martes, 22 de septiembre de 2015

Camino Soria (I).

Se insiste cada vez más, sean las publicaciones más o menos sesudas, noticieros generales o de ámbitos específicos, en incluir con el mismo protagonismo que titulares de actualidad y relevancia, clasificaciones, esquematizaciones y pautas de análisis y atención del tipo: “Los ocho errores que no se han de cometer a la hora de elegir asiento en un autobús de línea”, “Los cinco mejores restaurantes madrileños con mantelería de papel y cubertería de plástico”, “Las diez canciones más estimulantes para comenzar el día en que te transplantan un riñón”, etc.
Habrá algunas, no lo discuto, que puedan resultar de cierta utilidad, pero la mayor parte, además de tendenciosas y fragmentarias, son tan innecesarias y estúpidas como las decisiones que se toman con el cerebro atestado de cerveza.
Aún así, como uno es permeable a muchas tendencias, principalmente si estas se nos presentan inofensivas y se piensa no vayan a transcender el ámbito de lo privado, hace unas semanas D. y yo nos propusimos establecer un ranking con los mejores diez discos de la historia, a juicio de cada uno, claro.
Las pautas para conformar dicho decálogo que, como todo, también en asuntos de ocio, hay reglas que nos condicionan, eran las siguientes: habrían de ser discos de artistas extranjeros, es decir, nada de música en castellano; discos recopilatorios y discos en directo quedarían excluidos; y, como tercera y última pauta, todos los discos seleccionados deberíamos tenerlos en formato compacto.
El ejercicio tuvo su gracia. Gran parte de la tarea, se da cuenta uno, inconscientemente, se ha ido resolviendo con el paso de los años, y hay discos que, en cuanto te detienes a pensarlo, se imponen espontáneamente como recuerdos e imágenes que se habían dado por olvidadas.
Repasé todos los estantes de la habitación de estudio, uno por uno, compacto a compacto, hasta que tuve una preselección de unos dieciocho. Hecha esta, ajustar los diez resultó menos complicado de lo que había pensado, incluso ordenarlos de la primera a la décima posición. 
Una vez compartidas las selecciones, descartes incluidos, han llegado las conversaciones entorno a las mismas y la posibilidad de hacer otras nuevas con distintos condicionantes y objetivos. De entre todas, como le decía a D., hay una para la que no tendría que pensar demasiado: aquella que destacase los mejores discos en castellano; quizá para situar del segundo al décimo puesto sí que tendría que darle alguna vuelta, pero para reseñar el mejor disco en castellano, Camino Soria, de Gabinete Caligari, está, por distintos motivos, muy por delante de todos los demás; incluso, diría, de cualquier disco, nacional o extranjero.     

domingo, 16 de agosto de 2015

El cambio de estación.

Si bien a este verano impasible aún le quedan unas cuantas semanas de calor, para aquellos a quienes el otoño se nos ha figurado siempre como la estación del año más estimulante, agosto, más que la cima del verano, es en cierta manera un peldaño de bajada, la antesala de septiembre, el arranque de la estación, que sobre todo en los mediodías y noches de bochorno estival, más se extraña.
Serían decenas los compactos en los que podría detenerme como propios de esta época, y he pensado durante un momento en muchos de ellos, pero, no sé por qué, finalmente me he decidido por dos que compré el diecisiete de agosto de dos mil tres; uno, un recopilatorio de Nick Drake, del cual había leído una reseña en un suplemento cultural, y otro, The Queen is dead, de The Smiths; ambos destinados a ambientar, no sé si intencionadamente o no, los preparativos del viaje a Londres que, en compañía de parte de mis amigos más cercanos, tenía planeado para finales de octubre de ese mismo año.
Eran aquellas semanas, momentos también de pérdida e incertidumbre.
Aquél día libré. M. y B., de vacaciones, me habían pedido el favor de que me acercase un par de veces por semana a su casa para regarles las plantas. Ella, siempre tan detallista, en agradecimiento, el primer día que fui me encontré con que me había dejado un par de tarjetas de regalo de Fnac.
Aquel día aproveché la libranza para gastar una de las dos tarjetas en la compra de estos compactos.
El disco recopilatorio de Nick Drake, a quien luego he leído citado decenas de veces como referente siempre de músicos que me cargan por su impostura y apatía, realmente no me desagradó. Era suave, tristón y reflexivo; pero no pasó de aquellas semanas. Si echo mano de él, tan sólo con ver su portada y las fotos de su libreto, como ya en su momento citaba, en aquel verano de dos mil tres, no hay sentimientos que se impongan tanto como “la nostalgia, el desánimo y la insatisfacción.”
Echar mano de la opinión del redactor de algún suplemento cultural o de alguna revista musical a la hora de comprar un compacto ha sido algo que he llevado a cabo no siempre con mucho acierto, si bien, el disco de Nick Drake, por más que apenas sienta deseos de escucharlo una o dos veces al año, no entraría dentro de los primeros puestos de torpezas cometidas en este sentido.
The Queen is dead, en cambio, sí que es un disco al que vuelvo con asiduidad, especialmente a finales del verano y a comienzos del otoño. Este compacto hace mala la teoría que da por supuesto que comenzar un disco con un tema potente y atrayente es definitivo. De las diez canciones que lo componen, quizá la primera, un desconcertante engrudo sonoro, sea la única que no esté a nivel. El resto, una a una, resultan canciones fantásticas, cada una resuelta como esas secuencias en las películas de acción en las que el protagonista saca adelante con agilidad y determinación las situaciones comprometidas que se le van presentando. De Frankly, Mr Shankly, pasando por Cemetry gates – con las citas a Yeats, Keats y Wilde-, a Some girls are bigger than others, la canción que cierra el disco, cuyo título no admite réplica, el disco de The Smiths se mantiene siempre, escucha tras escucha, año tras año, como la promesa entusiasta de un otoño mejor.


Way to blue & The Queen is dead, 17 de agosto de 2003.

domingo, 5 de julio de 2015

La afición compartida.

Hay aficiones que, compartidas, resultan siempre de más gancho y atractivo. D., para esta del coleccionismo de compactos, ha sido siempre el amigo más constante y entusiasta.
Las circunstancias de nuestra afición en estas casi dos décadas, claro, han ido variando, aparte del recorrido que en función del progresivo cierre de locales nos hemos visto obligados a ir ajustando, principalmente, a un nivel presupuestario; desde los tiempos de estudiantes, cuando el dinero empleado en la compra de algún compacto lo administrábamos con la previsión que ha de tener un naufrago con sus últimas reservas de agua potable, a momentos en los que con unos ingresos más estables, el presupuesto destinado a la compra de música, sin excesos, nos ha permitido tantear géneros y artistas con más soltura.
Solemos acordar la cita de una semana para otra. D., una vez concretado el día, suele añadir: “Tengo X euros guardados sólo para compactos…” Y enumera a continuación un par de ellos que tiene intención de comprar, lo cual genera siempre cierta expectación.
Llegado el día, que suele darse después de la jornada laboral de ambos, concretamos el lugar de la cita, que salvo rara ocasión nos suele encontrar, caída la tarde, junto a la tienda Yunke de la calle Hileras.
Si por algún motivo uno de los dos se retrasa, el otro suele esperar en la sidrería de enfrente. No se trata de plantar la caña cuanto antes con la intención de hacerse primero con la mejor pieza, se trata principalmente de ir pescando a la par, unas veces sugiriendo, otras alabando y, las más, bromeando y cuestionando las decisiones del otro, lo cual es también parte importante del momento.
Fondeado Yunke hay ocasiones en que nos acercamos a Metralleta o a algún otro de los pocos locales cercanos, más por salpimentar un poco el recorrido que por un interés específico; en todo caso, Fnac, lo dejamos siempre como postre, pensando en la posibilidad de que los platos principales, por frugales, nos hubiesen dejado aún con apetito.
Recorrida la segunda planta de los grandes almacenes, donde las opciones de sorpresa son pocas, si acaso alguna oferta imprevista, lo natural es que, entre un sitio y otro, cada uno cargue con tres o cuatro compactos y quizá algún libro o DVD.
El botín lo revisamos en algún bar cercano, si se tiene especial interés desprecintamos alguno y echamos un vistazo a su libreto. Pasarán días hasta que del mismo se pueda hacer una escucha detenida, lo cual, en realidad, si se plantea, poco nos importa. Apuramos las cervezas y continuamos la noche.

domingo, 14 de junio de 2015

La capilla de San Isidro en San Andrés como un pastel flameante.

Aquella tarde de junio salí de casa con la intención de dedicar un par de horas, antes de la celebración del veintitrés cumpleaños de G., al repaso in situ de algunas pinturas y edificios del barroco madrileño, de los que a la semana siguiente me examinaba.
Llegué al Prado, como tantas otras veces, caminando desde la estación de Atocha, bordeando el Jardín Botánico. Además de recorrer las salas donde entonces colgaban las pinturas del diecisiete español, tuve tiempo, dentro de ese afán completivo que debo padecer para casi todo, de visitar una exposición que aquellos días estaba a punto de clausurarse sobre el gótico en Cataluña, poca cosa.
Aún era media tarde cuando salí del Prado. Dada la hora y el recién estrenado calor, apenas había gente por las calles del centro de Madrid. Tomando la Gran Vía llegué hasta San Antonio de los Alemanes, donde se oficiaba misa para no más de media docena de fieles. Me senté en uno de los bancos posteriores y permanecí atento a las pinturas de la iglesia y a la ceremonia todo el tiempo que tardé en repasar mentalmente las notas que del edificio llevaba memorizadas.
A un par de manzanas había visto que se situaba la iglesia de San Plácido, pero por más vueltas que le dediqué, en la dirección que llevaba apuntada, no encontré nada, y desistí. Me acerqué entonces a Doctor CD, una tienda de discos abierta en la calle de la Luna, de las primeras en echar el cierre cuando el sector comenzó a venirse abajo. El atractivo que tenía entonces, en mil novecientos noventa y siete, era principalmente que ofrecía los últimos lanzamientos discográficos a un precio levemente inferior al que se ofertaba, por ejemplo, en Fnac; mucho antes de que Yunque se especializase también en dicho producto.
En uno de sus paneles encontré el último disco de Paul McCartney, Flaming pie, del cual había escuchado radiar una canción que sonaba fantástica, Young boy.  
Compré el disco y continué paseando por la plaza de Santo Domingo, tan inhóspita y desangelada entonces como ahora.
Pasadas las siete dí con la capilla de San Isidro en San Andrés, sólida e imponente. En más de una ocasión, bordeándola o de soslayo, me había detenido a observar el monumental cubo de ladrillo y granito, pero nunca había visitado su interior. Después de esperar unos minutos a que los invitados de una boda fuesen abandonando su atrio, entré. Ciertamente, el interior, no sé por qué, quizá por la comparación que pudiera hacerse con los frescos de la iglesia de San Antonio de los Alemanes, me decepcionó.
Hace unos días volví a pasar junto a ella, desde aquel siete de junio de mil novecientos noventa y siete habrán sido cientos las veces que lo haya hecho, pero hace unos días, como casi siempre que reparo con detenimiento en el monumental edificio, no hay otra cosa que venga a mi memoria con mayor rapidez y precisión que aquel disco de Paul McCartney, Flaming pie.

Flaming pie, 7 de junio de 1997.

sábado, 16 de mayo de 2015

Yunke.

De todas las tiendas de compra y venta de discos que se abrían hace años en el centro de Madrid, localizadas muchas de ellas en las calles próximas a la del Arenal, Yunke, en la de las Hileras, es de las pocas que permanece con cierto ajetreo y atractivo.
Actualmente, el espacio que ocupa la exposición de compactos no es mucho, un par de murales y una docena de cajones, que en total deben dar cabida a no más de mil unidades, pero siempre con mucha rotación y a precios, especialmente para los últimos lanzamientos, que se exponen en los citados murales, imbatibles, si se comparan con los que se promocionan en los grandes almacenes cercanos.
Tiempo atrás, aparte de este espacio, todos los cajones situados en el centro de la tienda, los que generan un pasillo rectangular alrededor del perímetro del local, contenían también miles de compactos; ahora no, desde hace un par de años, esos cajones centrales dan cabida en cifra parecida a películas en formato DVD, de todo género y categoría.
Para aquellos a los que la pasión por el compacto sigue intacta, a pesar de dicha reducción, el interés por la oferta del local sigue siendo el mismo, sino mayor; centrándose cada vez más en la venta de últimos lanzamientos y cribando con cierto criterio las series medias, puede echarse un vistazo con una regularidad semanal sin que las posibilidades de pasar por caja sean menores.
Serán más de cien los compactos que en Yunke haya comprado. Por traer hoy uno a este blog, el primero que me viene a la memoria, sin necesidad de forzar el recuerdo, es el Breathe, del grupo islandés Leaves, del que entonces, el tres de octubre de dos mil siete, cuando lo compré, no conocía absolutamente nada.
Unos días antes, con la vista puesta en el nacimiento de O. y la necesidad de un tiempo de respiro, dada la posibilidad de cobrar durante unos meses la prestación por desempleo, había decidido dar por finalizado mi contrato con la empresa deportiva alemana a la que durante un año de manera insatisfactoria había estado vinculado. Se aventuraba, por lo tanto, una temporada de incertidumbre y contención.
De un día para otro, desatado del teléfono y de otras obligaciones laborales, la asfixiante rutina anterior se había quedado deshilvanada a la espera de que nuevos hábitos se decidiesen a componer una nueva. Cada pequeño detalle, cada hora, sin especial énfasis, resultaba entonces más reconfortante que cualquiera de los que se habían dado durante los meses previos.
La compra de un compacto del que no se tuviera noción alguna era parte de la predisposición del momento. Recuerdo que aquel tres de octubre de dos mil siete estuve en Yunque al mediodía, antes de que el cielo se encapotase y lloviese con insistencia el resto del día. Revolví durante un buen rato en los cajones centrales, entonces aún repletos de compactos, y di con el de Leaves, cuya portada, imprecisa, en tono sepia, evocaba todo lo que el otoño, esperaba, me pudiese ofrecer. Pensé que quizá se trataba de un grupo de gusto jazz, pausado y ameno, no sé por qué; y me hice con él.

Breathe, 3 de octubre de 2007.

domingo, 19 de abril de 2015

Cuerpo de ola.

Unos días después, el doce de abril de dos mil, ya establecido en la habitación compartida del piso de la calle Segovia, compré el que habría de ser primer compacto de aquella nueva etapa: En concierto, de Hilario Camacho.
No lo hice en la tienda a la que me refería en la entrada anterior, pero sí en el mismo centro comercial, en la sección de discos del supermercado que se abría en la planta baja del mismo.
Este compacto, pensado con detenimiento, como otros muchos de imprevistos vértices, guarda consigo el recuerdo de tres momentos bien espaciados.
El primero, tomado de la primavera de mil novecientos noventa y siete, me tiene sentado al escritorio de la habitación que ocupaba en la casa familiar, afanado en las tareas universitarias del momento, tan pendiente de estas como de la música que el pequeño radiocasete, lejos de la magnificencia de la cadena musical que permanecía emplazada en el salón, sintonizaba. Entonces escuché por primera vez Oye, niña; una canción que anduvo rondándome un tiempo con agrado, si bien no lo suficiente como para que me tomase en serio la compra del compacto que la contenía.
Tres años después, relegado a los estantes de las series medias que tantas inesperadas alegrías suelen presentar, di con él, en el citado supermercado, a un precio innegociable. Recuerdo escucharlo entonces en el salón de la casa recién estrenada, donde uno de los compañeros de piso había colocado un pequeño equipo de música, que funcionaba con la desesperante irregularidad que sólo tienen los cacharros viejos y descuidados, sentado en uno de sus sofás, a tono con la quiebra del aparato eléctrico, mirando por los ventanales, pensando en las posibilidades y contrariedades a las que se prestaban aquellos nuevos días.
En concierto, de Hilario Camacho, el único que del cantautor madrileño he comprado, no ha sido nunca un compacto que haya escuchado con asiduidad. Aún así, por encima de otros, en la memoria mantengo perfilado el momento en que leí que Hilario Camacho se había suicidado. Fue en una revista musical, en el arranque del otoño de dos mil seis, mientras caminaba por la calle Delicias. En el mismo, que aún debo conservar archivado, aparte de unas breves líneas alrededor de la obra del músico, al hilo de una nota que había dejado junto a sí, se ponía cierto interés en las razones que parecían haberle llevado al suicidio.
Después de su muerte, de igual modo que se hace al releer una novela de Agatha Christie, atento a cada uno de los pasos de sus personajes, buscando comprensión al desenlace que ya conocemos, condicionado por su suicidio, así he vuelto desde entonces siempre al disco de Hilario Camacho, buscando algún indicio del desenlace. Lo cual, por más que uno se empeñe, no tiene especial sentido.

viernes, 27 de marzo de 2015

Todavía es tarde.

Cenizas en el aire, el cuarto disco en solitario de Ariel Rot, el segundo de su etapa posterior a Los Rodríguez, llegó el veintisiete de marzo de dos mil. Hoy se cumplen, por lo tanto, quince años.
Trabajaba entonces para una empresa conocida y dedicada principalmente a la comercialización de máquinas tragaperras, como encargado de uno de lo que ellos mismos denominaban “centros de ocio”, una rama del negocio centrada en la explotación de establecimientos para el entretenimiento familiar, a medio camino entre el local de máquinas recreativas y la caseta de feria.
El mismo se abría dentro del único centro comercial de un desangelado barrio del sureste madrileño, que aparte de un edificio de gobierno regional, no presentaba entonces más espacios de interés ni atención.
Dicho centro comercial, articulado alrededor de un amplio supermercado que ocupaba la planta baja casi en su totalidad, albergaba también decenas de locales de marcas de moda, entonces en pleno despunte, restaurantes, salas de cine y algunos otros negocios varios, de corte más barrial. Entre estos últimos, la tienda de discos que todo centro comercial bien surtido, a comienzos de siglo, presentaba. Un espacio de no más de treinta metros cuadrados, pero bien provisto y atendido. En él, durante el tiempo que estuve trabajando en dicho “centro de ocio”, encontré y compré numerosos compactos. Entre ellos, este Cenizas en el aire de Ariel Rot, un LP especialmente significado.
Al día siguiente de hacerme con él, mientras me afeitaba, viviendo aún en la casa de mis padres, con la misma naturalidad que en las ramas de los árboles brotan hojas nuevas en primavera, la idea de emanciparme del que hasta entonces había sido mi único hogar, se me presentó ineludible y clara.
Los pasos posteriores se sucedieron con la determinación y soltura con que deberían afrontarse siempre todas las intenciones de las que uno está francamente convencido.
En un par de días, el viernes de esa misma semana, había dado con una habitación en un piso compartido, que ocuparía con gusto durante más de cuatro años.
Cenizas en el aire, sin pretenderlo, y particularmente canciones como Hasta perder la cuenta y Dos de corazones, se convertirían en el soniquete indiscutible de aquellos días, un momento, como todos los arranques de etapas que intuimos rebosantes, animoso y grato.

Cenizas en el aire, 27 de marzo de 2000.

sábado, 21 de marzo de 2015

Las ramas.

De los diez primeros compactos que compré, espaciados según presupuesto, nueve fueron de los Rolling. De ellos, como de algunos otros, aparte del tronco que conforman los discos oficiales del grupo, tanto de estudio como directos, movido por un perseverante e incontrolable afán completivo, otras ramificaciones, carreras en solitario y demás rarezas, sin saber muy bien cómo, también se han convertido en prioridad. Unas veces más acertadamente, y otras, como es el caso, menos.
En la significada fecha del quince de junio de mil novecientos noventa y siete, nuevamente apresado dentro del irremisible y tedioso periodo evaluativo, decidí ventilar un poco la tarde dominical subiendo a Madrid.
Hacía calor, demasiado para la camisa de manga larga que vestía. Durante un buen rato anduve recorriendo los estantes de FNAC sin terminar de decidirme por nada. En la cabeza no llevaba intención fija. Tanteaba de un lado para otro, pero sin convencimiento claro. Que finalmente me decidiese por uno de Dylan, Blonde on blonde, de quien en formato compacto aún no tenía nada, se explica; que tomase también un directo de Keith Richards junto a los X-Pensive Winos, Live at The Hollywood Palladium, teniendo en cuenta que este no era más que la grabación de un concierto dado dentro de la gira de presentación del primer disco en solitario de aquel, que, en realidad, comprado tiempo atrás en formato cinta, tampoco me había apasionado, se explica menos.
Como se sugería en aquella película vista meses después, El chef enamorado, del mismo modo que debe cuidarse de los amores como del apetito, y no comer si no se siente necesidad, de igual manera, quizá, no se debería comprar música si no se tiene la apetencia clara.
Ya entonces, bajando por la Gran Vía camino del barrio de Salamanca, tenía clara la sequedad de las compras y de lo innecesario que había sido fijar la atención en el compacto de Keith Richards.
Ha pasado el tiempo y pocas veces le he dedicado un hueco a ese directo. Incluso hoy, movido por estas líneas, he vuelto a él y me he encontrado yendo, de canción en canción, en busca de aquellas que menos ásperas me resultan.
Si bien, en todo caso, más allá de apetencias, incluso empachado, asociar la compra de un compacto a una fecha significada, independientemente de lo que este posteriormente nos pudiera deparar, ha sido una práctica de la que el directo de Keith Richards, si bien entonces las expectativas eran otras, sólo fue el primer ejemplo. Hay radica, extrañamente, el aprecio que más allá de su contenido machacón y rasposo, a este compacto inesperadamente se le guarda.

Live at The Hollywood Palladium, 15 de junio de 1997.

sábado, 14 de marzo de 2015

El primer eslabón.

Sin apenas días de diferencia, a la vez que la cadena de música se hacía con un lugar principal en el salón de la casa paterna, compraba yo el primer compacto que poder reproducir en ella, un cinco de enero de mil novecientos noventa y dos, víspera de Reyes.
Entonces, incluso para adolescentes criados dentro de los límites de una ciudad dormitorio de la periferia sur madrileña, los lugares donde poder comprar música eran muchos.
Movidos por la revista B. I. D. (Boletín Informativo de Discoplay), densísimo catálogo musical editado por dicha cadena de tiendas, gratuito y de envío mensual, donde se referenciaban cientos de discos, novedades y series medias, todos ellos con la imagen individualizada de sus portada como principal atractivo (fundamentales para la confección y personalización de los dorsos de las cintas grabadas); en más de una ocasión habíamos visitado ya el local de dicha cadena que más cerca teníamos, en del centro comercial Sector 3 de Getafe.
El trayecto hasta allí no era cosa de poco, ya que, además de tener que desplazarnos en autobús de nuestra ciudad al centro de Getafe, luego, cruzando la carretera de Toledo, habíamos de caminar largo rato por el nuevo barrio donde se situaba el centro comercial.
Todos, cada uno de los cuatro que entonces emprendíamos aquellas excursiones musicales, teníamos claro cuál iba a ser la compra que llevásemos a cabo. Conocíamos, gracias al catálogo, el precio de la misma y, para evitar cargar con más dinero del necesario, aparte del que emplearíamos en la compra, sólo llevábamos para el trasporte y para la compra de algunas patatas y refrescos. Solíamos tomar estos sentados en un banco del Sector 3, ya en el trayecto de vuelta, mientras le echábamos un primer vistazo detenido al botín, tanto al propio como al ajeno.
Aquel cinco de enero de mil novecientos noventa y dos tenía claro que significativamente la compra del primer compacto, ese que me hacía sentir como recién ingresado en un club de importancia, habría de recaer en los Rolling (eso de “Los Stones” suena tan mal y sospechoso como referirse a Lorca como “Federico”); tenía entonces ya de ellos las suficientes casetes y con tanto gusto las escuchaba que dicha distinción no podía ir a parar a otros. El disco en que me había fijado en el catálogo, cuya portada me atraía por su composición y colorismo, era Their satanic majesties request.
Imagino que la primera vez que escuché aquel disco, del que antes tan sólo conocía una canción, debí quedarme con la misma expresión que tiene aquel al que se le interpela en un idioma desconocido; pero, igual que pensaríamos de un impreciso engrudo servido en un plato decorado con joyas y filigrana, el contenido era lo de menos, lo principal, y por lo que su escucha me hacía sentir exultante, era el envoltorio, en este caso, el formato, del que por primera vez podía disfrutar.

Their satanic majestic request, 5 de enero de 1992.

lunes, 2 de marzo de 2015

La cadena.

Todo tiene un principio. Y, del mismo modo que uno no compraría comida para gatos si no se cría en casa mascota alguna, aquel que no tiene reproductor Compact Disc, inútil resulta que se haga con una pila de compactos que complicado tiene donde reproducir.
De este modo, hasta que en los primerísimos días de mil novecientos noventa y dos mis padres no se decidieron a comprar un completo equipo de música, sólido y monumental como un mojón, aquello que todos conocíamos con el nombre de “cadena”, perfectamente encuadrada en un mueble acristalado, con tocadiscos, doble pletina y reproductor Compact Disc, la compra de CDs (“compactos”, que es la expresión que mejor parece sonar y que será la que de aquí en adelante con mayor frecuencia utilice) era sencillamente una inalcanzable sofisticación a la que muy pocos conocidos tenían acceso.
Hasta entonces, dado que tampoco de tocadiscos se había dispuesto, el formato casete, las prosaicas “cintas”, originales o bien grabadas, había sido el único soporte musical al alcance.
Con la aparición de la cadena de música en el panorama doméstico, las opciones, como en la mesa del trilero, encontraban dos nuevos soportes en los que poder fijarse, el “disco” (lo que ahora, por refinamiento, se ha generalizado con el nombre de “vinilo”) y el compacto.
Durante un tiempo, principalmente durante esos primeros años “encadenado” al aparato, olvidadas las cintas con la prontitud de un enfado infantil, en la compra de discos, en un momento en el que el formato agonizaba, empleé también buena parte de mis ahorros, quizá más por respeto al enfermo que por practicidad y gusto; pero fue el compacto, por distintos motivos, unos más arbitrarios que otros, punto este que en otro momento me detendré a valorar, el que poco a poco se fue haciendo con todo el protagonismo.
Los estantes de mi habitación, entonces de aquella primigenia casa paterna, y posteriormente de aquellas otras que con los años, en distintas circunstancias, he habitado; se han visto siempre en la infatigable obligación de contener la incesante entrada de nuevos compactos, obligándome con la misma urgencia a renovar disposición o a ampliar mobiliario.
Todos esos compactos tienen consigo, aparte claro de su libreto y contenido, una distinción y un sentido particular. Yo no sé si a similitud de lo que decía Galdós en relación a la novela que cada hombre lleva consigo, todos estos compactos, con sus circunstancias y evocaciones, pudieran también ser parte. En todo caso, si de una novela quizá no, de un par de líneas, incluso de bastantes, seguro.