lunes, 3 de septiembre de 2018

El empacho digital.

Hace unos días leía un artículo que analizaba desde una perspectiva principalmente económica el crecimiento y la consolidación en los últimos años de las ventas a nivel mundial de música en formato vinilo (y en menor medida también en formato compacto), después de un par de décadas de caída y olvido. Uno de los motivos que se citaba para justificar dicho repunte era el creciente deseo del melómano de atesorar fisicamente aquel disco que puntualmente le ha generado afición. 
En las plataformas digitales, es verdad, uno puede acceder de forma sencilla e ilimitada a fondos colosales, inabarcables, pero ¿quién tiene capacidad de selección, atención y disfrute cuando lo que se le ofrecen son millones de platos, y apetito, cada poco, lo natural es que si se maneja con sentido solo se tenga para uno? La escucha en estas plataformas tiene una dinámica parecida a la de esos grupos de turistas que vemos en los museos recorrer apiñados y frenéticos una sala detrás de otra, deteniéndose delante de algunas obras puntuales y reconocidas no más de veinte segundos, en una carrera que solo busca alcanzar, se entiende, ese salvoconducto al que parece estar obligado cierto tipo de turismo; testimoniar que se tuvo contacto con tal o cual obra, aunque su contemplación se haya dado con la misma profundidad que recorriendo el museo en motocicleta. El Arte como la Música, de igual manera que otras materias artísticas, lo suyo es que se disfruten apartadas de la prisa y de la obligación.  
No es lo mismo decir que uno tiene acceso a toda la discografía de los Beatles en Spotify, por ejemplo, que decir que uno tiene toda la discografía de los Beatles en compacto o en vinilo. Estos formatos manifiestan un interés específico, un deseo de escucha y un reconocimiento del concepto de LP más allá de la descomposición de este en una docena canciones, insoslayable al diseño y a la información contenida en su carpeta; algo que las plataformas digitales, incapaces de resolver de manera vistosa, dan por irrelevante.
Cierto que, por otro lado, las ventajas de las plataformas digitales, con su ingente y torrencial biblioteca, también son algunas. Entre las que pueden resultar más provechosas está aquella que te permite escuchar discos que raramente se encuentran en los estantes de las tiendas, descatalogados, rarezas o, sencillamente, discos olvidados, de escasa circulación, que se desconocían y cuyas referencias nos llegan de una u otra manera. 
Estos suelo descargarlos en la biblioteca de la aplicación y los escucho y conservo a la espera de que, como hace el prestidigitador materializando lo que se le antoja bajo su chistera, de algún modo, el compacto, de manera física y definitiva, aparezca.
Así sucedió con este de The Waterboys, An Appointment with Mr. Yeats, complicado de encontrar al poco de haber sido lanzado en España, lo tuve en la biblioteca de Spotify desde el otoño de dos mil quince hasta casi dos años después, cuando, no sé de qué manera, F. lo encontró en Londres y, con su habitual atención, me lo envió.

An Appointment with Mr. Yeats, 9 de mayo de 2017.

martes, 31 de julio de 2018

El soniquete del día.

Hay diccionarios que definen el término “soniquete” como sonido continuado, de índole mecánico y marcadamente molesto. Otros, como el de la RAE, le otorgan una acepción más amable, definiéndolo como son, con toda la musicalidad que esta expresión sugiere, que se percibe poco, como un eco envolvente.
Esta última acepción es la que, imagino, ha de emplearse si se piensa en la canción que al final del día, cuando uno se encuentra a punto de caer vencido por el sueño, inconscientemente, se repite en nuestra memoria como una letanía susurrante. 
Durante el día se pueden haber escuchado cientos de canciones, pero resulta curioso e inexplicable como, cuando uno tiene la cabeza apoyada sobre la almohada, la que hace las veces de canción de cuna, antes de entrar en los abismos del sueño, es solo una. 
Hace años, cuando los días permitían un mayor detallismo, solía reparar y apuntar siempre la canción que se imponía como “soniquete del día”. Era un ejercicio, en muchos casos, ciertamente sorpresivo. 
De un tiempo a esta parte, tal atención, bien por el insostenible cansancio que anticipa la llegada del sueño, sin tiempo siquiera para girarnos en la cama, bien por la insistencia de los hechos diarios, empeñados en arrastrarnos al pragmatismo más secular; tal atención, decía, ha ido con los años perdiendo relevancia.
Ayer, en todo caso, dado que estos días me encuentro más descansado que de costumbre, el “soniquete del día” surgió de nuevo, inesperado, perceptible e insistente, amenizando los últimos instantes de vigilia. Y este no era otro que Long road to ruin, la canción de los Foo Fighters que aparecía en su disco Echoes, Silence, Patience & Grace y que ayer durante la tarde había escuchado.  
Este compacto lo compré a finales del verano de dos mil doce, el once de septiembre. El curso escolar había comenzado un día antes y aquel año, de igual manera que el anterior, nos turnábamos con unos vecinos de la urbanización, cuyo hijo era compañero de clase de O., en las idas y venidas al colegio. 
Aquella mañana de libranza había aprovechado para comprar unos discos en Fnac, entre ellos este de los Foo Fighters, poco antes de que al mediodía tuviese que recoger a O. y a J. del colegio. 
La vuelta a clase y el intenso calor les traían revolucionados. J. no hacía otra cosa que ir detrás de O. para darle un beso diciendo que quería casarse con ella. Al preguntarle el motivo respondía que porque era la más guapa de clase… Al menos, entre carrera y carrera, la vuelta a casa se nos hizo más rápida y menos tediosa de lo que se presumía.

Echoes, Silence, Patience & Grace, 11 de septiembre de 2012.

domingo, 8 de julio de 2018

El cartel y la tradición.

Hace unas semanas se celebró una nueva edición del Azkena. La primera vez que asistimos los cuatro al festival fue en dos mil doce, cuando el cartel aún se extendía con una oferta más exigente de jueves a sábado. La cita, con el transcurso de los años, se ha convertido en uno de esos hábitos regulares que dan al arranque del verano mayor impulso y atractivo.
Aquel primero, igual que este, F. se pasó por casa a eso de las diez. Recogimos luego a D. en Sanchinarro y emprendimos los tres, a contrapelo del ajetreo madrileño, viaje hacía Vitoria. Aquel dos mil doce, J., que trabajaba ese mismo jueves catorce de junio, llegaría al festival un día después, en tren desde Madrid. 
De camino, como también hemos vuelto costumbre, paramos en La Milagros para almorzar un pincho de tortilla y unos torreznos. En la carretera apenas había tráfico y los campos brillaban soleados. 
Para aquella primera edición el alojamiento lo teníamos en la misma pensión donde el año anterior había estado D., un negocio familiar de habitaciones estrechas, discretas y enmoquetadas, que salvo por el precio, no ofrecía encanto alguno. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano, las maletas en el hotel y nos encaminamos hacia el centro de Vitoria. Picoteamos aquí y allá, y a media tarde nos dirigimos hacia el recinto de Mendizabala, caminando por una avenida arbolada y señorial.
Ya solo el cartel de aquel jueves superaría en variedad e interés al de muchas otras ediciones al completo: Blue Öyster Cult, Twisted Sister, Status Quo, Graveyard… Anduvimos por el recinto hasta bien entrada la noche, de un concierto a otro, o detenidos delante de los puestos de comida o de merchandising, a tono con el tipo medio de asistente, que no era otro que el de hombre próximo a los cuarenta, vestido de negro, tranquilo y ensimismado por la música.
A la mañana siguiente cada uno se fue levantando según le pareció. J. llegó a media mañana. Nos encontramos con él en la Plaza de la Virgen Blanca, donde viernes y sábado se celebraban también conciertos. 
Dada la fecha, D., en cuanto tuvo ocasión, lo primero que hizo fue regalarme este compacto de los Flying Colors, de quienes yo no había escuchado nada y del que él me había hablado unos días atrás. Lo guardé, no recuerdo junto a qué otro detalle, y continuamos la marcha pausada y festiva hasta que nos sentamos para comer en el Matxete, inaugurando de esta manera una ceremonia que también hemos convertido en tradición.

Flying Colors, 15 de junio de 2012.

viernes, 8 de junio de 2018

El mismo paso.

Hace unas cuantas entradas hablaba de uno de los muchos discos comprados en la calle Tallers, uno de los lugares donde mejor oferta ha encontrado uno nunca. Después de dos años, esta semana he vuelto a recorrer las tiendas de discos de esta calle barcelonesa. Algunos negocios donde tiempo atrás la afluencia era mucha han cerrado, y los que se mantienen abiertos lo hacen sin aglomeraciones de clientes y asfixiados por locales dedicados principalmente a atender la demanda consumista de los miles de turistas que atestan la ciudad.
Hojeando los estantes de Revolver, pensaba en la primera vez que vine a Barcelona trabajando en la misma empresa para la que hoy trabajo, diez años atrás, de igual manera que esta semana, poco antes de que el verano llegase.
Fue un lunes 9 de junio de dos mil ocho. Aún apenas conocía a nadie de la empresa, ni tan siquiera a A., con quien aquella primera reunión en Barcelona, sabía, compartía habitación. 
Llegué pronto a la estación de Sants y desde allí tomé un taxi hasta el hotel, próximo al emplazamiento que entonces tenían las oficinas, cerca del aeropuerto. Era primera hora de la tarde. A. todavía no había llegado. Recuerdo encender la televisión de la habitación y ver que estaban dando un partido de fútbol. La Eurocopa de Austria y Suiza había arrancado unos días antes. 
Sin mucho más que hacer cogí otro taxi, y regresé al centro de la ciudad, directamente a la Plaza de Cataluña. Sin prisas, con esa sensación que tanto reconforta de salirse de la rutina y emplear el tiempo en lo que realmente a uno le interesa, recorrí algunas tiendas de la Calle Tallers.
Compré solo dos compactos, quizá apabullado de tanta oferta, uno de ellos este de Elton John, movido seguramente por conocer al completo el LP que contiene una canción tan fantástica como Someone saved my life tonight.
Guardé la compra en el bolsillo de aquella chaquetilla verde que durante los primeros meses de trabajo en esta empresa tanto vestí, y me encaminé a Las Ramblas. En un bar, donde televisaban un nuevo partido de fútbol, me senté y esperé a que alguno de los compañeros de trabajo me telefonease para decirme dónde nos encontraríamos.
Lo mejor de esas citas laborales, igual entonces que diez años después, habiendo recorrido alguna de las tiendas de discos de Barcelona, ya se había dado.

Captain Fantastic and The Brown Dirt Cowboy, 9 de junio de 2008. 

lunes, 14 de mayo de 2018

Las que eran últimas palabras...

Hacía ya tiempo que quería detenerme en este disco, Famous last words, de Supertramp, cuya portada, como algunas otras del grupo, gusta por ser capaz de captar con viveza y finura escenas que se presentan inquietantes y contradictorias.
Podría haberme detenido en él tiempo atrás, pero he preferido, buscando también esa misma acrobacia que práctica el funámbulo de la portada, hacerlo justo hoy, cuando se cumplen veinte años de su compra.
La primavera de mil novecientos noventa y ocho fue aquella en la que los estudios universitarios, de manera general, o al menos como desde su arranque los habíamos vivido, llegaban a su fin. 
Pensados ahora, no sucede con aquellos meses como con todo aquello que a punto de concluir, recordado tiempo después, se mira con cierta nostalgia: los meses de la primavera de mil novecientos noventa y ocho, consciente de la inminente pérdida, se vivían ya entonces ensombrecidos por un tono de incertidumbre y aflicción. 
Quizá esa sombra explique el ansia con el que se trataban de aprovechar entonces los días y que para cada uno de ellos hubiese siempre pretexto y compañía.
Las citas de aquella semana del catorce de mayo, que era jueves, arrancaron el lunes con L. y M. en un local cercano a la Calle Mayor, que hoy siempre está colmado de turistas, y que entonces, un lunes laborable y lluvioso, apenas tenía clientela. Ese deseo de prolongar la relación surgida con la carrera parecía preocupar a todos; incluso L., que había llegado al grupo relativamente tarde, buscando cerrar una continuidad más allá del final de las clases, proponía con más deseo que determinación viajes y otras citas para los meses de verano. 
Al día siguiente, el martes doce, sin especial gusto por aguantar en las aulas de la facultad, mediada la tarde, G., D. y yo nos acercamos a la Torre de los Lujanes, cuyas conferencias pugnaban en tedio a cualquiera de nuestras clases universitarias, pero que, por falta de obligación, permitían una distracción mayor. D. se marchó terminada la conferencia, y G. y yo anduvimos por las calles del centro hasta la madrugada, hablando, claro, en ese tono de confianza y comprensión que solo puede darse entre amigos, no de lo que iban a ser las semanas próximas, sino de lo que estaban siendo aquellos días primaverales.
El jueves catorce, que fue cuando compré este Famous last words -en una tienda de Moncloa en la que apenas me he detenido un par de veces más-, estuve en uno de los cines de Martín de los Heros con M., esa chica risueña que vivía en un pueblo de la sierra que a todos nos parecía tan lejano como el escenario de una novela de aventuras, viendo La dama de Shanghai. Aquella noche no nos extendimos gran cosa teniendo M. que tomar un autobús que la llevase de vuelta a su pueblo serrano; pero sí, ya con otros compañeros de la facultad, la siguiente, la del viernes quince, y otras muchas que durante semanas se fueron sucediendo… 
Famous last words, dado el interés que tenía ya antes de su lanzamiento Roger Hodgson por dejar el quinteto, es un compacto apropiado para acompañar números de cierre, tiene ese tono de acto final que tan bien encaja con los momentos, como aquella primavera de mil novecientos noventa y ocho, en los que las circunstancias le obligan a uno a ir echando el telón e ir pensando cuanto antes en la puesta en marcha de una nueva función.

Famous last words, 14 de mayo de 1998.

viernes, 20 de abril de 2018

La Banda del Puño.

Hay compactos que se compran, se dejan en posición horizontal sobre la estantería donde se ordenan los demás, son pasados a formato digital -raro es aquel que no-, y después de semanas e incluso meses, sin apenas escuchas, se acomodan finalmente junto al resto a la espera de que por algún imprevisto motivo en el futuro sean tratados con una atención mayor. A veces dicha atención surge, pero otras muchas no.
Recién llegada la primavera de dos mil once, el miércoles seis de abril subí a Fnac con la intención de comprar el disco recién lanzado del genial Sergio Makaroff. Y como suele suceder en estas ocasiones, donde a uno la compra de un solitario compacto siempre le parece poco, tomé el del músico argentino y también, sin mucho convencimiento, animado por la dupla que se ofrecía a tan bajo precio, otro en el que se incluían los dos primeros álbumes de estudio de The Band.
Pasaron los primeros días y los discos del grupo americano apenas los escuché. Venció luego también el plazo de varias semanas que lleva a todos los compactos de la posición horizontal de arranque hasta el ordenamiento alfabético vertical, regular y definitivo, y Music from the Big Pink y The Band cayeron en el olvido con el endeble compromiso, tanto bueno había escuchado de ellos, de prestarles en el futuro la atención debida, la cual, inesperadamente, no ha llegado hasta hace poco.
A comienzos de este año, en la librería de la calle Príncipe, donde la literatura musical ocupa siempre un espacio bien surtido e interesante, encontré un libro de The Band, escrito por Mikel Muñoz y publicado por la Editoral Milenio. 
Quizá por esa deuda que pensaba tenía con aquellos dos discos olvidados, lo compré y, esta vez sí, a diferencia de lo que había hecho con ellos, no dejé que pasase un día antes de empezar a leerlo.
La prosa del autor, de quien se dice que no había publicado nada antes, quizá por eso mismo, no adolece de la sobrecarga de retórica de la que cojean escritos de este tipo, y se centra de manera exigente, clara y documentada en la historia y música del grupo.
De este modo, claro, aquellos primeros dos discos de The Band han cobrado, ahora sí, nuevo protagonismo, de igual manera que algunos otros del grupo que, como ya en alguna entrada se ha dicho, al hilo de la lectura uno se ha visto casi en la obligada necesidad de comprar.

Music from the Big Pink & The Band, 6 de abril de 2011.

sábado, 17 de marzo de 2018

La forma primera.

La Navidad de mil novecientos noventa y tres la pasamos, como tantas otras anteriores, en el pueblo de nuestros padres y abuelos, un pequeño municipio de La Jara toledana situado al amparo de un abrupto cerro. Fue, recordada hoy, la última Navidad tal y como siendo niños era aquella época del año en la que parte de la familia se juntaba unos días para celebrar las fiestas y echar una mano a los abuelos con la cosecha de la aceituna. 
Aquel año viajé al pueblo unos días después que mis padres, la misma mañana de Nochebuena. Fui en tren hasta Talavera de la Reina, desde donde posteriormente tomaría un autobús que me conduciría al pueblo. Mientras hacía tiempo a que saliese este último, anduve por la ciudad dando un paseo. El bullicio propio de las fechas se daba en las calles de Talavera como solo parece darse en las escenas de películas costumbristas ambientadas en los días finales del año.
Cerca de la estación de autobuses encontré una tienda de discos, que creo recordar mezclaba la venta de música con la de electrodomésticos, donde la oferta era variada y los precios, aún para un estudiante, aceptables. Allí fue donde compré en formato vinilo este McCartney II. Su escucha, claro, no pudo darse hasta algunos días después, cuando regresamos del paréntesis navideño.
Muchos de los discos que décadas atrás compré en formato casete y vinilo, es también habitual que con el paso del tiempo, particularmente aquellos por los que se ha tenido siempre un gusto especial, los haya ido comprando en formato compacto, principalmente para que su escucha me resultase más próxima y sencilla, aunque también, de alguna manera, para que simbólicamente quedasen definitivamente consolidados en la colección.
Este McCartney II lo encontré a buen precio y me decidí a comprarlo, casi dos décadas después, un sábado dos de febrero de dos mil trece, en un centro comercial próximo a casa. 
Para entonces, como es natural, mis abuelos ya hacía muchos años que habían muerto y de aquellas navidades, aparte de algunos pocos recuerdos, apenas quedaba vivo, de igual modo que hoy mismo, el eco evocador de alguna canción.

McCartney II, 2 de febrero de 2013.

domingo, 11 de febrero de 2018

La intención y el complemento.

Hay días en los que me da por pensar que mejor que seguir comprando compactos sería dar con la manera de disponer del tiempo necesario para escuchar con gusto y sin prisas todos los que ya tengo. Llegará quizá un momento en que esa intención la lleve a cabo, aunque, seguro, sin más tiempo disponible del que ahora disfruto y por poco tiempo, dado que la oferta y las posibilidades de encontrar algo de interés siguen siendo muchas y el impulso que nos hace salir de casa con el deseo de echar un vistazo en alguna tienda de discos, incontenible y enfermizo.
Hay músicos como Steven Wilson, que no contento con liderar varios proyectos a la vez, ofrece de cada uno de ellos constante material; no solo lanza nuevos discos, sino que reedita anteriores con material adicional, o, de manera sistemática, complementa los últimos lanzados con nuevas tomas en directo, descartes y demás material audiovisual. Dinámicas como la de Steven Wilson, por ejemplo, que pocas veces se descuida en cuanto a calidad, hacen imposible la contención consumista.
A finales de abril de dos mil dieciséis aprovechamos un par de días libres para viajar a San Sebastián. El atractivo, además de revisitar la ciudad, en la cual hacía mucho que ninguno de los dos estábamos, era pasar un día en Bera de Bidasoa y conocer Itzea, la casa que la familia Baroja ocupa allí desde hace más de un siglo. Pero la tarde primera, la del sábado de llegada, la empleamos en recorrer San Sebastián, sus calles más señoriales y aquellas otras que entonces parecían presentarse más turísticas y festivas que la vez anterior en que estuve. En la de Oquendo, en el número seis, se descubre una placa, seca y gris, que indica que el escritor vasco nació allí. 
En nuestro paseo, a ratos ralentizado por la lluvia, bordeamos luego el Monte Urgull, para entrar finalmente en la Parte Vieja por la calle donde tenía localizada una tienda de discos. 
En San Sebastián, a diferencia de otras ciudades españolas, aún se conservan abiertas media docena, casi todas escoradas hacia el heavy y con predominio del vinilo. Esta no era especialmente grande; a la derecha quedaban los compactos, dispuestos sin mucha congestión en paneles metálicos. La selección no era tampoco especialmente extensa, pero sí contaba con algunos de difícil localización en grandes almacenes o en tiendas poco especilizadas, entre ellos este Drive home de Steven Wilson, complemento al The Raven that refused to sing and other stories, y lanzado pocos meses después.

Drive home, 30 de abril de 2016.

viernes, 12 de enero de 2018

La etapa de llegada.

Esta vez no nos vamos a ir muy lejos en el tiempo, tan solo un par de meses atrás.
Todos los tramos, las tardes de la última etapa, bien por el cansancio de la semana, bien por el abatimiento que supone dar por concluidos los que han sido unos días estimulantes y amenos, una vez en destino, suelen ser particularmente apagadas y errabundas. 
Este año, ya en Santiago de Compostela, rematado el Camino Francés, que durante cinco tramos, en sendos años, nos había tenido recorriendo la Península de Este a Oeste, después de haber pasado brevemente por las naves de su catedral y de habernos tomado las obligadas fotografías en la Plaza del Obradoiro, nos dirigimos al hotel, a poco más de dos minutos. Nos adecentamos todo lo que la monotonía de nuestra indumentaria peregrina nos permitía y buscamos, casi a tiro hecho, un sitio donde comer. Después, como es frecuente en las jornadas de andadura, llegó la plácida siesta, improbable en nuestras rutinas cotidianas y reparadora de la etapa hecha y de la comida abundante con que solemos rematarla. La misma, este cercano sábado once de noviembre, no la prolongamos mucho; aún no había atardecido cuando nos despertamos. Fue entonces cuando, dispuestos nuevamente para pasear por la ciudad de destino, la ineludible modorra vespertina, como en otras etapas finales de tramo, cayó sobre nosotros.
Pasamos primero por la Oficina del Peregrino. Previa espera, como si de un trámite de relevancia se tratase, fuimos atendidos por unos jóvenes que, dependiendo del gasto que uno estuviese dispuesto a realizar, expedían una credencial u otra, todas ellas, por más que la plantilla sobre la que se completaba el nombre del peregrino y los kilómetros caminados tuviese cierta gracia, desmejoradas por su caligrafía seca y trabada.
Nuestra intención era dar después un paseo por Santiago y asistir, poco o mucho, a la Misa del Peregrino, que se celebraría caída la tarde. Pero como para la devoción también existen prioridades, de cara al paseo vespertino había visto yo unos días atrás un par de tiendas de discos, que, parecía, tenían cierta solera y abundancia, y que seguramente nos despabilarían algo del previsible abatimiento.
De las calles céntricas, paseando sin prisas y atentos a los muchos escaparates que encontrábamos a nuestro paso por si en alguno de ellos dábamos con un regalo para nuestras mujeres e hijas, desembocamos en otras de trazado más reciente e igual de transitadas.
Discos Precio fue finalmente la única tienda de discos que visitamos, próxima a la zona moderna más comercial de la ciudad. En sus estantes había decenas de compactos y vinilos, y también algunos libros y complementos musicales.
Los compactos no estaban ordenados alfabéticamente y sus cajas parecían arrostrar la suciedad de medio siglo; quién quisiera aventurarse habría de probar fortuna por el estante que mejor le pareciese. Así hicimos, J. por un lado y yo por otro. De lo mucho que encontramos, casi todos conservados de manera irregular, solo tomé este de DIO, más como testimonio que por una apetencia incontenible.

Angry machines, 11 de noviembre de 2017.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Los días hábiles.

El veintidós de enero de dos mil tres fue miércoles. Aquel día lo tenía libre. Cuando me levanté, en el salón de casa me encontré con S., aquejada de ese malestar que una vez al mes, especialmente en aquellos que precedieron al cierre de su empresa, le era tan propio, distrayendo su imprevista libranza viendo la película Charada. La dejé tumbada en el sofá y salí hacía la Casa de Campo, donde entonces, tímidamente, practicaba “footing” (otras expresiones para describir la afición por la carrera continua aún no se daban).
Ese mediodía había quedado yo con mi hermana C. para comer. Cuando volví de correr, le propuse a S. que nos acompañase; ella, claro, recuperada de súbito de su malestar matutino y tan dichosa como era alternando fuera de casa, aceptó con alegría.
Comimos los tres en un restaurante de Ópera que entonces frecuentábamos mucho, Inshala, un local a medio camino entre la sofisticación urbana y el gusto por lo étnico, cuya carta era extensión de ese mismo criterio estético. La mayor parte de la conversación se la llevó la relación que mi hermana tenía entonces con un chico al que había conocido seis años atrás. S., tan aficionada como siempre se ha mostrado por los asuntos sentimentales, fue quien guió la conversación. Continuamos esta luego en La Canela, a unos pasos de las Descalzas Reales, hasta que mi hermana, que debía regresar pronto a casa, se marchó. Era media tarde aún y, a pesar de la época del año, aunque sin mucho énfasis, brillaba el sol. 
Sin necesidad de dar por terminado el paseo, nos decidimos entonces a visitar el monasterio cercano, animados también por la gratuidad del día. Desde el claustro del mismo, cuyo silencio en el centro de Madrid fue lo que más nos sorprendió, los edificios circundantes que lo cerraban, observamos, nos parecían lejanos e incomprensibles. Concluyó el recorrido guiado y salimos. 
Nos acercamos después a la Costanilla de los Ángeles, justo en el tramo más próximo a Arenal, donde durante un breve periodo se abrió otra tienda Yunke. S., que ese día se encontraba especialmente rumbosa, al que yo me compré quiso que se uniesen dos compactos más, uno de ellos el Brainwashed de George Harrison, un fantástico disco póstumo.
El frío del atardecer nos condujo hasta casa. Ella, por darle un sentido capicúa al día, se sentó de nuevo en el sofá y empezó a ver la reconfortante Los peores años de nuestra vida. Yo, que había quedado con una chica con la que entonces salía (maravilloso eufemismo), inmerso en una relación con un guión mucho más tonto e inconsistente que el de la película de Martínez Lázaro, descansé un rato en mi habitación y, ya de noche, me encaminé nuevamente Calle Segovia arriba.

Brainwashed, 22 de enero de 2003.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Los Rolling" (y II).

Sirva en todo caso la tontuna del crítico de turno para volver brevemente al disco que Los Rolling editaron en 1997, Bridges to Babylon
En España el disco salió a la venta un lunes 29 de septiembre. Sospechando, tal y como ya había comprobado con discos anteriores suyos, que si me hacía con él recién lanzado me encontraría con algún obsequio o añadido especial, ese mismo día subí a Madrid.
Aún no había empezado las clases, me encontraba en aquellas semanas en las que, terminados los exámenes de septiembre, uno se veía ocioso a la espera de que el nuevo curso universitario arrancara.
El otoño ya entonces había llegado Madrid: aquella mañana hacía frío. Me dirigí primero a Madrid Rock, donde en ocasiones anteriores me había encontrado con aquellos obsequios de lanzamiento. Di vueltas en busca del disco pero no lo encontré. Pregunté a un dependiente y este me dijo que aún no lo habían recibido, que a media mañana posiblemente ya lo tuvieran. Me encaminé entonces a FNAC por ver si en esos almacenes había más suerte. Así fue, el disco ya lo tenían a la venta, expuesto preferentemente. 
En esta ocasión el único añadido que ofrecía hacerse con el disco el primer día era la funda que lo cubría, pero nada de parches ni singles especiales como en ocasiones anteriores, lo cual me dejó un poco chafado. Indeciso de volver a Madrid Rock por ver si allí ya lo habían recibido y con la compra del mismo el detalle era mejor anduve un rato hasta que finalmente decidí entretener lo que quedaba de mañana de otra manera.

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

martes, 17 de octubre de 2017

"Los Rolling" (I).

Gran parte de la crítica musical actual, de igual manera que la crítica artística de las ultimas décadas, tiene el tópico y la retórica insustancial como principales mecanismos. Y eso a pesar de que sus comentarios y reflexiones buscan adornarse de una abstracción petulante y presuntuosa, de una imprecisión que, a falta de mayor base y erudición, busca disimular éstas, con la soberbia y circunspección de quien se siente capaz de poner límites al humo.
Hace unos días, al hilo del último concierto que dieron Los Rolling en España, el cronista de turno, aparte de ilustrar el relato de la actuación con las expresiones de manual que resultan inevitables para el grupo (él probablemente escribiría banda, que ha de parecerle una palabra más cosmopolita y desenfadada), cargantes e inservibles, y un par de reflexiones con intención cómica y ocurrente, de monologista poco inspirado, viene a señalar, sin especificarlo pero dándolo a entender, que referirse a los Rolling Stones como a Los Rolling, y no como a Los Stones, es una paletada.
Es otro de los aspectos que definen a la crítica musical actual, especialmente la de aquellos que se visten con el aroma, siempre atentos al fogonazo de la cámara y a la pose de escaparate: llegar tarde y además con afán exclusivista. Igual que quienes al referirse a Federico García Lorca, emplean el Federico como salvoconducto que parece legitimarles y aproximarles más que a nadie a la figura del poeta. 
¿Puede aquel que durante décadas (siendo coetáneo del periodista que firmaba la crónica), desde adolescente, ha ido comprando todos los discos del grupo, oficiales y rarezas, con variedad de ediciones y formatos, ha asistido a muchos de sus conciertos (esto, es verdad, no es cosa de mérito, ya que a nivel general los conciertos de Los Rolling son cada vez más una obligación social que un compromiso afectivo), ha coleccionado libros, revistas y demás mercadería, puede, decía, referirse a ellos como a Los Rolling?
Quizá sólo se trate de un tema lingüístico, de las pocas nociones que siendo adolescente se tenían de inglés y que le llevaban a uno a referirse a ciertos grupos por el que se imaginaba sería su nombre de pila; pero dar por hecho que por el modo en que estos se nombran pueda colegirse el grado de afición que se tiene a los mismos es una tontería cualquiera. 
Estoy seguro que, de igual manera, si entonces, cuando uno empezó a comprar los discos de Los Rolling, hubiese surgido un grupo nacional y hubiese tenido por nombre, por ejemplo, Los Petulantes Críticos, probablemente, por acortarlo, también uno se hubiese referido a ellos como a Los Petulantes y no como a Los Críticos

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Fumata blanca.

Es sabido el afán que tiene la gente de dinero por tratar de ganarse algo de solvencia y reputación intelectual. De la misma manera que aquel que ha nacido en una cuna modesta tiene el dinero como principal preocupación, quien lo ha hecho en una boyante y bien almidonada, no encuentra más anhelo para sí que vestirse de un respeto que le muestre a ojos de todos inteligente y juicioso, y si a la par, satisfaciendo este deseo, puede seguir ensanchando sus cuentas bancarias pues mejor que mejor. En este sentido, una de las manifestaciones más comunes, si es que el patrimonio lo permite, es la regencia de algún negocio de índole cultural, particularmente galerías de arte y tiendas de antigüedades.
Dichos negocios, que de puertas afuera se presentan como ejemplo de exquisitez y buen gusto, esconden para aquellos que cometen la torpeza de vincularse como empleados en los mismos más miserias que la peor de las galeras que describe Cervantes en sus libros. Quien se deja seducir por las palabras de sus opulentos propietarios se verá  irremisiblemente atrapado entre cuatro paredes blancas, con unas condiciones contractuales precarias en el mejor de los casos y un régimen laboral cercano a la servidumbre.
Por suerte, en la primavera de dos mil cinco, después de no más de medio año, encontré otro trabajo que me permitió salir del pozo en el que me había visto atrapado en la galería de arte de la Calle Lagasca. Ese alivio marcó toda aquella primavera.
El primer fin de semana de abril D. viajó con sus padres y hermano a Londres. Mi intención era trabajar y no emplear muchas horas de ocio fuera de casa, sin embargo, entre una cita y otra, aquella intención primera quedó en nada. El sábado dos, por un lado, mientras desde el Vaticano se anunciaba la muerte del Papa, A. B. inauguraba con una fiesta la casa que se había comprado en la Calle de Puerto Rico, un piso que había pertenecido a un par de señoras mayores, hermanas, que se mudaban definitivamente a Algeciras, y que en las siguientes semanas pensaba reformar íntegramente; y por otro, el domingo tres, junto a D., M. y E., en una de esas citas a las que éramos entonces tan aficionados, organizaba una nueva partida de mus, esta vez, en nuestra casa. Enfrascados en el juego estábamos cuando llegó D. de Londres, discreta y dulce, y con ella este primer disco de Porcupine Tree.
  
On the Sunday of life..., 3 de abril de 2005.

domingo, 27 de agosto de 2017

Byrne costero.

Estos días pasados escuchamos este disco de David Byrne en San Ciprián. Lo hice consciente de que es uno de los pocos que con el paso de los años ha quedado preso en el recuerdo de aquellos primeros veranos gallegos.
A comienzos de agosto de dos mil ocho, siendo O. todavía un bebé apenas capaz de incorporarse de la cama, visitamos por segunda vez San Ciprián. Esta vez, a diferencia de la primera, que solo nos tuvo un par de días, por más de una semana, y a la par que aquella de dos mil seis, también en fiestas.
Parte de aquella semana la compartimos con F. y P., que luego han sido una compañía habitual en estas felices estancias. Paseábamos, comíamos, bebíamos y aguantábamos hasta bien entrada la madrugada bailando en la plaza del pueblo, junto a la ría, con O. en nuestros brazos o si es que ya había caído rendida, dormida en el carrito y cubierta por una manta porque no se desvelase.
Unas semanas después estaba yo de vuelta en Madrid trabajando, y D., más liberada laboralmente, con O. aprovechando lo que quedaba de verano de aquí para allá.
Aquel veinticinco de agosto, que puestos a levantar hitos en el calendario quizá sea una de las fechas más señaladas, era lunes. Trabajé y antes de llegar a casa, por significar algo el día, me apeé del tren en Atocha y eché un vistazo en la tienda Daily Price, uno de los locales cercanos a la conexión con la red de Metro, dedicado a la compra y venta de compactos, películas y videojuegos.
El negocio, al completo, cerró recientemente, si bien la sección musical, en los últimos años, fue reduciéndose cada vez más, acogotada en el extremo derecho del local, y lo que antes suponía más de una hora de rastreo, en los últimos tiempos no llegaba a media. 
En dos mil ocho digamos que la cantidad de compactos aún era bastante y revisar todos sus estantes una tarea medianamente paciente. Por eso, por un lado acuciado por el hecho de buscar algún compacto que resaltase la fecha y por otro por el deseo de llegar pronto a casa y descansar, decidí solo revisar las estanterías de música extranjera. Entre otros encontré este de David Byrne, que escuchado entonces, unas semanas después de haber estado en San Ciprián, y escuchado muchas veces después, siempre trae consigo el recuerdo de ese pueblo ameno y discreto de la costa lucense.

Grown backwards, 25 de agosto de 2008.

miércoles, 26 de julio de 2017

El púrpura es para el verano.

Los discos, como algunas prendas de ropa, tienen también su temporada. Hay algunos que se mantienen durante meses apartados en los estantes hasta que llega la estación del año donde mejor visten. 
A mediados de julio de dos mil doce, D. emprendió con su amiga L. un viaje de dos semanas por Tailandia, quedándome yo en Madrid empleado en las acostumbradas obligaciones laborales. 
Su vuelo despegaba a las diez de la noche de aquel viernes trece, poco antes de que The Punzones diesen un nuevo concierto, esta vez en una pequeña sala de Aluche llamada La Mala, a donde, una vez nos despedimos, acudí.
La asistencia a sus conciertos suele ser siempre parecida, con más o menos deserciones, entre familiares y amigos, al menos una docena de conocidos, sino más, es normal que uno se encuentre. Aquella noche, en las primeras filas estaba P., muy embarazada ya de su segundo hijo, y también J. y N., atentos al escenario más que a ninguna conversación, y mi hermana C. y M., que llegaron con el concierto ya comenzado. Terminó este y me acomodé junto a la barra del fondo, esperando la llegada de los Punzones, cuya actuación había servido de preámbulo a la final del grupo de versiones de los Judas Priest. El primero en hacerlo, como de costumbre, fue el bueno de D., con su habitual ánimo bebedor. Después mi hermano I., cuya pandilla ocupaba la mayor parte de la sala, F., S. y V.
La noche, como era de prever, me trajo a casa tarde y con unas cervezas de más. Así, el propósito que tenía para la mañana siguiente de subir al centro y comprar algunos discos y películas con los que entretener los huecos de ocio que pudieran presentarse en las dos semanas siguientes, antes de acostarme, decidí volver a sopesarlo una vez me hubiese despertado.
Amanecí con el cansancio propio de las resacas, pero, aún así, con el suficiente humor como para no dejarme caer en el sofá y abandonar el paseo previsto. Desayuné en la estación y tomé el tren hasta Recoletos. 
Burn, de Deep Purple, lo encontré en los cajones bajos de Yunke, revolviendo como solo puede hacerse en días en los que no se tiene prisa alguna y el entendimiento se desenvuelve con especial lentitud. Pensé: un disco de Deep Purple con David Coverdale, forzosamente ha de ser un buen disco… 
Pero de igual manera que en invierno, melones y sandias, si se encuentran, pueden estar igual de sabrosos que en verano, como sucede con el disco de Deep Purple, es en los meses más cálidos del año cuando con más gusto se toma. 

Burn, 14 de julio de 2012.

lunes, 19 de junio de 2017

Tarta radiofónica.

Un día después de su quincuagésimo aniversario, el veinticinco de mayo de mil novecientos noventa y uno, Radio 80, emisora que, con el paso del tiempo, al fusionarse con Cadena Minuto, devino en la actual M80, emitió durante veinticuatro horas, de la media tarde de aquel sábado veinticinco de mayo a la media tarde del día siguiente, un especial dedicado a Bob Dylan.
El programa lo dirigía José Ramón Pardo y repasaba, disco a disco, incluidas algunas rarezas, toda la carrera del músico. El especial lo habían publicitado mucho y, curioso y respetuoso como solo se es a esa edad, unos días antes me había hecho con un pack de tres cintas vírgenes donde poder grabar aquello que fuese intuyendo resultase de más interés.
José Ramón Pardo desgranaba un disco tras otro, deteniéndose dependiendo de cuál en más o menos cortes, con una erudición y una amenidad apabullantes. Yo, por mi parte, guiado por las palabras que presentaban cada una de las canciones, me limitaba a pulsar el “Record” del radiocasete si la canción, me parecía, lo merecía y a escribir en un folio su título (o lo que mi inglés de bachillerato me dejaba adivinar), el título del disco que la contenía y algún otro detalle más.
De esta manera pase las horas de aquel sábado hasta bien entrada la madrugada, y de igual modo, la mañana siguiente, volviendo a la audición tan pronto como me desperté, completando los minutos de grabación que aún quedaban libres en la última de las tres casetes.
Unos días después, un compañero del instituto, V., al referirle el asunto me dijo que un vecino suyo, creía, tenía un disco de Dylan, uno titulado Street legal. Del mismo, al haber sido referido bien entrada la madrugada de aquel especial radiofónico, yo no conocía canción alguna; debía quedar, digamos, en el paréntesis nocturno de mediados de los setenta a comienzos de los ochenta. Aún así, por hacerme con un LP de Dylan al completo, le dejé una nueva casete virgen, se la pasó a su vecino y aquel me lo grabó.
Street legal estaría por distintos motivos dentro de aquellos diez discos que recientemente D. y yo seleccionamos como principales de nuestra discografía, pero, a pesar de su escucha frecuente desde que el vecino de V. me lo grabó, no fue hasta veinte años después que lo tuve en formato compacto. 
A imitación del atracón que supusieron aquellas horas adolescentes de escucha radiofónica, el quince de junio de dos mil once, imagino que a sugerencia mía, D. me regaló hasta cuatro discos de Dylan, entre ellos este fantástico y familiar Street legal.

Street legal, 15 de junio de 2011.

martes, 23 de mayo de 2017

Disco nuevo.

A finales de julio de dos mil cuatro, D. y yo teníamos ya cerrado el alquiler de una casa donde comenzar a vivir juntos, en la calle Tarragona, a unos pasos de Santa María de la Cabeza. La casa era pequeña, de no más de cuarenta metros cuadrados y se levantaba en el segundo piso de una antigua corrala reformada. Las dimensiones de su planta, que no daban más que para un discreto baño, un saloncito con la cocina incorporada y un dormitorio de parecida holgura, estaban descompensadas en relación a la altura de sus techos, de casi siete metros. El dueño, un hombre joven, taxista de profesión, nos había dicho que el planteamiento primero que tuvo era el de haber levantado una segunda planta dentro del dormitorio y un pequeño altillo en el salón, lo cual hubiese generado nuevos espacios y aliviado la sensación de estrechez que daba la casa. 
El pago de la fianza ya estaba hecho, sólo quedaba que el dueño terminase de pintar el piso y pudiésemos nosotros hacer la mudanza y entrar a vivir. 
Aquella tercera semana de julio la había cogido libre con la intención de ir perfilando el cambio. Por un lado, había ido empaquetando y llevando a casa de mis padres algunas de las cosas que guardaba en mi habitación de la calle Segovia y que, imaginaba, no tendría necesidad conviviendo con D., y, por otro, preparando de igual manera lo que sí tendría que mudar.
Poco aficionado a los cambios, por más que estos supongan una mejora general, en los instantes que los preceden, suelo dejarme llevar por los momentos de ensimismamiento y ponderación. 
Aquel sábado veinticuatro de julio, con la semana a punto de concluir, aprovechando que había cobrado un trabajo hecho como coordinador de una exposición de fotografía, una de esas tareas que visten más contadas que ingresadas en la cuenta bancaria, salí pronto de casa, la que aún compartía con E. y S. en la calle Segovia, y anduve por el centro dando un paseo, comprando algún disco y comiendo luego por Malasaña. Se trataba, sobre todo, de sopesar lo que habían dado de sí los últimos días y pensar con ilusión y prudencia en lo que habrían de ser los que llegasen en agosto.
Aquella mañana, además de un recopilatorio de 10.000 Maniacs que compré en Fnac, inesperadamente di con el segundo disco de Pretenders, que llevaba un tiempo buscando, titulado sencillamente así, Pretenders II, en una tienda de segunda mano, en la calle Clavel, en la que apenas había estado un par de veces y donde apenas había encontrado nunca nada.

Pretenders II, 24 de julio de 2004.

martes, 25 de abril de 2017

Los otros lugares (III...).

Decía Paddy McAloon que una vez lanzado el primer disco de Prefab Sprout, Swoon, tan descontento estaba del resultado final, su deseo hubiese sido ir tienda por tienda, de norte a sur de Inglaterra, en busca de los ejemplares que aún quedasen por vender y hacerse con todos ellos; así, pensaba, el mal, como un incendio descontrolado, encontraría menos fuentes de propagación y su rubor algo de alivio. 
En línea con esta intención, más allá de la retórica del músico, en artículos recientemente editados, es juicio generalizado, destacar de Paddy McAloon su laboriosidad y deseo de perfeccionismo, y situar a Prefab Sprout en una de las posiciones principales de la música Pop de las últimas décadas.   
Los días finales de julio de dos mil quince visitaba Londres por tercera vez, una ciudad donde en ocasiones anteriores la compra de compactos había sido muy cuantiosa. Aquel veintinueve de julio salí de casa de F. y E. pasadas las once de la mañana. Había dormido casi diez horas, lo cual, dada la inquietud e incertidumbre general de las semanas precedentes, resultaba una novedad muy reconfortante. 
En la estación del barrio tomé el tren que me condujo hasta Victoria Station y anduve luego por los alrededores de Buckingham Palace, terriblemente concurridos. 
En cuanto a las tiendas de discos para este viaje, a diferencia de un par de museos señalados, no tenía recorridos ni intenciones precisas, confiaba que, tan sólo paseando, encontrase suficiente oferta.
En Bond Street di con un amplio local, perteneciente a una cadena cuyo nombre no recuerdo que, distribuido en dos plantas, se dedicaba principalmente a la venta de cine, música y literatura. Los compactos se encontraban en el segundo piso y ocupaban decenas de metros cuadrados, divididos y ordenados concienzudamente. Tanta oferta requería de una estrategia efectiva. Sin listado de búsqueda, después de una desbordante primera batida, resolví que, para que la compra fuese verdaderamente fructífera, no había mejor manera que ir paso a paso, letra a letra, artista por artista, sin importar el tiempo que tal táctica me llevase. 
De esa manera salí del local cargado con más compactos de los que el paseo que tenía previsto recomendaba. Si Paddy McAloon en su momento hubiese llevado a cabo su intención de purga, aquel veintinueve de julio, que luego me tuvo caminando durante horas por Regent´s Street y Camden, me hubiese aligerado, al menos, de parte de la carga.

Swoon, 29 de julio de 2015.