viernes, 22 de marzo de 2019

El Angie (y II).

La oferta de bares abiertos en Madrid en Nochebuena ha sido siempre muy pobre. A comienzos de dos mil dar con uno en el centro era casi imposible; si con suerte, después de mucho deambular se encontraba uno que, como en un sueño, se presentara franco y refulgente en medio de las sombras, la afluencia era tan discreta y las expectativas de prolongar la noche tan pocas, que lo mejor, nos convencíamos todos pronto, era tomarse una cerveza y recogernos cuanto antes. 
Aquella situación cambió para nosotros cuando J. decidió abrir el Angie en Nochebuena, en dos mil dos por primera vez. Una noche en la que, precisamente, al hilo de lo que se citaba en la entrada anterior, transcurridas un par de horas apareció la policía con tal o cual requisito, sin que, aún así, la noche tuviese que clausurarse antes de lo previsto. De aquella primera apertura de amparo, después de la reforma de los baños, en la pared que los precedía, junto a una docena de fotografías de otros clientes habituales, se reproducía también aquella que esa misma noche nos tomamos nosotros detrás de la barra, apiñados entorno a J., en el lado donde habitualmente él pinchaba. 
Después de dos mil dos, todas las Nochebuenas, pasada la medianoche, con la precisión y la determinación de las que solo son capaces las tradiciones, el Angie, para deleite de nuestro ocio navideño, abría infaliblemente sus puertas.
La compañía para esa cita, sujeta, claro, al devenir de apetencias, distancias y desencuentros, de un año para otro fue variando. Y de igual manera, la concurrencia del local, que unas veces se colmaba incómodamente y otras, la mayor parte, presentaba una ocupación familiar y distendida. 
En los últimos años, solo J. y yo mantuvimos el gusto y el apego por la cita. Su ceremonia era siempre la misma: llegábamos pasada la una, buscábamos un sitio junto a la esquina que enfilaba la escalera de bajada a los baños, y conversábamos durante horas, poniendo al día lo que habían sido las últimas semanas del otoño; siempre hasta que J. echaba el cierre y nos invitaba a tomarnos una última ronda a cuenta de la casa, abriendo entonces la conversación a todos aquellos que aún permaneciésemos dentro.
En algún momento de la noche también, a su ofrecimiento, le sugeríamos que pinchase esta o aquella canción. Anybody wanna take me home, de Ryan Adams, nunca faltaba, esa que, de vuelta a casa en taxi, quedaba siempre como soniquete de una Nochebuena más.

Love is hell, 21 de octubre de 2005.

domingo, 10 de febrero de 2019

El Angie (I).

A finales de enero cerró definitivamente el Angie. La noticia, de alguna manera, ya me la había anticipado un par de semanas antes J., la última noche que había estado allí. Lo hizo con su habitual cautela, a media voz, como si compartiese un secreto del que no se está muy convencido de participar a nadie. Se trataba principalmente, me decía, de una cuestión de rentabilidad. No porque el local hubiese dejado de dar dinero, no, sino porque las multas por la falta de licencia como bar de copas, aseguraba, les estaban amenazando, ahora sí, con cifras ante las que, llegado el momento, no podrían hacer frente. 
El asunto de la licencia, sabíamos, viene de lejos; en opinión de J., fruto de políticas municipales restrictivas y contradictorias que, a pesar de su deseo de adecuarse a la reglamentación pertinente, solo les habían cargado de amonestaciones y medias respuestas. Más de una vez, mientras charlábamos tomando una cerveza, habíamos sido partícipes de la misma escena: la Policía Municipal personándose en el bar y J., a la vez que interrumpía bruscamente la música, desempolvando un carpetón de documentos que manejaba ante la patrulla con resignación y la tranquilidad de quien se sabía con la intención de mantenerse en regla. Pero ha llegado un momento en que, incapaces de obtener la licencia definitiva, se convence, prefieren no arriesgarse a más sanciones y traspasar el local a quien quiera seguir explotándolo dentro de los límites que el permiso vigente concede.   
¿Qué puede decirse del cierre de un bar que se ha frecuentado más de la mitad de los años que uno ha vivido? Cuando al día siguiente de hablarlo con J. pensaba en la posibilidad de su traspaso, por inconcebible, imaginaba que, de alguna manera, como sucede en esas ficciones televisivas en que in extremis el protagonista gracias a una carambola imprevista logra sacar adelante sus intereses, el Angie seguiría abierto tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. Quizá por esa fantasía, cuando supe a través de un periódico digital, de su cierre definitivo, la pesadumbre ha sido un poco mayor.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.

Stripped, 13 de noviembre de 1995.

lunes, 14 de enero de 2019

Los síntomas.

Al poco de mudarme yo a Madrid, mis padres, una vez que les fueron entregadas las llaves de la nueva casa, mucho más espaciosa de lo que había sido aquella otra en la que siempre habíamos vivido, abandonaron también el modesto barrio de San Nicasio para trasladarse al colindante y recién urbanizado barrio de Campo de Tiro, de vecindario parecido, pero de aire más vistoso y desahogado.
Durante aquellos primeros meses y años las visitas al nuevo domicilio familiar solían tener una frecuencia semanal, poco importaba que el día de libranza se tuviese que emplear al completo allí o bien que, después de la jornada laboral, se hubiese de tomar un tren a última hora de la tarde para tan solo compartir el rato de la cena con ellos. Ahora, con el paso de los años, cuando las obligaciones laborales y domésticas son cada vez más y el tiempo de ocio, para convencernos de que se ha aprovechado al máximo, tratamos de calibrarlo con la minuciosidad de un relojero, es raro el mes en que las visitas al barrio de Campo de Tiro se dan en más de una ocasión.   
Ese ocho de abril de dos mil trece aproveché la libranza para pasar el día allí, en su casa, pero no fui directamente, sino que antes me detuve en Parquesur, entre otras tiendas, en Fnac, donde compré este compacto de Opeth, solo por el gancho de saberlo producido por Steven Wilson.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años. 
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.

Blackwater Park, 8 de abril de 2013.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Asignatura troncal (y II).

Era entonces todos los domingos costumbre, a la que uno salía a comprar el pan, detenerse en la plaza cercana y hacerse también con el periódico. Esa primera mañana dominical del mes de noviembre de mil novecientos noventa y siete, el cielo estaba nublado y llovía suavemente. En casa no había nadie, mis padres y mis hermanos pequeños estaban pasando el fin de semana en el pueblo y mi hermana B., que ya entonces tampoco acostumbraba a viajar con ellos, a mediodía había salido de casa con una de sus amigas.
Antes de comer hablé por teléfono con una de mis compañeras de la facultad, que andaba entonces en una de sus habituales disyuntivas emocionales; quedamos en vernos a las siete en la estación de Atocha, si es que antes no le surgía algún contratiempo producto de dichos jeroglíficos sentimentales. Transcurrieron las horas y no recibí su llamada cancelando la cita, por lo que, al poco de atardecer, salí de casa.   
Llegué a Atocha unos minutos antes de las siete. Había dejado de llover. Las calles estaban mojadas y sobre las aceras brillaban reflejados los faros de los autobuses que se detenían junto a la marquesina próxima. 
Ella no tardó en llegar, abrigada y sonriente. Hasta Fnac aprovechamos el descanso que la lluvia se había tomado para conversar y caminar sin prisa. Escuchaba con atención lo que me contaba, las claves de lo que a ella le parecía un complejo e inexplicable sistema de relaciones personales en las que, claro, cuando uno es sensible a la adulación, la tenían, invariablemente, triste y desconcertada. Trataba de opinar con cierta mesura, consciente también de que en toda aquella representación yo deseaba alcanzar un papel de mayor protagonismo, sin tomar posición tajante por nada ni por ninguno de los otros personajes concursantes. 
Llegamos a Fnac y cada uno tiro por su lado. De vez en cuando nos juntábamos y cada uno mostraba al otro los compactos que había seleccionado buscando una opinión que terminase de decidirnos, ya que, por mucha música que cargásemos, no disponíamos de presupuesto más que para comprar uno o dos.
Ella se quedó finalmente con un grandes éxitos de Eric Clapton y yo, haciendo caso a su juicio, con el primer disco de Dire Straits, el que para ella era un disco tan imprescindible y básico “como una asignatura troncal”.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Asignatura troncal (I).

Hace unos días debatíamos D., su amigo E. y yo cuál era a juicio de cada uno el mejor disco de Dire Straits. 
D. decía que salvo los dos últimos, Brothers in arms y On every street, que consideraba claramente por debajo de los cuatros anteriores, cualquiera de estos podía tomarse por sobresaliente, particularmente Making movies.
De manera parecida, E., que recientemente había comprado en vinilo Love over gold, argumentaba que hasta este mismo cuarto álbum, Dire Straits no había lanzado disco malo, pero que con Brother in arms, la música del grupo se vuelve más complaciente y aburrida.
Esa aversión por los dos últimos discos de estudio del grupo yo no la tengo, pero sí es verdad, como les dije, que si he de quedarme con un disco de Dire Straits, grupo del que frecuentemente lamento que tenga una discografía tan corta, ese sería su disco de debut, titulado de igual manera que el entonces cuarteto.
En uno de los volúmenes de su Salón de pasos perdidos trataba Trapiello de explicar la disyuntiva ante la que el diarista se encuentra siempre indeciso: o bien se vive o bien se escribe. Ni se puede escribir todo lo que se vive, porque se necesitaría otra vida, al menos, para escribir con detenimiento todo lo que se ha vivido; ni tampoco se puede vivir demasiado y sin pausa, porque entonces no se daría con un minuto de reflexión para llevar al papel todo aquello que se ha vivido. O, dicho de una manera más sentenciosa y restrictiva: quien mucho vive poco escribe; o, de igual manera, a la inversa, quien mucho escribe poco vive.
Sin embargo, claro, estas consideraciones que parecen dejar espacio solo para el blanco y el negro, lo normal es que, dependiendo de las épocas, se maticen y uno encuentre momentos tanto para lo uno como para lo otro.
Cuando se es estudiante, es verdad que la carga académica se lleva por delante gran parte del año, pero hay otra que, bien manejada y si las calificaciones acompañan, permite tanto vivir como escribir acerca de lo vivido; aquellos días en que compré este primer compacto de Dire Straits son ejemplo de ello.

Dire Straits, 2 de noviembre de 1997.

sábado, 20 de octubre de 2018

Planetario.

Llegamos a este barrio hace casi diez años. Fue D. quien, alentada por el deseo de vivir en un piso más amplio, preferiblemente en una urbanización equipada con piscina y otras instalaciones que facilitasen el entretenimiento de O., primero visitó el piso que se alquilaba en el tercero de uno de los bloques de esta. Quedó entonces convencida de que una casa así encajaría bien con nuestras necesidades. A los pocos días la visité yo, una mañana dominical de finales de marzo, sin decirle nada, por no generar expectativas que luego no pudiésemos asumir. El piso, claro, también a mí me gusto: espacioso, diáfano y nuevo. Y de igual manera, la urbanización: silenciosa y bien equipada. Unos días después gestionamos las condiciones del alquiler y a comienzos de mayo de dos mil nueve comenzamos a vivir en él. 
Durante casi cuatro años ocupamos dicho tercero, pero como la necesidad de cambio,  una vez satisfecha hay veces en que, de igual manera que los hierbajos que se arrancan por sanear el terrero, al poco encuentran brios nuevos; al comienzo de dos mil trece nos mudábamos del citado tercero al bajo de otro de los bloques de la misma urbanización; una casa, ciertamente, de condiciones mucho más atractivas. 
Nos lo alquilaban unos vecinos con los que habíamos tenido trato durante aquellos primeros cuatro años en la urbanización. Dado que meses atrás habían tenido un tercer hijo, su casa se les había quedado pequeña y se mudaban a una mayor en un barrio próximo.  
En cuanto a dimensiones, el tercero y el bajo, si bien sus distribuciones diferían notablemente, en metros cuadrados eran muy parecidos; lo que había instigado principalmente el deseo de D. era la terraza que se abría en el lateral de la casa que daba al interior de la urbanización. No más de quince metros, aunque ese espacio, recogido y sosegado, le daba a la casa un tono muy confortable.
Pero volviendo a nuestra llegada al barrio, en la primavera de dos mil nueve, pasaron unos días desde que nos instalamos y pusimos en orden todo lo mudado, hasta que pude encontrar hueco para comprar los primeros compactos. Fue el jueves catorce, una mañana lluviosa, en la tienda Daily Price de la estación de Atocha a la que ya en alguna otra entrada me he referido. No fui mucho más lejos. Allí, pacientemente, recorrí todos sus estantes y entre otros compactos, di con este de Crowed House, Time on Earth.

Time on Earth, 14 de mayo de 2009.

lunes, 3 de septiembre de 2018

El empacho digital.

Hace unos días leía un artículo que analizaba desde una perspectiva principalmente económica el crecimiento y la consolidación en los últimos años de las ventas a nivel mundial de música en formato vinilo (y en menor medida también en formato compacto), después de un par de décadas de caída y olvido. Uno de los motivos que se citaba para justificar dicho repunte era el creciente deseo del melómano de atesorar fisicamente aquel disco que puntualmente le ha generado afición. 
En las plataformas digitales, es verdad, uno puede acceder de forma sencilla e ilimitada a fondos colosales, inabarcables, pero ¿quién tiene capacidad de selección, atención y disfrute cuando lo que se le ofrecen son millones de platos, y apetito, cada poco, lo natural es que si se maneja con sentido solo se tenga para uno? La escucha en estas plataformas tiene una dinámica parecida a la de esos grupos de turistas que vemos en los museos recorrer apiñados y frenéticos una sala detrás de otra, deteniéndose delante de algunas obras puntuales y reconocidas no más de veinte segundos, en una carrera que solo busca alcanzar, se entiende, ese salvoconducto al que parece estar obligado cierto tipo de turismo; testimoniar que se tuvo contacto con tal o cual obra, aunque su contemplación se haya dado con la misma profundidad que recorriendo el museo en motocicleta. El Arte como la Música, de igual manera que otras materias artísticas, lo suyo es que se disfruten apartadas de la prisa y de la obligación.  
No es lo mismo decir que uno tiene acceso a toda la discografía de los Beatles en Spotify, por ejemplo, que decir que uno tiene toda la discografía de los Beatles en compacto o en vinilo. Estos formatos manifiestan un interés específico, un deseo de escucha y un reconocimiento del concepto de LP más allá de la descomposición de este en una docena canciones, insoslayable al diseño y a la información contenida en su carpeta; algo que las plataformas digitales, incapaces de resolver de manera vistosa, dan por irrelevante.
Cierto que, por otro lado, las ventajas de las plataformas digitales, con su ingente y torrencial biblioteca, también son algunas. Entre las que pueden resultar más provechosas está aquella que te permite escuchar discos que raramente se encuentran en los estantes de las tiendas, descatalogados, rarezas o, sencillamente, discos olvidados, de escasa circulación, que se desconocían y cuyas referencias nos llegan de una u otra manera. 
Estos suelo descargarlos en la biblioteca de la aplicación y los escucho y conservo a la espera de que, como hace el prestidigitador materializando lo que se le antoja bajo su chistera, de algún modo, el compacto, de manera física y definitiva, aparezca.
Así sucedió con este de The Waterboys, An Appointment with Mr. Yeats, complicado de encontrar al poco de haber sido lanzado en España, lo tuve en la biblioteca de Spotify desde el otoño de dos mil quince hasta casi dos años después, cuando, no sé de qué manera, F. lo encontró en Londres y, con su habitual atención, me lo envió.

An Appointment with Mr. Yeats, 9 de mayo de 2017.

martes, 31 de julio de 2018

El soniquete del día.

Hay diccionarios que definen el término “soniquete” como sonido continuado, de índole mecánico y marcadamente molesto. Otros, como el de la RAE, le otorgan una acepción más amable, definiéndolo como son, con toda la musicalidad que esta expresión sugiere, que se percibe poco, como un eco envolvente.
Esta última acepción es la que, imagino, ha de emplearse si se piensa en la canción que al final del día, cuando uno se encuentra a punto de caer vencido por el sueño, inconscientemente, se repite en nuestra memoria como una letanía susurrante. 
Durante el día se pueden haber escuchado cientos de canciones, pero resulta curioso e inexplicable como, cuando uno tiene la cabeza apoyada sobre la almohada, la que hace las veces de canción de cuna, antes de entrar en los abismos del sueño, es solo una. 
Hace años, cuando los días permitían un mayor detallismo, solía reparar y apuntar siempre la canción que se imponía como “soniquete del día”. Era un ejercicio, en muchos casos, ciertamente sorpresivo. 
De un tiempo a esta parte, tal atención, bien por el insostenible cansancio que anticipa la llegada del sueño, sin tiempo siquiera para girarnos en la cama, bien por la insistencia de los hechos diarios, empeñados en arrastrarnos al pragmatismo más secular; tal atención, decía, ha ido con los años perdiendo relevancia.
Ayer, en todo caso, dado que estos días me encuentro más descansado que de costumbre, el “soniquete del día” surgió de nuevo, inesperado, perceptible e insistente, amenizando los últimos instantes de vigilia. Y este no era otro que Long road to ruin, la canción de los Foo Fighters que aparecía en su disco Echoes, Silence, Patience & Grace y que ayer durante la tarde había escuchado.  
Este compacto lo compré a finales del verano de dos mil doce, el once de septiembre. El curso escolar había comenzado un día antes y aquel año, de igual manera que el anterior, nos turnábamos con unos vecinos de la urbanización, cuyo hijo era compañero de clase de O., en las idas y venidas al colegio. 
Aquella mañana de libranza había aprovechado para comprar unos discos en Fnac, entre ellos este de los Foo Fighters, poco antes de que al mediodía tuviese que recoger a O. y a J. del colegio. 
La vuelta a clase y el intenso calor les traían revolucionados. J. no hacía otra cosa que ir detrás de O. para darle un beso diciendo que quería casarse con ella. Al preguntarle el motivo respondía que porque era la más guapa de clase… Al menos, entre carrera y carrera, la vuelta a casa se nos hizo más rápida y menos tediosa de lo que se presumía.

Echoes, Silence, Patience & Grace, 11 de septiembre de 2012.

domingo, 8 de julio de 2018

El cartel y la tradición.

Hace unas semanas se celebró una nueva edición del Azkena. La primera vez que asistimos los cuatro al festival fue en dos mil doce, cuando el cartel aún se extendía con una oferta más exigente de jueves a sábado. La cita, con el transcurso de los años, se ha convertido en uno de esos hábitos regulares que dan al arranque del verano mayor impulso y atractivo.
Aquel primero, igual que este, F. se pasó por casa a eso de las diez. Recogimos luego a D. en Sanchinarro y emprendimos los tres, a contrapelo del ajetreo madrileño, viaje hacía Vitoria. Aquel dos mil doce, J., que trabajaba ese mismo jueves catorce de junio, llegaría al festival un día después, en tren desde Madrid. 
De camino, como también hemos vuelto costumbre, paramos en La Milagros para almorzar un pincho de tortilla y unos torreznos. En la carretera apenas había tráfico y los campos brillaban soleados. 
Para aquella primera edición el alojamiento lo teníamos en la misma pensión donde el año anterior había estado D., un negocio familiar de habitaciones estrechas, discretas y enmoquetadas, que salvo por el precio, no ofrecía encanto alguno. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano, las maletas en el hotel y nos encaminamos hacia el centro de Vitoria. Picoteamos aquí y allá, y a media tarde nos dirigimos hacia el recinto de Mendizabala, caminando por una avenida arbolada y señorial.
Ya solo el cartel de aquel jueves superaría en variedad e interés al de muchas otras ediciones al completo: Blue Öyster Cult, Twisted Sister, Status Quo, Graveyard… Anduvimos por el recinto hasta bien entrada la noche, de un concierto a otro, o detenidos delante de los puestos de comida o de merchandising, a tono con el tipo medio de asistente, que no era otro que el de hombre próximo a los cuarenta, vestido de negro, tranquilo y ensimismado por la música.
A la mañana siguiente cada uno se fue levantando según le pareció. J. llegó a media mañana. Nos encontramos con él en la Plaza de la Virgen Blanca, donde viernes y sábado se celebraban también conciertos. 
Dada la fecha, D., en cuanto tuvo ocasión, lo primero que hizo fue regalarme este compacto de los Flying Colors, de quienes yo no había escuchado nada y del que él me había hablado unos días atrás. Lo guardé, no recuerdo junto a qué otro detalle, y continuamos la marcha pausada y festiva hasta que nos sentamos para comer en el Matxete, inaugurando de esta manera una ceremonia que también hemos convertido en tradición.

Flying Colors, 15 de junio de 2012.

viernes, 8 de junio de 2018

El mismo paso.

Hace unas cuantas entradas hablaba de uno de los muchos discos comprados en la calle Tallers, uno de los lugares donde mejor oferta ha encontrado uno nunca. Después de dos años, esta semana he vuelto a recorrer las tiendas de discos de esta calle barcelonesa. Algunos negocios donde tiempo atrás la afluencia era mucha han cerrado, y los que se mantienen abiertos lo hacen sin aglomeraciones de clientes y asfixiados por locales dedicados principalmente a atender la demanda consumista de los miles de turistas que atestan la ciudad.
Hojeando los estantes de Revolver, pensaba en la primera vez que vine a Barcelona trabajando en la misma empresa para la que hoy trabajo, diez años atrás, de igual manera que esta semana, poco antes de que el verano llegase.
Fue un lunes 9 de junio de dos mil ocho. Aún apenas conocía a nadie de la empresa, ni tan siquiera a A., con quien aquella primera reunión en Barcelona, sabía, compartía habitación. 
Llegué pronto a la estación de Sants y desde allí tomé un taxi hasta el hotel, próximo al emplazamiento que entonces tenían las oficinas, cerca del aeropuerto. Era primera hora de la tarde. A. todavía no había llegado. Recuerdo encender la televisión de la habitación y ver que estaban dando un partido de fútbol. La Eurocopa de Austria y Suiza había arrancado unos días antes. 
Sin mucho más que hacer cogí otro taxi, y regresé al centro de la ciudad, directamente a la Plaza de Cataluña. Sin prisas, con esa sensación que tanto reconforta de salirse de la rutina y emplear el tiempo en lo que realmente a uno le interesa, recorrí algunas tiendas de la Calle Tallers.
Compré solo dos compactos, quizá apabullado de tanta oferta, uno de ellos este de Elton John, movido seguramente por conocer al completo el LP que contiene una canción tan fantástica como Someone saved my life tonight.
Guardé la compra en el bolsillo de aquella chaquetilla verde que durante los primeros meses de trabajo en esta empresa tanto vestí, y me encaminé a Las Ramblas. En un bar, donde televisaban un nuevo partido de fútbol, me senté y esperé a que alguno de los compañeros de trabajo me telefonease para decirme dónde nos encontraríamos.
Lo mejor de esas citas laborales, igual entonces que diez años después, habiendo recorrido alguna de las tiendas de discos de Barcelona, ya se había dado.

Captain Fantastic and The Brown Dirt Cowboy, 9 de junio de 2008. 

lunes, 14 de mayo de 2018

Las que eran últimas palabras...

Hacía ya tiempo que quería detenerme en este disco, Famous last words, de Supertramp, cuya portada, como algunas otras del grupo, gusta por ser capaz de captar con viveza y finura escenas que se presentan inquietantes y contradictorias.
Podría haberme detenido en él tiempo atrás, pero he preferido, buscando también esa misma acrobacia que práctica el funámbulo de la portada, hacerlo justo hoy, cuando se cumplen veinte años de su compra.
La primavera de mil novecientos noventa y ocho fue aquella en la que los estudios universitarios, de manera general, o al menos como desde su arranque los habíamos vivido, llegaban a su fin. 
Pensados ahora, no sucede con aquellos meses como con todo aquello que a punto de concluir, recordado tiempo después, se mira con cierta nostalgia: los meses de la primavera de mil novecientos noventa y ocho, consciente de la inminente pérdida, se vivían ya entonces ensombrecidos por un tono de incertidumbre y aflicción. 
Quizá esa sombra explique el ansia con el que se trataban de aprovechar entonces los días y que para cada uno de ellos hubiese siempre pretexto y compañía.
Las citas de aquella semana del catorce de mayo, que era jueves, arrancaron el lunes con L. y M. en un local cercano a la Calle Mayor, que hoy siempre está colmado de turistas, y que entonces, un lunes laborable y lluvioso, apenas tenía clientela. Ese deseo de prolongar la relación surgida con la carrera parecía preocupar a todos; incluso L., que había llegado al grupo relativamente tarde, buscando cerrar una continuidad más allá del final de las clases, proponía con más deseo que determinación viajes y otras citas para los meses de verano. 
Al día siguiente, el martes doce, sin especial gusto por aguantar en las aulas de la facultad, mediada la tarde, G., D. y yo nos acercamos a la Torre de los Lujanes, cuyas conferencias pugnaban en tedio a cualquiera de nuestras clases universitarias, pero que, por falta de obligación, permitían una distracción mayor. D. se marchó terminada la conferencia, y G. y yo anduvimos por las calles del centro hasta la madrugada, hablando, claro, en ese tono de confianza y comprensión que solo puede darse entre amigos, no de lo que iban a ser las semanas próximas, sino de lo que estaban siendo aquellos días primaverales.
El jueves catorce, que fue cuando compré este Famous last words -en una tienda de Moncloa en la que apenas me he detenido un par de veces más-, estuve en uno de los cines de Martín de los Heros con M., esa chica risueña que vivía en un pueblo de la sierra que a todos nos parecía tan lejano como el escenario de una novela de aventuras, viendo La dama de Shanghai. Aquella noche no nos extendimos gran cosa teniendo M. que tomar un autobús que la llevase de vuelta a su pueblo serrano; pero sí, ya con otros compañeros de la facultad, la siguiente, la del viernes quince, y otras muchas que durante semanas se fueron sucediendo… 
Famous last words, dado el interés que tenía ya antes de su lanzamiento Roger Hodgson por dejar el quinteto, es un compacto apropiado para acompañar números de cierre, tiene ese tono de acto final que tan bien encaja con los momentos, como aquella primavera de mil novecientos noventa y ocho, en los que las circunstancias le obligan a uno a ir echando el telón e ir pensando cuanto antes en la puesta en marcha de una nueva función.

Famous last words, 14 de mayo de 1998.

viernes, 20 de abril de 2018

La Banda del Puño.

Hay compactos que se compran, se dejan en posición horizontal sobre la estantería donde se ordenan los demás, son pasados a formato digital -raro es aquel que no-, y después de semanas e incluso meses, sin apenas escuchas, se acomodan finalmente junto al resto a la espera de que por algún imprevisto motivo en el futuro sean tratados con una atención mayor. A veces dicha atención surge, pero otras muchas no.
Recién llegada la primavera de dos mil once, el miércoles seis de abril subí a Fnac con la intención de comprar el disco recién lanzado del genial Sergio Makaroff. Y como suele suceder en estas ocasiones, donde a uno la compra de un solitario compacto siempre le parece poco, tomé el del músico argentino y también, sin mucho convencimiento, animado por la dupla que se ofrecía a tan bajo precio, otro en el que se incluían los dos primeros álbumes de estudio de The Band.
Pasaron los primeros días y los discos del grupo americano apenas los escuché. Venció luego también el plazo de varias semanas que lleva a todos los compactos de la posición horizontal de arranque hasta el ordenamiento alfabético vertical, regular y definitivo, y Music from the Big Pink y The Band cayeron en el olvido con el endeble compromiso, tanto bueno había escuchado de ellos, de prestarles en el futuro la atención debida, la cual, inesperadamente, no ha llegado hasta hace poco.
A comienzos de este año, en la librería de la calle Príncipe, donde la literatura musical ocupa siempre un espacio bien surtido e interesante, encontré un libro de The Band, escrito por Mikel Muñoz y publicado por la Editoral Milenio. 
Quizá por esa deuda que pensaba tenía con aquellos dos discos olvidados, lo compré y, esta vez sí, a diferencia de lo que había hecho con ellos, no dejé que pasase un día antes de empezar a leerlo.
La prosa del autor, de quien se dice que no había publicado nada antes, quizá por eso mismo, no adolece de la sobrecarga de retórica de la que cojean escritos de este tipo, y se centra de manera exigente, clara y documentada en la historia y música del grupo.
De este modo, claro, aquellos primeros dos discos de The Band han cobrado, ahora sí, nuevo protagonismo, de igual manera que algunos otros del grupo que, como ya en alguna entrada se ha dicho, al hilo de la lectura uno se ha visto casi en la obligada necesidad de comprar.

Music from the Big Pink & The Band, 6 de abril de 2011.

sábado, 17 de marzo de 2018

La forma primera.

La Navidad de mil novecientos noventa y tres la pasamos, como tantas otras anteriores, en el pueblo de nuestros padres y abuelos, un pequeño municipio de La Jara toledana situado al amparo de un abrupto cerro. Fue, recordada hoy, la última Navidad tal y como siendo niños era aquella época del año en la que parte de la familia se juntaba unos días para celebrar las fiestas y echar una mano a los abuelos con la cosecha de la aceituna. 
Aquel año viajé al pueblo unos días después que mis padres, la misma mañana de Nochebuena. Fui en tren hasta Talavera de la Reina, desde donde posteriormente tomaría un autobús que me conduciría al pueblo. Mientras hacía tiempo a que saliese este último, anduve por la ciudad dando un paseo. El bullicio propio de las fechas se daba en las calles de Talavera como solo parece darse en las escenas de películas costumbristas ambientadas en los días finales del año.
Cerca de la estación de autobuses encontré una tienda de discos, que creo recordar mezclaba la venta de música con la de electrodomésticos, donde la oferta era variada y los precios, aún para un estudiante, aceptables. Allí fue donde compré en formato vinilo este McCartney II. Su escucha, claro, no pudo darse hasta algunos días después, cuando regresamos del paréntesis navideño.
Muchos de los discos que décadas atrás compré en formato casete y vinilo, es también habitual que con el paso del tiempo, particularmente aquellos por los que se ha tenido siempre un gusto especial, los haya ido comprando en formato compacto, principalmente para que su escucha me resultase más próxima y sencilla, aunque también, de alguna manera, para que simbólicamente quedasen definitivamente consolidados en la colección.
Este McCartney II lo encontré a buen precio y me decidí a comprarlo, casi dos décadas después, un sábado dos de febrero de dos mil trece, en un centro comercial próximo a casa. 
Para entonces, como es natural, mis abuelos ya hacía muchos años que habían muerto y de aquellas navidades, aparte de algunos pocos recuerdos, apenas quedaba vivo, de igual modo que hoy mismo, el eco evocador de alguna canción.

McCartney II, 2 de febrero de 2013.

domingo, 11 de febrero de 2018

La intención y el complemento.

Hay días en los que me da por pensar que mejor que seguir comprando compactos sería dar con la manera de disponer del tiempo necesario para escuchar con gusto y sin prisas todos los que ya tengo. Llegará quizá un momento en que esa intención la lleve a cabo, aunque, seguro, sin más tiempo disponible del que ahora disfruto y por poco tiempo, dado que la oferta y las posibilidades de encontrar algo de interés siguen siendo muchas y el impulso que nos hace salir de casa con el deseo de echar un vistazo en alguna tienda de discos, incontenible y enfermizo.
Hay músicos como Steven Wilson, que no contento con liderar varios proyectos a la vez, ofrece de cada uno de ellos constante material; no solo lanza nuevos discos, sino que reedita anteriores con material adicional, o, de manera sistemática, complementa los últimos lanzados con nuevas tomas en directo, descartes y demás material audiovisual. Dinámicas como la de Steven Wilson, por ejemplo, que pocas veces se descuida en cuanto a calidad, hacen imposible la contención consumista.
A finales de abril de dos mil dieciséis aprovechamos un par de días libres para viajar a San Sebastián. El atractivo, además de revisitar la ciudad, en la cual hacía mucho que ninguno de los dos estábamos, era pasar un día en Bera de Bidasoa y conocer Itzea, la casa que la familia Baroja ocupa allí desde hace más de un siglo. Pero la tarde primera, la del sábado de llegada, la empleamos en recorrer San Sebastián, sus calles más señoriales y aquellas otras que entonces parecían presentarse más turísticas y festivas que la vez anterior en que estuve. En la de Oquendo, en el número seis, se descubre una placa, seca y gris, que indica que el escritor vasco nació allí. 
En nuestro paseo, a ratos ralentizado por la lluvia, bordeamos luego el Monte Urgull, para entrar finalmente en la Parte Vieja por la calle donde tenía localizada una tienda de discos. 
En San Sebastián, a diferencia de otras ciudades españolas, aún se conservan abiertas media docena, casi todas escoradas hacia el heavy y con predominio del vinilo. Esta no era especialmente grande; a la derecha quedaban los compactos, dispuestos sin mucha congestión en paneles metálicos. La selección no era tampoco especialmente extensa, pero sí contaba con algunos de difícil localización en grandes almacenes o en tiendas poco especilizadas, entre ellos este Drive home de Steven Wilson, complemento al The Raven that refused to sing and other stories, y lanzado pocos meses después.

Drive home, 30 de abril de 2016.

viernes, 12 de enero de 2018

La etapa de llegada.

Esta vez no nos vamos a ir muy lejos en el tiempo, tan solo un par de meses atrás.
Todos los tramos, las tardes de la última etapa, bien por el cansancio de la semana, bien por el abatimiento que supone dar por concluidos los que han sido unos días estimulantes y amenos, una vez en destino, suelen ser particularmente apagadas y errabundas. 
Este año, ya en Santiago de Compostela, rematado el Camino Francés, que durante cinco tramos, en sendos años, nos había tenido recorriendo la Península de Este a Oeste, después de haber pasado brevemente por las naves de su catedral y de habernos tomado las obligadas fotografías en la Plaza del Obradoiro, nos dirigimos al hotel, a poco más de dos minutos. Nos adecentamos todo lo que la monotonía de nuestra indumentaria peregrina nos permitía y buscamos, casi a tiro hecho, un sitio donde comer. Después, como es frecuente en las jornadas de andadura, llegó la plácida siesta, improbable en nuestras rutinas cotidianas y reparadora de la etapa hecha y de la comida abundante con que solemos rematarla. La misma, este cercano sábado once de noviembre, no la prolongamos mucho; aún no había atardecido cuando nos despertamos. Fue entonces cuando, dispuestos nuevamente para pasear por la ciudad de destino, la ineludible modorra vespertina, como en otras etapas finales de tramo, cayó sobre nosotros.
Pasamos primero por la Oficina del Peregrino. Previa espera, como si de un trámite de relevancia se tratase, fuimos atendidos por unos jóvenes que, dependiendo del gasto que uno estuviese dispuesto a realizar, expedían una credencial u otra, todas ellas, por más que la plantilla sobre la que se completaba el nombre del peregrino y los kilómetros caminados tuviese cierta gracia, desmejoradas por su caligrafía seca y trabada.
Nuestra intención era dar después un paseo por Santiago y asistir, poco o mucho, a la Misa del Peregrino, que se celebraría caída la tarde. Pero como para la devoción también existen prioridades, de cara al paseo vespertino había visto yo unos días atrás un par de tiendas de discos, que, parecía, tenían cierta solera y abundancia, y que seguramente nos despabilarían algo del previsible abatimiento.
De las calles céntricas, paseando sin prisas y atentos a los muchos escaparates que encontrábamos a nuestro paso por si en alguno de ellos dábamos con un regalo para nuestras mujeres e hijas, desembocamos en otras de trazado más reciente e igual de transitadas.
Discos Precio fue finalmente la única tienda de discos que visitamos, próxima a la zona moderna más comercial de la ciudad. En sus estantes había decenas de compactos y vinilos, y también algunos libros y complementos musicales.
Los compactos no estaban ordenados alfabéticamente y sus cajas parecían arrostrar la suciedad de medio siglo; quién quisiera aventurarse habría de probar fortuna por el estante que mejor le pareciese. Así hicimos, J. por un lado y yo por otro. De lo mucho que encontramos, casi todos conservados de manera irregular, solo tomé este de DIO, más como testimonio que por una apetencia incontenible.

Angry machines, 11 de noviembre de 2017.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Los días hábiles.

El veintidós de enero de dos mil tres fue miércoles. Aquel día lo tenía libre. Cuando me levanté, en el salón de casa me encontré con S., aquejada de ese malestar que una vez al mes, especialmente en aquellos que precedieron al cierre de su empresa, le era tan propio, distrayendo su imprevista libranza viendo la película Charada. La dejé tumbada en el sofá y salí hacía la Casa de Campo, donde entonces, tímidamente, practicaba “footing” (otras expresiones para describir la afición por la carrera continua aún no se daban).
Ese mediodía había quedado yo con mi hermana C. para comer. Cuando volví de correr, le propuse a S. que nos acompañase; ella, claro, recuperada de súbito de su malestar matutino y tan dichosa como era alternando fuera de casa, aceptó con alegría.
Comimos los tres en un restaurante de Ópera que entonces frecuentábamos mucho, Inshala, un local a medio camino entre la sofisticación urbana y el gusto por lo étnico, cuya carta era extensión de ese mismo criterio estético. La mayor parte de la conversación se la llevó la relación que mi hermana tenía entonces con un chico al que había conocido seis años atrás. S., tan aficionada como siempre se ha mostrado por los asuntos sentimentales, fue quien guió la conversación. Continuamos esta luego en La Canela, a unos pasos de las Descalzas Reales, hasta que mi hermana, que debía regresar pronto a casa, se marchó. Era media tarde aún y, a pesar de la época del año, aunque sin mucho énfasis, brillaba el sol. 
Sin necesidad de dar por terminado el paseo, nos decidimos entonces a visitar el monasterio cercano, animados también por la gratuidad del día. Desde el claustro del mismo, cuyo silencio en el centro de Madrid fue lo que más nos sorprendió, los edificios circundantes que lo cerraban, observamos, nos parecían lejanos e incomprensibles. Concluyó el recorrido guiado y salimos. 
Nos acercamos después a la Costanilla de los Ángeles, justo en el tramo más próximo a Arenal, donde durante un breve periodo se abrió otra tienda Yunke. S., que ese día se encontraba especialmente rumbosa, al que yo me compré quiso que se uniesen dos compactos más, uno de ellos el Brainwashed de George Harrison, un fantástico disco póstumo.
El frío del atardecer nos condujo hasta casa. Ella, por darle un sentido capicúa al día, se sentó de nuevo en el sofá y empezó a ver la reconfortante Los peores años de nuestra vida. Yo, que había quedado con una chica con la que entonces salía (maravilloso eufemismo), inmerso en una relación con un guión mucho más tonto e inconsistente que el de la película de Martínez Lázaro, descansé un rato en mi habitación y, ya de noche, me encaminé nuevamente Calle Segovia arriba.

Brainwashed, 22 de enero de 2003.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Los Rolling" (y II).

Sirva en todo caso la tontuna del crítico de turno para volver brevemente al disco que Los Rolling editaron en 1997, Bridges to Babylon
En España el disco salió a la venta un lunes 29 de septiembre. Sospechando, tal y como ya había comprobado con discos anteriores suyos, que si me hacía con él recién lanzado me encontraría con algún obsequio o añadido especial, ese mismo día subí a Madrid.
Aún no había empezado las clases, me encontraba en aquellas semanas en las que, terminados los exámenes de septiembre, uno se veía ocioso a la espera de que el nuevo curso universitario arrancara.
El otoño ya entonces había llegado Madrid: aquella mañana hacía frío. Me dirigí primero a Madrid Rock, donde en ocasiones anteriores me había encontrado con aquellos obsequios de lanzamiento. Di vueltas en busca del disco pero no lo encontré. Pregunté a un dependiente y este me dijo que aún no lo habían recibido, que a media mañana posiblemente ya lo tuvieran. Me encaminé entonces a FNAC por ver si en esos almacenes había más suerte. Así fue, el disco ya lo tenían a la venta, expuesto preferentemente. 
En esta ocasión el único añadido que ofrecía hacerse con el disco el primer día era la funda que lo cubría, pero nada de parches ni singles especiales como en ocasiones anteriores, lo cual me dejó un poco chafado. Indeciso de volver a Madrid Rock por ver si allí ya lo habían recibido y con la compra del mismo el detalle era mejor anduve un rato hasta que finalmente decidí entretener lo que quedaba de mañana de otra manera.

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

martes, 17 de octubre de 2017

"Los Rolling" (I).

Gran parte de la crítica musical actual, de igual manera que la crítica artística de las ultimas décadas, tiene el tópico y la retórica insustancial como principales mecanismos. Y eso a pesar de que sus comentarios y reflexiones buscan adornarse de una abstracción petulante y presuntuosa, de una imprecisión que, a falta de mayor base y erudición, busca disimular éstas, con la soberbia y circunspección de quien se siente capaz de poner límites al humo.
Hace unos días, al hilo del último concierto que dieron Los Rolling en España, el cronista de turno, aparte de ilustrar el relato de la actuación con las expresiones de manual que resultan inevitables para el grupo (él probablemente escribiría banda, que ha de parecerle una palabra más cosmopolita y desenfadada), cargantes e inservibles, y un par de reflexiones con intención cómica y ocurrente, de monologista poco inspirado, viene a señalar, sin especificarlo pero dándolo a entender, que referirse a los Rolling Stones como a Los Rolling, y no como a Los Stones, es una paletada.
Es otro de los aspectos que definen a la crítica musical actual, especialmente la de aquellos que se visten con el aroma, siempre atentos al fogonazo de la cámara y a la pose de escaparate: llegar tarde y además con afán exclusivista. Igual que quienes al referirse a Federico García Lorca, emplean el Federico como salvoconducto que parece legitimarles y aproximarles más que a nadie a la figura del poeta. 
¿Puede aquel que durante décadas (siendo coetáneo del periodista que firmaba la crónica), desde adolescente, ha ido comprando todos los discos del grupo, oficiales y rarezas, con variedad de ediciones y formatos, ha asistido a muchos de sus conciertos (esto, es verdad, no es cosa de mérito, ya que a nivel general los conciertos de Los Rolling son cada vez más una obligación social que un compromiso afectivo), ha coleccionado libros, revistas y demás mercadería, puede, decía, referirse a ellos como a Los Rolling?
Quizá sólo se trate de un tema lingüístico, de las pocas nociones que siendo adolescente se tenían de inglés y que le llevaban a uno a referirse a ciertos grupos por el que se imaginaba sería su nombre de pila; pero dar por hecho que por el modo en que estos se nombran pueda colegirse el grado de afición que se tiene a los mismos es una tontería cualquiera. 
Estoy seguro que, de igual manera, si entonces, cuando uno empezó a comprar los discos de Los Rolling, hubiese surgido un grupo nacional y hubiese tenido por nombre, por ejemplo, Los Petulantes Críticos, probablemente, por acortarlo, también uno se hubiese referido a ellos como a Los Petulantes y no como a Los Críticos

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Fumata blanca.

Es sabido el afán que tiene la gente de dinero por tratar de ganarse algo de solvencia y reputación intelectual. De la misma manera que aquel que ha nacido en una cuna modesta tiene el dinero como principal preocupación, quien lo ha hecho en una boyante y bien almidonada, no encuentra más anhelo para sí que vestirse de un respeto que le muestre a ojos de todos inteligente y juicioso, y si a la par, satisfaciendo este deseo, puede seguir ensanchando sus cuentas bancarias pues mejor que mejor. En este sentido, una de las manifestaciones más comunes, si es que el patrimonio lo permite, es la regencia de algún negocio de índole cultural, particularmente galerías de arte y tiendas de antigüedades.
Dichos negocios, que de puertas afuera se presentan como ejemplo de exquisitez y buen gusto, esconden para aquellos que cometen la torpeza de vincularse como empleados en los mismos más miserias que la peor de las galeras que describe Cervantes en sus libros. Quien se deja seducir por las palabras de sus opulentos propietarios se verá  irremisiblemente atrapado entre cuatro paredes blancas, con unas condiciones contractuales precarias en el mejor de los casos y un régimen laboral cercano a la servidumbre.
Por suerte, en la primavera de dos mil cinco, después de no más de medio año, encontré otro trabajo que me permitió salir del pozo en el que me había visto atrapado en la galería de arte de la Calle Lagasca. Ese alivio marcó toda aquella primavera.
El primer fin de semana de abril D. viajó con sus padres y hermano a Londres. Mi intención era trabajar y no emplear muchas horas de ocio fuera de casa, sin embargo, entre una cita y otra, aquella intención primera quedó en nada. El sábado dos, por un lado, mientras desde el Vaticano se anunciaba la muerte del Papa, A. B. inauguraba con una fiesta la casa que se había comprado en la Calle de Puerto Rico, un piso que había pertenecido a un par de señoras mayores, hermanas, que se mudaban definitivamente a Algeciras, y que en las siguientes semanas pensaba reformar íntegramente; y por otro, el domingo tres, junto a D., M. y E., en una de esas citas a las que éramos entonces tan aficionados, organizaba una nueva partida de mus, esta vez, en nuestra casa. Enfrascados en el juego estábamos cuando llegó D. de Londres, discreta y dulce, y con ella este primer disco de Porcupine Tree.
  
On the Sunday of life..., 3 de abril de 2005.