martes, 30 de julio de 2019

El paraíso es el recuerdo.

Pocos placeres hay tan personales, tan complejos de explicar y tan imposibles de compartir como el que le acomete a uno cuando se decide a releer uno de sus viejos diarios. Habrá quien diga que estos ejercicios nostálgicos, al igual que la revisión de antiguos álbumes fotográficos, cartas, recortes y, en general, de todas “aquellas pequeñas cosas” de las que hablaba Serrat, no tienen sentido y son dejes romos e ilusorios de aquel que no encuentra en el presente más sustancia que en los días remotos de su pasado. Es esta, a mi parecer, una interpretación simplona y desacertada. Perfectamente se puede estar encandilado por las circunstancias actuales, incluso por las previsibles futuras -estas sí, sin duda, fabricadas de una inestabilidad y fantasía mucho más endeble que la interpretación más condescendiente de los días más anodinos del pasado-, y dejarse arrobar por el inexplicable encantamiento de la evocación de lo vivido.
Al releer las páginas de un diario, especialmente si este queda muy alejado del presente, uno no se idiotiza tanto como para pensar que al salir a la calle va a encontrar cada uno de los detalles que sus palabras le han hecho recordar, tal y como entonces estaban. Ni tan siquiera que las personas que en sus lineas se citaban sigan teniendo ese mismo día un protagonismo parecido, si es que desde hace ya mucho no quedaron en un segundo plano o desaparecieron interpretando variados mutis. Ni tampoco que las preocupaciones, las alegrías y los desvelos de entonces sean ahora los mismos. Ese chispazo nostálgico, como un eclipse, solo es cuestión de minutos, los que nuestra atención permanece sobre sus páginas. Y sirven, si es que en este caso hablar de finalidad como utilidad no es una tontería, si acaso, de distracción, y de alguna manera también como reajuste de aprecios, personales y coyunturales, para que, aunque el tiempo todo lo relativice, ese olvido, que finalmente es el componente principal del medicamento, conserve sus matices.       
Pero me estoy extendiendo más allá de las líneas habituales y toda estas consideraciones sobre la valía de las introspecciones diaristas vienen dadas por la relectura que estos últimos días he hecho de aquellos otros que algunos años atrás definieron el arranque del verano, esas semanas finales de junio y primeras de julio, que han supuesto siempre una fractura en las cadencias habituales. Con especial gusto he leído lo que escribí de aquel periodo en mil novecientos noventa y ocho, cuando, unido al socavón que propiciaba el arranque del verano aquel año se daba también la ruptura que anticipaba el final del ciclo universitario.
Una de aquellas tardes, la del domingo veintiocho de junio, estuve con M&M por el centro de Madrid, en el cine y tomando unas cervezas. Fue entonces cuando compré este compacto de Madredeus, el delicado O Paraíso.

O Paraíso, 28 de junio de 1998.

miércoles, 26 de junio de 2019

Música cotidiana.

Hace unos días estuve por segunda vez en Portland. La primera fue en dos mil doce, también a comienzos de junio. A pesar de haber visitado durante este tiempo otros lugares de Estados Unidos y de alguna manera haberse familiarizado uno más con el tono del país, la ciudad me sigue generando la misma indiferencia que entonces.
Antes de viajar, como es costumbre, eché un vistazo y apunté la dirección de alguna de sus tiendas de discos. Mucha de la oferta que recordaba, aún persistía.
Entonces, en dos mil doce, la primera mañana de estancia, sin compromiso laboral alguno, abocados por los trastornos horarios, la ocupamos en pasear por el centro de la ciudad. Donde más tiempo nos detuvimos los cuatro que íbamos fue en una tienda de discos llamada Everyday Music, tan grande como una cancha de baloncesto. No se trataba de emplear toda la mañana en ella, pero sí al menos de recorrer con atención el directorio de alguno de sus pasillos. De todo lo que compré, quizá el último disco en solitario de Robbie Robertson, supuse que sería el más complicado de encontrar en Madrid.  
Para el viaje de este año, sin apenas tiempo libre, tenía pensado en algún momento descolgarme del paso general y acercarme a Everyday Music. Encontré la oportunidad la tarde del miércoles. Antes de subir a la terraza del hotel, donde todos los días se culminaban las jornadas, pasé por mi habitación, me abrigué y salí a la calle como un fugitivo. Comenzaba a anochecer. El centro de la ciudad se había despoblado de turistas y transeúntes, y sus amplias aceras eran solo ocupadas por decenas de grupos de vagabundos que, como serenos en excedencia, se disponían a pasar la noche. La indigencia masiva en las calles de las ciudades americanas es un asunto que me sigue generando mucha extrañeza y desconfianza. Una sociedad que es incapaz de resolver estas circunstancias a la fuerza ha de ser una sociedad defectuosa. 
La disposición en cuadricula de sus calles y su sencilla nomenclatura numérica me condujeron pronto al local. Estaba casi vacío. Detrás del mostrador, que solo este ocupaba más metros cuadrados que la mayor parte de las tiendas madrileñas dedicadas a la venta de compactos, estaba atendido por una chica joven con la misma expresión de desconcierto que tienen los castores que se ven en las muchas representaciones que de estos animales hay en la ciudad. Tenía una hora por delante hasta que cerrasen el local… 
Es cierto que el viaje a los Estados Unidos es pesadísimo, que su control de aduanas resulta molesto y desconcertante, que sus reclamos turísticos, salvo los emplazamientos naturales, son forzados y secos, que su estilo de vida se intuye precocinado y hueco; todo esto lo tiene uno cada vez más claro, pero tiendas de compactos como las que allí se encuentran, de esto tampoco hay duda, uno no las ha visto en ningún otro lugar.

How to become clairvoyant, 5 de junio de 2012.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El ritmo lento.

Hay veces en que desde casa reparo en la cúpula del Palacio de Vistalegre, refulgente y un poco marciana en medio del general velo pardusco del barrio, y al pensamiento, como uno mismo desde los ventanales de la cocina, se asoma siempre el recuerdo de aquel concierto de Supertramp al que allí asistimos en la primavera de dos mil dos, dentro de la gira de presentación del que hasta ahora es su último álbum de estudio, Slow motion.
Este compacto lo compré el veintitrés de abril de aquel mismo dos mil dos, el día de mi santo. Llevaba trabajando en la zapatería de Las Rozas un par de semanas, y ese martes libraba. F. me telefoneó desde Preciados para leerme burlonamente un párrafo de la primera novela que Loquillo había editado. Un rato después nos encontramos allí. Aprovechando lo señalado de la jornada, los almacenes cercanos habían ribeteado la calle de tenderetes con lo más vistoso de su oferta editorial. En Fnac encontré este Slow Motion, un disco que escuchado ahora, sin ser un álbum aburrido, es a la carrera de Supertramp lo que la llegada de un viejo tren a una estación de provincias, un traquetear lento y apacible.
El concierto se celebró el sábado de aquella misma semana. Salvo D., que en uno de sus herméticos mutis, extrañamente había preferido no sacar la entrada, los que sí asistiríamos éramos bastantes. Supertramp, más quizá que ningún otro grupo, era el que en los últimos años de la década anterior más habíamos escuchado juntos. Raro era el día que J. en el Angie, sin necesidad de que se lo pidiésemos, al encontrarnos en el bar no pinchase alguna de sus canciones. 
Pero esa misma mañana la convocatoria para el concierto se vio inesperadamente reducida. Por un lado M., al que por motivos laborales le tocaba viajar de urgencia fuera de Madrid, se caía del plan, y por extensión también B., que verdaderamente solo venía por acompañarle. A estas ausencias, a punto de comenzar el concierto, en la pista, solo con G., se sumaba también la de su novio, I., que entre el desinterés y la inoperancia no era capaz de encontrar aparcamiento, y cuando dio con uno libre no supo dar con nosotros dentro del recinto. Así, G. estuvo más pendiente del teléfono móvil tratando de localizar a su novio que del concierto, y entre unas cosas y otras, con una desconcentración parecida, yo mismo.

Slow motion, 23 de abril de 2002.

viernes, 26 de abril de 2019

El dependiente que sabe asesorar de Música no lleva chaleco.

En un artículo aparecido en El País hace algunos años, cuyo título era algo así como “Conectados a Alta Fidelidad”, con el tono ameno y liviano que caracteriza estos apuntes periodísticos, se referían algunas de las pequeñas tiendas de discos que entonces aún permanecían abiertas en el centro de Madrid, sus particularidades y las de sus clientes: Escridiscos, Toni Martin, Rock and Roll Circus y Radio City.
Lo suyo hubiese sido que de igual manera que sucede con los bares, restaurantes, rincones turísticos y demás que en estos medios se destacan, convirtiéndose al instante en puntos de interés masificados, al fin de semana siguiente, que es cuando en las grandes ciudades la turba ociosa, como un ejército en campaña, está obligada a ponerse en marcha; esas cuatro tiendas de discos, aunque solo fuese por curiosidad, se hubiesen visto llenas de gente hasta los topes. Pero no, con las tiendas de discos, con el consumo de música en general, a diferencia del melómano convencido, el simple aficionado, que ya es norma y legión, por más que algún medio general escrito se lo sugiera, la compra de música y los locales que la promueven, los tienen por cosa de una inutilidad y arcaicismo absoluto.
Toni Martin cerró en dos mil dieciséis, aunque el local sigue dedicado a la venta de música de una manera, a mi parecer, más ligera y aséptica. El neón que antes lo señalaba fue con el cambio de propietarios sustituido por la ilustración colorida y festiva de Janis Joplin, que da nombre al negocio actual.
La pérdida de rentabilidad de Toni Martin debió ser inevitable y progresiva. Es cierto que el local no se situaba en una de las zonas de mayor tránsito del centro, ni tampoco que los precios de sus compactos fuesen especialmente asequibles, pero el catálogo y la atención que el dueño ofrecía, compensaban sobradamente.
Mediado agosto de dos mil diez, una tarde en que andaba rondando por el barrio de Argüelles a la espera de que comenzase la sesión en los cines cercanos, entré en Toni Martin. La contención económica había llegado a tal punto para el dueño del local que, dependiendo de por donde el cliente transitase, así iba él encendiendo y apagando luces. Al menos, tal ahorro energético, a diferencia del sofoco que horneaba las calles, mantenía la tienda fresca y sombreada. 
Aquella tarde, más por hábito que por fe en el posible resarcimiento del negocio, además de un compacto de Lucinda Williams, siguiendo las indicaciones del dueño, tomé también una cajita con cinco discos de Miles Davis de finales de los cincuenta, entre ellos este fenomenal ´Round about midnight.

´Round about midnight, 10 de agosto de 2010.

viernes, 22 de marzo de 2019

El Angie (y II).

La oferta de bares abiertos en Madrid en Nochebuena ha sido siempre muy pobre. A comienzos de dos mil dar con uno en el centro era casi imposible; si con suerte, después de mucho deambular se encontraba uno que, como en un sueño, se presentara franco y refulgente en medio de las sombras, la afluencia era tan discreta y las expectativas de prolongar la noche tan pocas, que lo mejor, nos convencíamos todos pronto, era tomarse una cerveza y recogernos cuanto antes. 
Aquella situación cambió para nosotros cuando J. decidió abrir el Angie en Nochebuena, en dos mil dos por primera vez. Una noche en la que, precisamente, al hilo de lo que se citaba en la entrada anterior, transcurridas un par de horas apareció la policía con tal o cual requisito, sin que, aún así, la noche tuviese que clausurarse antes de lo previsto. De aquella primera apertura de amparo, después de la reforma de los baños, en la pared que los precedía, junto a una docena de fotografías de otros clientes habituales, se reproducía también aquella que esa misma noche nos tomamos nosotros detrás de la barra, apiñados entorno a J., en el lado donde habitualmente él pinchaba. 
Después de dos mil dos, todas las Nochebuenas, pasada la medianoche, con la precisión y la determinación de las que solo son capaces las tradiciones, el Angie, para deleite de nuestro ocio navideño, abría infaliblemente sus puertas.
La compañía para esa cita, sujeta, claro, al devenir de apetencias, distancias y desencuentros, de un año para otro fue variando. Y de igual manera, la concurrencia del local, que unas veces se colmaba incómodamente y otras, la mayor parte, presentaba una ocupación familiar y distendida. 
En los últimos años, solo J. y yo mantuvimos el gusto y el apego por la cita. Su ceremonia era siempre la misma: llegábamos pasada la una, buscábamos un sitio junto a la esquina que enfilaba la escalera de bajada a los baños, y conversábamos durante horas, poniendo al día lo que habían sido las últimas semanas del otoño; siempre hasta que J. echaba el cierre y nos invitaba a tomarnos una última ronda a cuenta de la casa, abriendo entonces la conversación a todos aquellos que aún permaneciésemos dentro.
En algún momento de la noche también, a su ofrecimiento, le sugeríamos que pinchase esta o aquella canción. Anybody wanna take me home, de Ryan Adams, nunca faltaba, esa que, de vuelta a casa en taxi, quedaba siempre como soniquete de una Nochebuena más.

Love is hell, 21 de octubre de 2005.

domingo, 10 de febrero de 2019

El Angie (I).

A finales de enero cerró definitivamente el Angie. La noticia, de alguna manera, ya me la había anticipado un par de semanas antes J., la última noche que había estado allí. Lo hizo con su habitual cautela, a media voz, como si compartiese un secreto del que no se está muy convencido de participar a nadie. Se trataba principalmente, me decía, de una cuestión de rentabilidad. No porque el local hubiese dejado de dar dinero, no, sino porque las multas por la falta de licencia como bar de copas, aseguraba, les estaban amenazando, ahora sí, con cifras ante las que, llegado el momento, no podrían hacer frente. 
El asunto de la licencia, sabíamos, viene de lejos; en opinión de J., fruto de políticas municipales restrictivas y contradictorias que, a pesar de su deseo de adecuarse a la reglamentación pertinente, solo les habían cargado de amonestaciones y medias respuestas. Más de una vez, mientras charlábamos tomando una cerveza, habíamos sido partícipes de la misma escena: la Policía Municipal personándose en el bar y J., a la vez que interrumpía bruscamente la música, desempolvando un carpetón de documentos que manejaba ante la patrulla con resignación y la tranquilidad de quien se sabía con la intención de mantenerse en regla. Pero ha llegado un momento en que, incapaces de obtener la licencia definitiva, se convence, prefieren no arriesgarse a más sanciones y traspasar el local a quien quiera seguir explotándolo dentro de los límites que el permiso vigente concede.   
¿Qué puede decirse del cierre de un bar que se ha frecuentado más de la mitad de los años que uno ha vivido? Cuando al día siguiente de hablarlo con J. pensaba en la posibilidad de su traspaso, por inconcebible, imaginaba que, de alguna manera, como sucede en esas ficciones televisivas en que in extremis el protagonista gracias a una carambola imprevista logra sacar adelante sus intereses, el Angie seguiría abierto tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. Quizá por esa fantasía, cuando supe a través de un periódico digital, de su cierre definitivo, la pesadumbre ha sido un poco mayor.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.

Stripped, 13 de noviembre de 1995.

lunes, 14 de enero de 2019

Los síntomas.

Al poco de mudarme yo a Madrid, mis padres, una vez que les fueron entregadas las llaves de la nueva casa, mucho más espaciosa de lo que había sido aquella otra en la que siempre habíamos vivido, abandonaron también el modesto barrio de San Nicasio para trasladarse al colindante y recién urbanizado barrio de Campo de Tiro, de vecindario parecido, pero de aire más vistoso y desahogado.
Durante aquellos primeros meses y años las visitas al nuevo domicilio familiar solían tener una frecuencia semanal, poco importaba que el día de libranza se tuviese que emplear al completo allí o bien que, después de la jornada laboral, se hubiese de tomar un tren a última hora de la tarde para tan solo compartir el rato de la cena con ellos. Ahora, con el paso de los años, cuando las obligaciones laborales y domésticas son cada vez más y el tiempo de ocio, para convencernos de que se ha aprovechado al máximo, tratamos de calibrarlo con la minuciosidad de un relojero, es raro el mes en que las visitas al barrio de Campo de Tiro se dan en más de una ocasión.   
Ese ocho de abril de dos mil trece aproveché la libranza para pasar el día allí, en su casa, pero no fui directamente, sino que antes me detuve en Parquesur, entre otras tiendas, en Fnac, donde compré este compacto de Opeth, solo por el gancho de saberlo producido por Steven Wilson.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años. 
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.

Blackwater Park, 8 de abril de 2013.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Asignatura troncal (y II).

Era entonces todos los domingos costumbre, a la que uno salía a comprar el pan, detenerse en la plaza cercana y hacerse también con el periódico. Esa primera mañana dominical del mes de noviembre de mil novecientos noventa y siete, el cielo estaba nublado y llovía suavemente. En casa no había nadie, mis padres y mis hermanos pequeños estaban pasando el fin de semana en el pueblo y mi hermana B., que ya entonces tampoco acostumbraba a viajar con ellos, a mediodía había salido de casa con una de sus amigas.
Antes de comer hablé por teléfono con una de mis compañeras de la facultad, que andaba entonces en una de sus habituales disyuntivas emocionales; quedamos en vernos a las siete en la estación de Atocha, si es que antes no le surgía algún contratiempo producto de dichos jeroglíficos sentimentales. Transcurrieron las horas y no recibí su llamada cancelando la cita, por lo que, al poco de atardecer, salí de casa.   
Llegué a Atocha unos minutos antes de las siete. Había dejado de llover. Las calles estaban mojadas y sobre las aceras brillaban reflejados los faros de los autobuses que se detenían junto a la marquesina próxima. 
Ella no tardó en llegar, abrigada y sonriente. Hasta Fnac aprovechamos el descanso que la lluvia se había tomado para conversar y caminar sin prisa. Escuchaba con atención lo que me contaba, las claves de lo que a ella le parecía un complejo e inexplicable sistema de relaciones personales en las que, claro, cuando uno es sensible a la adulación, la tenían, invariablemente, triste y desconcertada. Trataba de opinar con cierta mesura, consciente también de que en toda aquella representación yo deseaba alcanzar un papel de mayor protagonismo, sin tomar posición tajante por nada ni por ninguno de los otros personajes concursantes. 
Llegamos a Fnac y cada uno tiro por su lado. De vez en cuando nos juntábamos y cada uno mostraba al otro los compactos que había seleccionado buscando una opinión que terminase de decidirnos, ya que, por mucha música que cargásemos, no disponíamos de presupuesto más que para comprar uno o dos.
Ella se quedó finalmente con un grandes éxitos de Eric Clapton y yo, haciendo caso a su juicio, con el primer disco de Dire Straits, el que para ella era un disco tan imprescindible y básico “como una asignatura troncal”.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Asignatura troncal (I).

Hace unos días debatíamos D., su amigo E. y yo cuál era a juicio de cada uno el mejor disco de Dire Straits. 
D. decía que salvo los dos últimos, Brothers in arms y On every street, que consideraba claramente por debajo de los cuatros anteriores, cualquiera de estos podía tomarse por sobresaliente, particularmente Making movies.
De manera parecida, E., que recientemente había comprado en vinilo Love over gold, argumentaba que hasta este mismo cuarto álbum, Dire Straits no había lanzado disco malo, pero que con Brother in arms, la música del grupo se vuelve más complaciente y aburrida.
Esa aversión por los dos últimos discos de estudio del grupo yo no la tengo, pero sí es verdad, como les dije, que si he de quedarme con un disco de Dire Straits, grupo del que frecuentemente lamento que tenga una discografía tan corta, ese sería su disco de debut, titulado de igual manera que el entonces cuarteto.
En uno de los volúmenes de su Salón de pasos perdidos trataba Trapiello de explicar la disyuntiva ante la que el diarista se encuentra siempre indeciso: o bien se vive o bien se escribe. Ni se puede escribir todo lo que se vive, porque se necesitaría otra vida, al menos, para escribir con detenimiento todo lo que se ha vivido; ni tampoco se puede vivir demasiado y sin pausa, porque entonces no se daría con un minuto de reflexión para llevar al papel todo aquello que se ha vivido. O, dicho de una manera más sentenciosa y restrictiva: quien mucho vive poco escribe; o, de igual manera, a la inversa, quien mucho escribe poco vive.
Sin embargo, claro, estas consideraciones que parecen dejar espacio solo para el blanco y el negro, lo normal es que, dependiendo de las épocas, se maticen y uno encuentre momentos tanto para lo uno como para lo otro.
Cuando se es estudiante, es verdad que la carga académica se lleva por delante gran parte del año, pero hay otra que, bien manejada y si las calificaciones acompañan, permite tanto vivir como escribir acerca de lo vivido; aquellos días en que compré este primer compacto de Dire Straits son ejemplo de ello.

Dire Straits, 2 de noviembre de 1997.

sábado, 20 de octubre de 2018

Planetario.

Llegamos a este barrio hace casi diez años. Fue D. quien, alentada por el deseo de vivir en un piso más amplio, preferiblemente en una urbanización equipada con piscina y otras instalaciones que facilitasen el entretenimiento de O., primero visitó el piso que se alquilaba en el tercero de uno de los bloques de esta. Quedó entonces convencida de que una casa así encajaría bien con nuestras necesidades. A los pocos días la visité yo, una mañana dominical de finales de marzo, sin decirle nada, por no generar expectativas que luego no pudiésemos asumir. El piso, claro, también a mí me gusto: espacioso, diáfano y nuevo. Y de igual manera, la urbanización: silenciosa y bien equipada. Unos días después gestionamos las condiciones del alquiler y a comienzos de mayo de dos mil nueve comenzamos a vivir en él. 
Durante casi cuatro años ocupamos dicho tercero, pero como la necesidad de cambio,  una vez satisfecha hay veces en que, de igual manera que los hierbajos que se arrancan por sanear el terrero, al poco encuentran brios nuevos; al comienzo de dos mil trece nos mudábamos del citado tercero al bajo de otro de los bloques de la misma urbanización; una casa, ciertamente, de condiciones mucho más atractivas. 
Nos lo alquilaban unos vecinos con los que habíamos tenido trato durante aquellos primeros cuatro años en la urbanización. Dado que meses atrás habían tenido un tercer hijo, su casa se les había quedado pequeña y se mudaban a una mayor en un barrio próximo.  
En cuanto a dimensiones, el tercero y el bajo, si bien sus distribuciones diferían notablemente, en metros cuadrados eran muy parecidos; lo que había instigado principalmente el deseo de D. era la terraza que se abría en el lateral de la casa que daba al interior de la urbanización. No más de quince metros, aunque ese espacio, recogido y sosegado, le daba a la casa un tono muy confortable.
Pero volviendo a nuestra llegada al barrio, en la primavera de dos mil nueve, pasaron unos días desde que nos instalamos y pusimos en orden todo lo mudado, hasta que pude encontrar hueco para comprar los primeros compactos. Fue el jueves catorce, una mañana lluviosa, en la tienda Daily Price de la estación de Atocha a la que ya en alguna otra entrada me he referido. No fui mucho más lejos. Allí, pacientemente, recorrí todos sus estantes y entre otros compactos, di con este de Crowed House, Time on Earth.

Time on Earth, 14 de mayo de 2009.

lunes, 3 de septiembre de 2018

El empacho digital.

Hace unos días leía un artículo que analizaba desde una perspectiva principalmente económica el crecimiento y la consolidación en los últimos años de las ventas a nivel mundial de música en formato vinilo (y en menor medida también en formato compacto), después de un par de décadas de caída y olvido. Uno de los motivos que se citaba para justificar dicho repunte era el creciente deseo del melómano de atesorar fisicamente aquel disco que puntualmente le ha generado afición. 
En las plataformas digitales, es verdad, uno puede acceder de forma sencilla e ilimitada a fondos colosales, inabarcables, pero ¿quién tiene capacidad de selección, atención y disfrute cuando lo que se le ofrecen son millones de platos, y apetito, cada poco, lo natural es que si se maneja con sentido solo se tenga para uno? La escucha en estas plataformas tiene una dinámica parecida a la de esos grupos de turistas que vemos en los museos recorrer apiñados y frenéticos una sala detrás de otra, deteniéndose delante de algunas obras puntuales y reconocidas no más de veinte segundos, en una carrera que solo busca alcanzar, se entiende, ese salvoconducto al que parece estar obligado cierto tipo de turismo; testimoniar que se tuvo contacto con tal o cual obra, aunque su contemplación se haya dado con la misma profundidad que recorriendo el museo en motocicleta. El Arte como la Música, de igual manera que otras materias artísticas, lo suyo es que se disfruten apartadas de la prisa y de la obligación.  
No es lo mismo decir que uno tiene acceso a toda la discografía de los Beatles en Spotify, por ejemplo, que decir que uno tiene toda la discografía de los Beatles en compacto o en vinilo. Estos formatos manifiestan un interés específico, un deseo de escucha y un reconocimiento del concepto de LP más allá de la descomposición de este en una docena canciones, insoslayable al diseño y a la información contenida en su carpeta; algo que las plataformas digitales, incapaces de resolver de manera vistosa, dan por irrelevante.
Cierto que, por otro lado, las ventajas de las plataformas digitales, con su ingente y torrencial biblioteca, también son algunas. Entre las que pueden resultar más provechosas está aquella que te permite escuchar discos que raramente se encuentran en los estantes de las tiendas, descatalogados, rarezas o, sencillamente, discos olvidados, de escasa circulación, que se desconocían y cuyas referencias nos llegan de una u otra manera. 
Estos suelo descargarlos en la biblioteca de la aplicación y los escucho y conservo a la espera de que, como hace el prestidigitador materializando lo que se le antoja bajo su chistera, de algún modo, el compacto, de manera física y definitiva, aparezca.
Así sucedió con este de The Waterboys, An Appointment with Mr. Yeats, complicado de encontrar al poco de haber sido lanzado en España, lo tuve en la biblioteca de Spotify desde el otoño de dos mil quince hasta casi dos años después, cuando, no sé de qué manera, F. lo encontró en Londres y, con su habitual atención, me lo envió.

An Appointment with Mr. Yeats, 9 de mayo de 2017.

martes, 31 de julio de 2018

El soniquete del día.

Hay diccionarios que definen el término “soniquete” como sonido continuado, de índole mecánico y marcadamente molesto. Otros, como el de la RAE, le otorgan una acepción más amable, definiéndolo como son, con toda la musicalidad que esta expresión sugiere, que se percibe poco, como un eco envolvente.
Esta última acepción es la que, imagino, ha de emplearse si se piensa en la canción que al final del día, cuando uno se encuentra a punto de caer vencido por el sueño, inconscientemente, se repite en nuestra memoria como una letanía susurrante. 
Durante el día se pueden haber escuchado cientos de canciones, pero resulta curioso e inexplicable como, cuando uno tiene la cabeza apoyada sobre la almohada, la que hace las veces de canción de cuna, antes de entrar en los abismos del sueño, es solo una. 
Hace años, cuando los días permitían un mayor detallismo, solía reparar y apuntar siempre la canción que se imponía como “soniquete del día”. Era un ejercicio, en muchos casos, ciertamente sorpresivo. 
De un tiempo a esta parte, tal atención, bien por el insostenible cansancio que anticipa la llegada del sueño, sin tiempo siquiera para girarnos en la cama, bien por la insistencia de los hechos diarios, empeñados en arrastrarnos al pragmatismo más secular; tal atención, decía, ha ido con los años perdiendo relevancia.
Ayer, en todo caso, dado que estos días me encuentro más descansado que de costumbre, el “soniquete del día” surgió de nuevo, inesperado, perceptible e insistente, amenizando los últimos instantes de vigilia. Y este no era otro que Long road to ruin, la canción de los Foo Fighters que aparecía en su disco Echoes, Silence, Patience & Grace y que ayer durante la tarde había escuchado.  
Este compacto lo compré a finales del verano de dos mil doce, el once de septiembre. El curso escolar había comenzado un día antes y aquel año, de igual manera que el anterior, nos turnábamos con unos vecinos de la urbanización, cuyo hijo era compañero de clase de O., en las idas y venidas al colegio. 
Aquella mañana de libranza había aprovechado para comprar unos discos en Fnac, entre ellos este de los Foo Fighters, poco antes de que al mediodía tuviese que recoger a O. y a J. del colegio. 
La vuelta a clase y el intenso calor les traían revolucionados. J. no hacía otra cosa que ir detrás de O. para darle un beso diciendo que quería casarse con ella. Al preguntarle el motivo respondía que porque era la más guapa de clase… Al menos, entre carrera y carrera, la vuelta a casa se nos hizo más rápida y menos tediosa de lo que se presumía.

Echoes, Silence, Patience & Grace, 11 de septiembre de 2012.

domingo, 8 de julio de 2018

El cartel y la tradición.

Hace unas semanas se celebró una nueva edición del Azkena. La primera vez que asistimos los cuatro al festival fue en dos mil doce, cuando el cartel aún se extendía con una oferta más exigente de jueves a sábado. La cita, con el transcurso de los años, se ha convertido en uno de esos hábitos regulares que dan al arranque del verano mayor impulso y atractivo.
Aquel primero, igual que este, F. se pasó por casa a eso de las diez. Recogimos luego a D. en Sanchinarro y emprendimos los tres, a contrapelo del ajetreo madrileño, viaje hacía Vitoria. Aquel dos mil doce, J., que trabajaba ese mismo jueves catorce de junio, llegaría al festival un día después, en tren desde Madrid. 
De camino, como también hemos vuelto costumbre, paramos en La Milagros para almorzar un pincho de tortilla y unos torreznos. En la carretera apenas había tráfico y los campos brillaban soleados. 
Para aquella primera edición el alojamiento lo teníamos en la misma pensión donde el año anterior había estado D., un negocio familiar de habitaciones estrechas, discretas y enmoquetadas, que salvo por el precio, no ofrecía encanto alguno. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano, las maletas en el hotel y nos encaminamos hacia el centro de Vitoria. Picoteamos aquí y allá, y a media tarde nos dirigimos hacia el recinto de Mendizabala, caminando por una avenida arbolada y señorial.
Ya solo el cartel de aquel jueves superaría en variedad e interés al de muchas otras ediciones al completo: Blue Öyster Cult, Twisted Sister, Status Quo, Graveyard… Anduvimos por el recinto hasta bien entrada la noche, de un concierto a otro, o detenidos delante de los puestos de comida o de merchandising, a tono con el tipo medio de asistente, que no era otro que el de hombre próximo a los cuarenta, vestido de negro, tranquilo y ensimismado por la música.
A la mañana siguiente cada uno se fue levantando según le pareció. J. llegó a media mañana. Nos encontramos con él en la Plaza de la Virgen Blanca, donde viernes y sábado se celebraban también conciertos. 
Dada la fecha, D., en cuanto tuvo ocasión, lo primero que hizo fue regalarme este compacto de los Flying Colors, de quienes yo no había escuchado nada y del que él me había hablado unos días atrás. Lo guardé, no recuerdo junto a qué otro detalle, y continuamos la marcha pausada y festiva hasta que nos sentamos para comer en el Matxete, inaugurando de esta manera una ceremonia que también hemos convertido en tradición.

Flying Colors, 15 de junio de 2012.

viernes, 8 de junio de 2018

El mismo paso.

Hace unas cuantas entradas hablaba de uno de los muchos discos comprados en la calle Tallers, uno de los lugares donde mejor oferta ha encontrado uno nunca. Después de dos años, esta semana he vuelto a recorrer las tiendas de discos de esta calle barcelonesa. Algunos negocios donde tiempo atrás la afluencia era mucha han cerrado, y los que se mantienen abiertos lo hacen sin aglomeraciones de clientes y asfixiados por locales dedicados principalmente a atender la demanda consumista de los miles de turistas que atestan la ciudad.
Hojeando los estantes de Revolver, pensaba en la primera vez que vine a Barcelona trabajando en la misma empresa para la que hoy trabajo, diez años atrás, de igual manera que esta semana, poco antes de que el verano llegase.
Fue un lunes 9 de junio de dos mil ocho. Aún apenas conocía a nadie de la empresa, ni tan siquiera a A., con quien aquella primera reunión en Barcelona, sabía, compartía habitación. 
Llegué pronto a la estación de Sants y desde allí tomé un taxi hasta el hotel, próximo al emplazamiento que entonces tenían las oficinas, cerca del aeropuerto. Era primera hora de la tarde. A. todavía no había llegado. Recuerdo encender la televisión de la habitación y ver que estaban dando un partido de fútbol. La Eurocopa de Austria y Suiza había arrancado unos días antes. 
Sin mucho más que hacer cogí otro taxi, y regresé al centro de la ciudad, directamente a la Plaza de Cataluña. Sin prisas, con esa sensación que tanto reconforta de salirse de la rutina y emplear el tiempo en lo que realmente a uno le interesa, recorrí algunas tiendas de la Calle Tallers.
Compré solo dos compactos, quizá apabullado de tanta oferta, uno de ellos este de Elton John, movido seguramente por conocer al completo el LP que contiene una canción tan fantástica como Someone saved my life tonight.
Guardé la compra en el bolsillo de aquella chaquetilla verde que durante los primeros meses de trabajo en esta empresa tanto vestí, y me encaminé a Las Ramblas. En un bar, donde televisaban un nuevo partido de fútbol, me senté y esperé a que alguno de los compañeros de trabajo me telefonease para decirme dónde nos encontraríamos.
Lo mejor de esas citas laborales, igual entonces que diez años después, habiendo recorrido alguna de las tiendas de discos de Barcelona, ya se había dado.

Captain Fantastic and The Brown Dirt Cowboy, 9 de junio de 2008. 

lunes, 14 de mayo de 2018

Las que eran últimas palabras...

Hacía ya tiempo que quería detenerme en este disco, Famous last words, de Supertramp, cuya portada, como algunas otras del grupo, gusta por ser capaz de captar con viveza y finura escenas que se presentan inquietantes y contradictorias.
Podría haberme detenido en él tiempo atrás, pero he preferido, buscando también esa misma acrobacia que práctica el funámbulo de la portada, hacerlo justo hoy, cuando se cumplen veinte años de su compra.
La primavera de mil novecientos noventa y ocho fue aquella en la que los estudios universitarios, de manera general, o al menos como desde su arranque los habíamos vivido, llegaban a su fin. 
Pensados ahora, no sucede con aquellos meses como con todo aquello que a punto de concluir, recordado tiempo después, se mira con cierta nostalgia: los meses de la primavera de mil novecientos noventa y ocho, consciente de la inminente pérdida, se vivían ya entonces ensombrecidos por un tono de incertidumbre y aflicción. 
Quizá esa sombra explique el ansia con el que se trataban de aprovechar entonces los días y que para cada uno de ellos hubiese siempre pretexto y compañía.
Las citas de aquella semana del catorce de mayo, que era jueves, arrancaron el lunes con L. y M. en un local cercano a la Calle Mayor, que hoy siempre está colmado de turistas, y que entonces, un lunes laborable y lluvioso, apenas tenía clientela. Ese deseo de prolongar la relación surgida con la carrera parecía preocupar a todos; incluso L., que había llegado al grupo relativamente tarde, buscando cerrar una continuidad más allá del final de las clases, proponía con más deseo que determinación viajes y otras citas para los meses de verano. 
Al día siguiente, el martes doce, sin especial gusto por aguantar en las aulas de la facultad, mediada la tarde, G., D. y yo nos acercamos a la Torre de los Lujanes, cuyas conferencias pugnaban en tedio a cualquiera de nuestras clases universitarias, pero que, por falta de obligación, permitían una distracción mayor. D. se marchó terminada la conferencia, y G. y yo anduvimos por las calles del centro hasta la madrugada, hablando, claro, en ese tono de confianza y comprensión que solo puede darse entre amigos, no de lo que iban a ser las semanas próximas, sino de lo que estaban siendo aquellos días primaverales.
El jueves catorce, que fue cuando compré este Famous last words -en una tienda de Moncloa en la que apenas me he detenido un par de veces más-, estuve en uno de los cines de Martín de los Heros con M., esa chica risueña que vivía en un pueblo de la sierra que a todos nos parecía tan lejano como el escenario de una novela de aventuras, viendo La dama de Shanghai. Aquella noche no nos extendimos gran cosa teniendo M. que tomar un autobús que la llevase de vuelta a su pueblo serrano; pero sí, ya con otros compañeros de la facultad, la siguiente, la del viernes quince, y otras muchas que durante semanas se fueron sucediendo… 
Famous last words, dado el interés que tenía ya antes de su lanzamiento Roger Hodgson por dejar el quinteto, es un compacto apropiado para acompañar números de cierre, tiene ese tono de acto final que tan bien encaja con los momentos, como aquella primavera de mil novecientos noventa y ocho, en los que las circunstancias le obligan a uno a ir echando el telón e ir pensando cuanto antes en la puesta en marcha de una nueva función.

Famous last words, 14 de mayo de 1998.

viernes, 20 de abril de 2018

La Banda del Puño.

Hay compactos que se compran, se dejan en posición horizontal sobre la estantería donde se ordenan los demás, son pasados a formato digital -raro es aquel que no-, y después de semanas e incluso meses, sin apenas escuchas, se acomodan finalmente junto al resto a la espera de que por algún imprevisto motivo en el futuro sean tratados con una atención mayor. A veces dicha atención surge, pero otras muchas no.
Recién llegada la primavera de dos mil once, el miércoles seis de abril subí a Fnac con la intención de comprar el disco recién lanzado del genial Sergio Makaroff. Y como suele suceder en estas ocasiones, donde a uno la compra de un solitario compacto siempre le parece poco, tomé el del músico argentino y también, sin mucho convencimiento, animado por la dupla que se ofrecía a tan bajo precio, otro en el que se incluían los dos primeros álbumes de estudio de The Band.
Pasaron los primeros días y los discos del grupo americano apenas los escuché. Venció luego también el plazo de varias semanas que lleva a todos los compactos de la posición horizontal de arranque hasta el ordenamiento alfabético vertical, regular y definitivo, y Music from the Big Pink y The Band cayeron en el olvido con el endeble compromiso, tanto bueno había escuchado de ellos, de prestarles en el futuro la atención debida, la cual, inesperadamente, no ha llegado hasta hace poco.
A comienzos de este año, en la librería de la calle Príncipe, donde la literatura musical ocupa siempre un espacio bien surtido e interesante, encontré un libro de The Band, escrito por Mikel Muñoz y publicado por la Editoral Milenio. 
Quizá por esa deuda que pensaba tenía con aquellos dos discos olvidados, lo compré y, esta vez sí, a diferencia de lo que había hecho con ellos, no dejé que pasase un día antes de empezar a leerlo.
La prosa del autor, de quien se dice que no había publicado nada antes, quizá por eso mismo, no adolece de la sobrecarga de retórica de la que cojean escritos de este tipo, y se centra de manera exigente, clara y documentada en la historia y música del grupo.
De este modo, claro, aquellos primeros dos discos de The Band han cobrado, ahora sí, nuevo protagonismo, de igual manera que algunos otros del grupo que, como ya en alguna entrada se ha dicho, al hilo de la lectura uno se ha visto casi en la obligada necesidad de comprar.

Music from the Big Pink & The Band, 6 de abril de 2011.

sábado, 17 de marzo de 2018

La forma primera.

La Navidad de mil novecientos noventa y tres la pasamos, como tantas otras anteriores, en el pueblo de nuestros padres y abuelos, un pequeño municipio de La Jara toledana situado al amparo de un abrupto cerro. Fue, recordada hoy, la última Navidad tal y como siendo niños era aquella época del año en la que parte de la familia se juntaba unos días para celebrar las fiestas y echar una mano a los abuelos con la cosecha de la aceituna. 
Aquel año viajé al pueblo unos días después que mis padres, la misma mañana de Nochebuena. Fui en tren hasta Talavera de la Reina, desde donde posteriormente tomaría un autobús que me conduciría al pueblo. Mientras hacía tiempo a que saliese este último, anduve por la ciudad dando un paseo. El bullicio propio de las fechas se daba en las calles de Talavera como solo parece darse en las escenas de películas costumbristas ambientadas en los días finales del año.
Cerca de la estación de autobuses encontré una tienda de discos, que creo recordar mezclaba la venta de música con la de electrodomésticos, donde la oferta era variada y los precios, aún para un estudiante, aceptables. Allí fue donde compré en formato vinilo este McCartney II. Su escucha, claro, no pudo darse hasta algunos días después, cuando regresamos del paréntesis navideño.
Muchos de los discos que décadas atrás compré en formato casete y vinilo, es también habitual que con el paso del tiempo, particularmente aquellos por los que se ha tenido siempre un gusto especial, los haya ido comprando en formato compacto, principalmente para que su escucha me resultase más próxima y sencilla, aunque también, de alguna manera, para que simbólicamente quedasen definitivamente consolidados en la colección.
Este McCartney II lo encontré a buen precio y me decidí a comprarlo, casi dos décadas después, un sábado dos de febrero de dos mil trece, en un centro comercial próximo a casa. 
Para entonces, como es natural, mis abuelos ya hacía muchos años que habían muerto y de aquellas navidades, aparte de algunos pocos recuerdos, apenas quedaba vivo, de igual modo que hoy mismo, el eco evocador de alguna canción.

McCartney II, 2 de febrero de 2013.

domingo, 11 de febrero de 2018

La intención y el complemento.

Hay días en los que me da por pensar que mejor que seguir comprando compactos sería dar con la manera de disponer del tiempo necesario para escuchar con gusto y sin prisas todos los que ya tengo. Llegará quizá un momento en que esa intención la lleve a cabo, aunque, seguro, sin más tiempo disponible del que ahora disfruto y por poco tiempo, dado que la oferta y las posibilidades de encontrar algo de interés siguen siendo muchas y el impulso que nos hace salir de casa con el deseo de echar un vistazo en alguna tienda de discos, incontenible y enfermizo.
Hay músicos como Steven Wilson, que no contento con liderar varios proyectos a la vez, ofrece de cada uno de ellos constante material; no solo lanza nuevos discos, sino que reedita anteriores con material adicional, o, de manera sistemática, complementa los últimos lanzados con nuevas tomas en directo, descartes y demás material audiovisual. Dinámicas como la de Steven Wilson, por ejemplo, que pocas veces se descuida en cuanto a calidad, hacen imposible la contención consumista.
A finales de abril de dos mil dieciséis aprovechamos un par de días libres para viajar a San Sebastián. El atractivo, además de revisitar la ciudad, en la cual hacía mucho que ninguno de los dos estábamos, era pasar un día en Bera de Bidasoa y conocer Itzea, la casa que la familia Baroja ocupa allí desde hace más de un siglo. Pero la tarde primera, la del sábado de llegada, la empleamos en recorrer San Sebastián, sus calles más señoriales y aquellas otras que entonces parecían presentarse más turísticas y festivas que la vez anterior en que estuve. En la de Oquendo, en el número seis, se descubre una placa, seca y gris, que indica que el escritor vasco nació allí. 
En nuestro paseo, a ratos ralentizado por la lluvia, bordeamos luego el Monte Urgull, para entrar finalmente en la Parte Vieja por la calle donde tenía localizada una tienda de discos. 
En San Sebastián, a diferencia de otras ciudades españolas, aún se conservan abiertas media docena, casi todas escoradas hacia el heavy y con predominio del vinilo. Esta no era especialmente grande; a la derecha quedaban los compactos, dispuestos sin mucha congestión en paneles metálicos. La selección no era tampoco especialmente extensa, pero sí contaba con algunos de difícil localización en grandes almacenes o en tiendas poco especilizadas, entre ellos este Drive home de Steven Wilson, complemento al The Raven that refused to sing and other stories, y lanzado pocos meses después.

Drive home, 30 de abril de 2016.

viernes, 12 de enero de 2018

La etapa de llegada.

Esta vez no nos vamos a ir muy lejos en el tiempo, tan solo un par de meses atrás.
Todos los tramos, las tardes de la última etapa, bien por el cansancio de la semana, bien por el abatimiento que supone dar por concluidos los que han sido unos días estimulantes y amenos, una vez en destino, suelen ser particularmente apagadas y errabundas. 
Este año, ya en Santiago de Compostela, rematado el Camino Francés, que durante cinco tramos, en sendos años, nos había tenido recorriendo la Península de Este a Oeste, después de haber pasado brevemente por las naves de su catedral y de habernos tomado las obligadas fotografías en la Plaza del Obradoiro, nos dirigimos al hotel, a poco más de dos minutos. Nos adecentamos todo lo que la monotonía de nuestra indumentaria peregrina nos permitía y buscamos, casi a tiro hecho, un sitio donde comer. Después, como es frecuente en las jornadas de andadura, llegó la plácida siesta, improbable en nuestras rutinas cotidianas y reparadora de la etapa hecha y de la comida abundante con que solemos rematarla. La misma, este cercano sábado once de noviembre, no la prolongamos mucho; aún no había atardecido cuando nos despertamos. Fue entonces cuando, dispuestos nuevamente para pasear por la ciudad de destino, la ineludible modorra vespertina, como en otras etapas finales de tramo, cayó sobre nosotros.
Pasamos primero por la Oficina del Peregrino. Previa espera, como si de un trámite de relevancia se tratase, fuimos atendidos por unos jóvenes que, dependiendo del gasto que uno estuviese dispuesto a realizar, expedían una credencial u otra, todas ellas, por más que la plantilla sobre la que se completaba el nombre del peregrino y los kilómetros caminados tuviese cierta gracia, desmejoradas por su caligrafía seca y trabada.
Nuestra intención era dar después un paseo por Santiago y asistir, poco o mucho, a la Misa del Peregrino, que se celebraría caída la tarde. Pero como para la devoción también existen prioridades, de cara al paseo vespertino había visto yo unos días atrás un par de tiendas de discos, que, parecía, tenían cierta solera y abundancia, y que seguramente nos despabilarían algo del previsible abatimiento.
De las calles céntricas, paseando sin prisas y atentos a los muchos escaparates que encontrábamos a nuestro paso por si en alguno de ellos dábamos con un regalo para nuestras mujeres e hijas, desembocamos en otras de trazado más reciente e igual de transitadas.
Discos Precio fue finalmente la única tienda de discos que visitamos, próxima a la zona moderna más comercial de la ciudad. En sus estantes había decenas de compactos y vinilos, y también algunos libros y complementos musicales.
Los compactos no estaban ordenados alfabéticamente y sus cajas parecían arrostrar la suciedad de medio siglo; quién quisiera aventurarse habría de probar fortuna por el estante que mejor le pareciese. Así hicimos, J. por un lado y yo por otro. De lo mucho que encontramos, casi todos conservados de manera irregular, solo tomé este de DIO, más como testimonio que por una apetencia incontenible.

Angry machines, 11 de noviembre de 2017.