarda el grupo en dar la vuelta al recinto a imagen de la cuadrilla taurina después de una mala faena. Entonces, disimuladamente, deja el compacto en el lugar que mejor le parece mencionando alguna plataforma digital o excusándose con las frases de repertorio que quien a su alrededor les observa ha escuchado decenas de veces. Si el negocio de la venta de música dependiera de este perfil no hay duda de que en dos días no quedaría ni una sola tienda abierta. 
(Escenas de este corte en lugares como Fnac se viven con asiduidad. Hoy, no sé por qué, al recordar estos teatrillos juveniles se me ha venido a la memoria la tarde en que compré con D. el último compacto de Toundra. Obligados también nosotros por las modas, la opción de tenerlo en dicho formato pasaba porque nos hiciésemos con su versión en vinilo, que a semejanza de un fulgurante planeta, amparaba la compañía del cedé como la de un satélite sujeto a su órbita).

Das cabinet des Dr. Caligari, 23 de septiembre de 2020.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La muerte alcanza también a los Rolling Stones.

Hace unos días D. me envió una fotografía de la iglesia de Quintanilla de las Viñas, donde estaba de visita, jugando a que la reconociese. Aproveché la referencia para echar un vistazo al manual de Olaguer-Feliú: El arte medieval hasta el año mil, un volumen minucioso y concienzudo, y releer lo que en él se detallaba del edificio. Entre sus páginas encontré un tique de Madrid Rock. Estaba arrugado, aunque su imprimación se conservaba intacta -seña inequívoca de que el mismo no había sido impreso sobre el inconsistente papel térmico hoy generalizado, sino en uno de mayor calidad-. El tique era de la compra del Beggar´s Banquet de los Rolling Stones, el tercer disco que tenía en formato compacto del quinteto londinense y el que en el arranque de la colección de cedés hacía el número cuatro (entre medias solo se había colado un recopilatorio de David Bowie). Estaba fechado el veintinueve de marzo de mil novecientos noventa y cuatro. La afición y obligación diarística aún no había tomado cuerpo -sería unos meses después cuando lo hiciese de manera definitiva- por lo que de entonces los recuerdos que conservo son menudos e imprecisos. 

Aquella semana final de marzo se celebraba Semana Santa. Este detalle lo he confirmado en Internet. Lo recordaba vagamente. Mis padres y hermanos se habían ido al pueblo y yo me había quedado en Leganés, entiendo, con el pretexto de ir preparando los exámenes del segundo cuatrimestre. No podría asegurar si fui solo a Madrid Rock o lo hice en compañía de algún amigo. Seguro, eso sí, que el compacto lo escuché ese mismo día y los siguientes como solo se hacía en aquella época, cuando la oferta que llegaba a nuestra estantería estaba tan dosificada como la lluvia en verano; de manera atenta e insistente, revisando detalladamente el libreto hasta llegar a familiarizarnos con cada una de sus páginas tanto como con cada uno de los rincones de nuestra habitación. 

Pero si hay un tono que define aquellas primeras escuchas del Beggar´s Banquet es el tono lúgubre que trae consigo el sinsabor inesperado de la muerte de un familiar. Fue aquella misma semana, la noche de uno de los dos días santos, quizá el viernes. La muerte de un primo que vivía en el pueblo toledano, de edad parecida. La misma, en un alarde de tenebrismo, sucedió durante la procesión religiosa nocturna, mientras la mayor parte de los vecinos rondaban las calles a oscuras y en silencio, él agonizaba en la puerta del médico del pueblo. Las causas nunca se supieron con certeza ya que la familia se negó a que se practicase la autopsia. Padecía problemas respiratorios. Se elucubró que quizá estos habían sido los causantes de un fatal paro cardiaco. 

A la mañana siguiente, una de mis tías me telefoneó para decirme que mi primo estaba muy enfermo. Ella estaba en Leganés; no solía frecuentar el terruño toledano. Pensaban viajar hasta allí ese mismo mediodía y me sugirió que me fuese con ellos. Era consciente, aunque mi tía me lo negase, que mi primo había muerto. Lo hizo al entrar en el pueblo. La imagen que nos encontramos en la calle donde había vivido era de una solemnidad y un dolor imponente: numerosos grupos de vecinos, muchos jóvenes amigos, se repartían abrazados o aislados sin punto fijo donde atender, conteniendo los gritos y los sollozos.


Beggar´s banquet, 29 de marzo de 1994.