martes, 20 de mayo de 2025

Leve alergia estacional.

Suele escucharse que en Madrid no se dan más que dos estaciones: invierno y verano. Quien lo afirma suele hacerlo de manera taxativa, con un tono de relativa ofensa, como si se le hubiese escamoteado algo. Suelen manifestarlo principalmente aquellos que esperan el progresivo advenimiento delante de la pantalla del ordenador o con la vista puesta a medio centímetro de su ombligo. Cuando finalmente reparan en el cambio estacional tienen el convencimiento de que el cielo y las temperaturas se han trastocado definitivamente de un día para otro, sin previo aviso, obviando la consideración de ir anticipándoles el cambio. Pero esta afirmación resulta fácil de rebatir. Tan solo atendiendo a la transición pausada de las horas de claridad y del mercurio de los termómetros, que día tras día avanzan inexorablemente a través de equinoccios y solsticios, el cambio de estación se manifiesta siempre preciso e incontestable. También esta primavera -que, como el otoño, es tomada por una estación de paso-, gradualmente, ha terminado por imponerse.

Hay compactos que son muy complicados de encontrar. Los hay que ni tan siquiera aparecen en el catálogo de las plataformas de venta online de segunda mano, son absolutamente ilocalizables; otros, si en esas mismas plataformas se consigue dar con su rastro, están publicitados con un precio desorbitado y se mantienen, por lo tanto, como objetos igual de inalcanzables. Por esta razón, cuando uno rebusca en las tiendas de segunda mano, particularmente en aquellas que mueven género más constantemente, siempre se hace con la ilusión de dar con alguno de esos compactos extraordinarios (en lo que a su hallazgo se refiere). Si esta búsqueda se da en una tienda del extranjero la fantasía del encuentro es todavía mayor.

El primer viaje que hicimos después de la pandemia fue a Zürich, en el otoño de dos mil veintidós. Las incomodidades y estrecheces de los vuelos seguían siendo los mismos a los que se habían padecido antes de ella, con el agravante del uso de mascarilla y de ciertas limitaciones añadidas. Después del almuerzo con N. y V. en un restaurante a medio camino entre su casa y sus trabajos, D. y yo, tal y como llevábamos planeando desde hacía semanas, anduvimos a la búsqueda de compactos. Su alto coste, fuesen estos de primera o de segunda mano, unificaba toda la oferta. Este de Bill Evans, You must believe in Spring, llevaba tanto tiempo detrás de él que cuando lo descubrí en las cubetas de una tienda céntrica, más que alegrarme por su encuentro lo giré precipitadamente para comprobar su precio (aunque convencido y resignado de que muchos tenían que ser los francos de la etiqueta para que no picase). 

No hay necesidad de creer en la primavera, a pesar de lo que diga Bill Evans, se desee o no esta siempre termina por imponerse; si no en lo metafórico, sí al menos en lo metereológico.


You must believe in Spring, 8 de noviembre de 2022.

lunes, 24 de febrero de 2025

Todo es ahora.

La escritura automática es una bobería, un atajo. Las semanas finales del invierno se componen de mañanas frías y de mediodías templados. En los centros de salud de los barrios más humildes hay tantos pacientes que los últimos en llegar están obligados a esperar fuera. La afluencia en la pastelería, dice la empleada, los lunes es menor que el resto de la semana. ¿Por qué en las tertulias matinales los participantes tienen la cara estirada y se expresan como antipáticos títeres? Hay quien piensa que mejor este tipo de programas que la retransmisión de una sesión de control al gobierno, donde, como en los parques públicos, a las mascotas se les da rienda suelta para que ladren a sus anchas. Si al mediodía las calles se templan, el suburbano, por su parte, se ventila. Hay plazas del centro de la ciudad cuyos locales han cambiado completamente de ocupación en menos de una década. En la tienda de discos a un cliente no le parece bien que el rival futbolístico, acostumbrado a sucumbir, esta vez llegué con ciertas posibilidades de victoria. El dependiente, por otro lado, sin afectación, apunta que asistió a uno de sus conciertos, cuando el dueto se convirtió temporalmente en el proyecto de uno de ellos en solitario, en mil novecientos noventa y cinco. Los mapas de los teléfonos móviles guían a los turistas por los alrededores de la Puerta del Sol. Hace unos meses un billete de cincuenta euros equivalía a cincuenta dólares, ahora tan solo a cuarenta y cinco. Hay museos que mantienen la artística tradición de permanecer cerrados los lunes. Muchos negocios de reciente apertura publicitan en sus fachadas una fecha de fundación sospechosa, como poco, de mediados del siglo pasado. Sería interesante hablar con el encargado y pedirle la partida de nacimiento. La manzana donde vivió y murió Cervantes ha de ser, a la fuerza, un punto señalado y fotogénico. Detrás de la ventana del Be Hoppy, como después de muchas horas de sueño, el presente queda relegado y distante; aquello que estaba pendiente de resolverse, se tiene el convencimiento de que, después del tiempo transcurrido, se habrá solventado satisfactoriamente por sí solo. ¿Para qué un centro integral para el barrio si en este los vecinos cada vez son menos? Los transeúntes buscan las aceras soleadas. Hay propietarios de negocios de hostelería que aprovechan el día de libranza para saludar a aquellos otros que retoman hoy la tarea. Este año me he propuesto leer diez libros, dice un hombre en la mesa de al lado. Llevo ya cuatro, y además de cosas que ni te imaginas, le añade muy pomposo a la mujer que tiene delante. El que a unos pasos le escucha resopla. Este memo como poco será editor, piensa. Hay quien se gana la vida con la escritura automática, que no es más que una artificiosa literatura a brochazos, pero que, como casi todo, también tiene su público.


The tipping point, 24 de febrero de 2025.

lunes, 9 de diciembre de 2024

El concierto en la cazuela.

Antes de viajar a Bruselas uno tiene el convencimiento de que la ciudad, epicentro regular de noticieros y prebendas institucionales, ha de ser un lugar donde la pulcritud y el civismo se den con la misma regularidad y minuciosidad que en una cápsula espacial; donde los desperdicios, en el improbable caso de que un viandante arroje uno al suelo por descuido, siguiendo un puntero sistema de limpieza, salgan automáticamente repelidos por el asfalto cayendo con precisión matemática en la papelera más próxima. 

Sin embargo, llegados a la capital belga, la realidad no es tan aparente. Sorprende que unas manzanas más allá de los edificios que ocupan las sedes europeas, firmes e impasibles, las aceras se presenten desdentadas y sucias, muchas de sus fachadas desportilladas y un vago aroma sórdido circule por gran parte de sus rincones. La grisura de su cielo, estrechado por inconcebibles construcciones modernas, no contribuye tampoco a darle mayor vistosidad al conjunto. Solamente, la presencia de ciertos espacios y edificios de origen medieval, de variada índole y esplendor, pujantes entre los bloques de cemento y aluminio, embellecen algo sus calles y tratan de preservar parte de su pasado. Sus proximidades e interiores, claro, son devorados por miles de turistas al mismo ritmo que las cazuelas de mejillones que presiden las mesas de sus restaurantes.

El domingo al mediodía anduvimos dando un paseo por uno de sus mercadillos, en un barrio igual de congestionado que las calles principales de la ciudad, pero con una oferta de locales algo más variopinta. Sin pretenderlo dimos con un par de tiendas de discos. Mientras D., J. y V. continuaban hojeando en los negocios cercanos o curioseando por las calles, yo me detuve a ver cuál era su oferta. Este de José James lo encontré desubicado dentro de las cubetas pop de una tienda decorada como si fuese una cafetería sueca.

Aquella misma tarde asistimos al concierto de Ryan Adams en un teatro próximo al hotel. Esta era la razón principal de nuestro viaje a Bruselas. Teníamos los asientos en la grada más alta, aunque la visibilidad no era del todo mala. Lo que resultaba más incómodo era la estrechez de los asientos. Si el concierto hubiese durado hora y media este detalle hubiese quedado en nada, pero como el compositor norteamericano tuvo a bien saturarnos durante varias horas acompañado tan solo de guitarra y piano, aquello, entre unas cosas y otras, se hizo pesadísimo, espeso como un engrudo mal cocinado. 

Un par de veces me excusé para ir al servicio buscando estirar un poco las piernas. Una de ellas me crucé en los pasillos con una mujer embarazada que era conducida por la asistencia médica fuera del teatro. A poco más que hubiese aguantado en el recinto estoy seguro de hubiese dado a luz allí mismo e, incluso, lo más probable, es hubiese visto llegar a caminar a su criatura recién nacida mientras que Ryan Adams continuaba a lo suyo, nervioso e insistente, desgranando canciones en busca de la consecución de algún récord olímpico.


Blackmagic, 23 de abril de 2023.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Donde esté la docencia...

Nunca me planteé el doctorado como una opción de futuro. Haberlo llevado a cabo, tan solo haberlo tanteado, me hubiese obligado a conservar unos hábitos que ya entonces, con el fin de la licenciatura, prefería dar por terminados. En todo caso, de vez en cuando, por pasar el rato, sopesábamos qué materia de la trillada historiografía artística nos hubiera gustado abordar, qué aspecto perfiladísimo e intrascendente de nuestro vasto plan de estudios, hubiésemos deseado refreír una vez más. 
Los docentes no nos ofrecían una perspectiva muy halagüeña del asunto. Había uno, particularmente fino y descreído, que mientras devanaba un cigarrillo, nos advertía: “No se engañen ustedes, en materia artística, especialmente de las vanguardias hacía atrás, está ya todo investigado… A no ser, eso sí, que les dé a ustedes por ocuparse del San Cristóbal de la calle central del retablo barroco de la iglesia mayor de un pueblo de la provincia de Soria. Pero, ¿a quién le interesa eso? ¡A nadie! ¡Ni a ustedes mismos! No les publicaría la tesis ni la diputación… Si quieren continuar en este mundillo, mejor la docencia, señores, la docencia; salvo que estén forrados de patrimonio, ni se les ocurra investigar…” 
Cuando se planteaban aquellas fantasías doctorales todos buscábamos rizar el rizo y formular intereses fuera de lo predecible. Mi floritura recurrente tenía como pretensión analizar ciertas portadas de discos desde un plano teórico-artístico, establecer entre estas y la historiografía del arte algún nexo de unión. Como propósito tenía su atractivo, si bien, mis conocimientos sobre la materia no iban más allá de la absoluta nulidad. 
Unas décadas después estos no han sufrido grandes variaciones, aunque cuando descubro alguna nota que bien podría haber encajado en aquellas disquisiciones, me detengo en ella como ante un cromo de la niñez. 
Hace unos días estuve leyendo un artículo con relación a la portada del Sgt. Pepper's de los Beatles. Peter Blake, pintor británico vinculado a la primera figuración pop, es su coautor. Aún se mantiene en activo y, eventualmente, continua realizando portadas para discos. Sin necesidad de indagar minuciosamente -para lo cual, solo los doctorandos tienen verdadero manejo-, reconocí varias que tengo por aquí. Entre ellas esta, de uno de los últimos discos de estudio de Eric Clapton, I still do.
 
I still do, 9 de enero de 2019.

lunes, 26 de agosto de 2024

Viajeros y muy estables (y II).

En aquel curso coincidí con F., un chico un año menor que yo, estudiante también de Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia; aunque no nos reconocíamos de habernos cruzado antes por los pasillos de la universidad. F. sentía una gran pasión por el cine, especialmente por la música compuesta específicamente para este medio. A su juicio, en este sentido, John Williams era un creador insuperable. Su conversación era brillante; a pesar de su erudición, se manifestaba con modestia y en un tono afable muy instructivo. De la pródiga producción del compositor estadounidense destacaba siempre la banda sonora de E.T., El Extraterrestre; aunque le gustaba precisar que algunas otras consideradas menores también le parecían sobresalientes, como por ejemplo la banda sonora de El turista accidental

Transcurrieron bastantes meses, más de un año y medio, hasta que di con el disco, y no pudo ser en cedé sino en vinilo, en una feria que se celebraba a comienzos de junio en el Paseo de Recoletos. No se podía contradecir a F., dentro de su tono intimista, aquella música era fabulosa.

En formato cedé me llegó gracias a D., siempre tan atenta, que lo había encontrado en una de esas páginas de venta de segunda mano. Me lo regaló el día de mi cumpleaños de aquel dos mil diecinueve (un día que ya ha tenido más de una entrada, por lo que ya no es necesario prodigarse más).

viernes, 28 de junio de 2024

Viajeros y muy estables (I).

Antes de que concluyera el último curso de licenciatura tenía claro que el inapelable socavón veraniego aquel año sería doblemente desalentador si no era capaz de dar con una distracción que me mantuviese apartado del tradicional y plomizo letargo estival. 
Con este convencimiento junto a L. me informé de los contenidos y condiciones de un curso que durante el mes de julio se impartiría en el Centro Cultural Conde Duque, un taller que tenía como principal objetivo la escritura del guión de un cortometraje. L. finalmente se decantó por otro curso, relacionado con este, pero centrado en su vertiente interpretativa. Yo, en cambio, alentado por el empacho de películas de Woody Allen que había visto durante las últimas semanas universitarias, convencido de que la imitación puede pasar por ingenio, opté por el curso de guión. 
El taller lo impartía un tipo risueño y cordial, formado en una escuela cinematográfica cubana y director de un par de cortometrajes (es posible que hoy siga vinculado a un programa de Televisión Española donde más tarde supe que ocupaba un puesto de dirección). Los alumnos no superábamos la docena. Nuestro rango de edad iba de los veinte a los treinta y pico años; todos, claro está, interesados por el mundo del cine y de la escritura, aunque en distinta medida. 
Las clases se impartían en el mismo Conde Duque, en una sala de su ala derecha, donde se ubicaba la Videoteca Municipal. Se celebraban tres días por semana: lunes, miércoles y viernes; siempre en turno vespertino. El calor a esa hora de la tarde según se avanzaba por Amaniel, y especialmente por los patios del cuartel, era sofocante. 
El curso cumplió su objetivo: por un lado, se alcanzó el esbozo de algunas escenas, interpretadas y grabadas posteriormente por los participantes del taller donde L. estaba inscrita; y por otro, gracias a que pronto cogimos el hábito de extender las clases por los bares de la zona hasta la medianoche, sirvió de distracción y aliciente a aquellas temidas semanas de bache estival.

The accidental tourist, 15 de junio de 2019.

domingo, 21 de abril de 2024

Juegos de manos.

Hace unos días le refería la anécdota a D. El próximo fin de semana se celebrará  en Madrid la vigésimo cuarta edición de la Feria del Disco. El emplazamiento es el mismo donde viene dándose desde hace años: el salón de convenciones de un hotel de Méndez Álvaro. 

Solamente he acudido a dicha feria una vez, fue en la primavera de dos mil catorce, justo el mismo día en que el Atlético se proclamaba campeón de Liga. 

Llegué al hotel a primera hora de la tarde, antes de las cinco, caminando desde la estación de Delicias. Entonces no se daban cita más de veinte expositores, la mayoría especializados en la venta de vinilos. El tono de la cita era pobre, deslavazado. Revisé en las cubetas de los dos o tres que contaban con oferta de compactos y tomé uno, principalmente por testimoniar mi paso por el evento. Fue, diría, en el expositor de uno de los negocios que hace años se abría en la barcelonesa calle Tallers. 

Cuando llegué a casa, aparte de la imprevista victoria colchonera, al ir a escuchar el cedé -en este caso, The Beldam in Goliath, de The Mars Volta- comprobé, con igual sorpresa, que el disco que contenía no era del grupo progresivo estadounidense, sino de una soporífera formación de punk inglés (el sopor y el punk, siempre de la mano). 

Al día siguiente no tuve oportunidad de reclamar la equivocación. Pensé en ponerme en contacto con ellos por teléfono, pero pronto desestimé la opción. Antes que verme inmerso en el reclamo y la gestión de envíos, pensé, mejor solucionarlo sin necesidad de muchos movimientos, como en uno de esos arranques fulgurantes de ajedrez. 

Lo que se me ocurrió fue comprar el mismo compacto en unos grandes almacenes y posteriormente reclamar el error, simulando que el mismo se hubiese dado en esa compra. 

Tuve que esperar un tiempo hasta que el cedé en cuestión apareció por uno de esos almacenes. Cuando lo hizo, también fue necesario comprobar que en sus estantes solamente se exponía un ejemplar, dado que existía la posibilidad de que reclamase el error y, con una lógica irrebatible, me lo cambiasen por uno nuevo si es que disponían de stock. 

Resuelto el punto anterior, acudí a hacer la reclamación. Cometí un error, y es que, en vez de cambiar solo el cedé de caja, devolví tanto el compacto equivocado como la caja primigenia, aquella que había comprado en la Feria del Disco. Por lo tanto, el código de barras que aparecía en el tique de los grandes almacenes no se correspondía con el de la caja que pretendía devolver. Por suerte, el dependiente, aunque se extrañó, no quiso indagar y procedió con la expedición de un vale por el importe abonado. 

Este año, si es que encuentro algo de interés en la Feria del Disco, no hay duda de que antes de abandonar el lugar, para evitar penosas estrategias, revisaré el contenido de las cajas con la meticulosidad de un inspector de aduanas.


The Bedlam in Goliath, 20 de octubre de 2014.

domingo, 18 de febrero de 2024

Atracones musicales.

Las comilonas musicales han sido todas en solitario o en compañía de D. Para estos banquetes, rodearse de quien no tiene apetito es a la postre siempre una carga. 

Recuerdo varias, algunas muy remotas, cuando se calibraba cada compra como una inversión bursátil, y otras, más recientes y alevosas, como esta de la que ahora se cumplen dos años: cuando viajamos a Barcelona solo con la intención de comprar cedés y pasar el día. 

El trayecto lo hicimos en tren, cuyos billetes, dados los horarios, eran muy asequibles. Amaneció una hora antes de llegar a Sants. Desayunamos en el bar donde otras muchas veces lo había hecho con los compañeros de trabajo, a unos metros de la estación. 

Caminamos después hasta Discos 100, atravesando el barrio de Gracia. La mañana era muy agradable. Empleamos en la revisión de sus cubetas casi más tiempo del que nos había llevado el paseo. Cada uno se manejaba por su lado; de vez en cuando compartíamos algún hallazgo o formulábamos en voz alta alguna recomendación. 

Cargados de cedés continuamos el paseo hasta la Sagrada Familia. La muchedumbre turística ocupaba la plaza. Detenernos a visitarla nos hubiese llevado horas, así que, desestimada la posibilidad, que tampoco nos seducía especialmente, tomamos asiento en una cervecería próxima. A las dos teníamos reserva para comer. El restaurante estaba a tan solo unas manzanas. En el otro extremo del salón coincidimos con Eduardo Mendoza. D. le saludó antes de irnos. Como él mismo apuntó: “Qué propio venir a Barcelona y encontrarse con un escritor tan representativo de la ciudad.” 

El sopor de la comida nos condujo hasta el mar. Se había levantado un viento molesto. Regresamos al centro de la ciudad por el Barrio Gótico. Sus calles estaban muy transitadas. Por descansar unos minutos nos detuvimos en uno de los bancos de Santa María del Mar. El punto final de nuestro trayecto era la calle Tallers: Revólver, sobre todo. El local, sin ser tan espacioso como Discos 100, mantenía una oferta muy copiosa y unos precios incluso más bajos. 

Antes de coger el taxi que nos condujo a la estación, hicimos una parada en un bar de una calle perpendicular a Tallers. Sobre su barra apilamos todos compactos que habíamos pescado durante la jornada, más de dos docenas entre ambos. (The slow rust of forgotten machinery, de The Tangent, cuya fotografía aparece a continuación, es el primero que compré aquel día.)


The slow rust of forgotten machinery, 22 de febrero de 2022.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Matices de percepción.

Continuando con los cedés que se encuentran cuando se viaja, hoy voy a detenerme en el primer directo oficial que publicó Porcupine Tree, el doble titulado Coma Divine. Este disco recoge las actuaciones del grupo durante los días veinticinco y veintisiete de mil novecientos noventa y siete en la Sala Frontiera, en Roma. 

Muchas veces, revisando la fecha de edición de algunos cedés, tontamente se piensa: “Si hubiese escuchado este disco cuando salió en vez de cuando lo compré, tantos años después, quién sabe si mi percepción de las cosas hubiese sido otra…” Por más que pasen los años, como le sucede al devoto con las apariciones divinas, aún se mantiene firme la fe en el poder determinante y esclarecedor de la música. 

Otras veces, cuando se repasan los créditos de los libretos y aparece tal o cual fecha en relación al periodo en que el disco fue grabado o, como en este caso, a los días en que se celebró el concierto que se recoge; uno se detiene y trata de recordar: “¿Qué hacía yo entonces?” 

Aquel año, como este dos mil veinticuatro que está a punto de presentarse, la Semana Santa se celebró a finales de marzo. Madrid permanecía descongestionado. El turismo incesante que de un tiempo a esta parte todo lo arrolla, entonces se manifestaba de un modo menos ruidoso y desproporcionado. Era frecuente que gran parte de los locales de ocio que frecuentábamos cerrasen toda la semana. 

Aquel veintisiete de marzo de mil novecientos noventa y siete, en todo caso, al igual que aquellos que en Roma acudiesen a ver a Porcupine Tree, también nosotros andábamos de concierto: Ariel Rot tocaba en la Sala Suristán con un grupo con el que entonces giraba eventualmente, The Rota. Llama la atención que el concierto se celebrase a las doce de la noche, una hora a tono con unos tiempos que en muchos aspectos poco tienen que ver con estos. La afluencia era muy discreta, no más de media sala. No solamente se mantenían despejadas las calles del centro, también sus locales. 

(En mil novecientos noventa y siete, claro, no tenía ni idea de la existencia de un grupo llamado Porcupine Tree. De hecho, el rock progresivo, en aquella época, seguro que se me figuraría como una cosa muy sufrida. ¿Quién sabe si haberme comprado este disco cuando se editó, y no casi veinte años después -en una tienda de Roma, por mantener la concordancia-, me hubiese matizado la percepción musical que entonces tenía?.)


Coma divine, 2 de mayo de 2018.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Las huellas de otro (y II).

Imagino que el hermano de A. obra de manera parecida. Antes de viajar acostumbro a buscar en Internet la dirección de las principales tiendas de discos del lugar de destino. Si se trata de una ciudad grande, donde la oferta suele ampliarse, me guió por las fotografías que se destacan de cada uno de los negocios. Aquellos en los que aparecen estantes y cubetas repletos de compactos son los que quedan señalados como preferentes. (En este sentido, si las fotografías no son muy recientes, uno puede llevarse un buen chasco.) 

¿Cómo haríamos a finales del siglo pasado? ¿Cómo estableceríamos entonces la ruta de tiendas? ¿Nos fiaríamos de nuestra intuición, del azar? Probablemente no, supongo que seguiríamos las indicaciones de algún amigo que hubiese visitado el lugar con anterioridad o, quizá, guiados por las recomendaciones de alguna revista especializada. 

Para este último viaje a Londres todos los locales que llevaba marcados parecían tener unas dimensiones discretas, de no más de cincuenta o sesenta metros cuadrados, y  la presencia del compacto quedaba relegaba a la preponderancia del vinilo. En otras ocasiones recordaba haber estado en locales amplísimos, divididos en varias plantas, donde la oferta de cedés era desbordante, mucho más que nuestras posibilidades adquisitivas. Esta vez, fuese por mi impericia en la búsqueda o por el cierre generalizado que vienen sufriendo estos negocios en las dos últimas décadas, no pisé ninguno de aquellos mastodontes del comercio musical. 

Todos los días desayunábamos en el barrio donde residen F. y E., Balham, y tomábamos después el tren hasta Victoria Station. Desde allí caminábamos hasta el barrio que teníamos previsto visitar esa jornada: Soho, Camden, Notting Hill… Este compacto de Kamasi Washington lo encontré la tarde que anduvimos por Portobello, en un local que se abría en la parte alta del barrio. Era un negocio especializado en música jazz y, al contrario de otras tiendas que había visitado, centrado principalmente en el formato cedé. El dueño lo atendía con mimo. De cada artista que se le consultaba era capaz de localizar algún álbum dentro del ingente catálogo y del aparente desorden que lo regía.

martes, 26 de septiembre de 2023

Las huellas de otro (I).

Decía el hermano de A. que su principal objetivo cuando viajaba era recorrer las tiendas de música del lugar. Los viajes no tienen para él un aliciente mayor. 
A finales de agosto estuvimos durante una semana en Londres, aprovechando la celebración de la boda de F. y E. Siempre que se viaja a ciudades que se han visitado con anterioridad resulta inevitable pensar en aquellas otras veces, en las circunstancias que se dieron entonces y en los lugares que se frecuentaron. 
La primera vez que estuve en Londres fue en mil novecientos noventa y nueve, al poco de terminar mi empleo veraniego en el Parque de Atracciones. Aquellos meses estivales, de igual manera que yo los habíamos ocupado en atender una atracción de feria, M. los había pasado en la capital inglesa trabajando y tratando de mejorar su nivel de inglés; su presencia allí fue el acicate definitivo. 
Después del paso por la facultad, Londres se había convertido en una ciudad ineludible. Muchos de mis compañeros la habían frecuentado con la asiduidad con que uno había pisado el terruño toledano. Sus apreciaciones, artísticas y musicales, unidas a la afición que había tomado por los pintores Prerrafaelitas, me había generado una expectación que había convertido el viaje a Londres en una obligación de sesgo casi iniciático. 
Durante estos días de finales de agosto, paseando con D. y O., he reparado con cierta incredulidad en aquella primera vez que visité la ciudad (mucho más que en las veces posteriores). Ni tan siquiera recuerdo en qué barrio vivía entonces M., si en el norte o en el sur, si en una vecindad marginal o en una de corte más residencial. Hay una calle, Essex Road, que me viene vagamente a la memoria… O yendo a aspectos puramente prácticos: ¿Dónde hice entonces la compra de los billetes de avión? ¿Puede que en aquella discreta agencia de viajes que se abría en la calle del Río Manzanares? ¿Cómo me desplacé el día del vuelo hasta el aeropuerto? ¿En transporte público? ¿Me acercaría mi padre? ¿Cómo comunicaría mi llegada a M.? ¿Y a mis padres?... Veinticuatro años después, aquel viaje se me figura como un suceso ajeno e improbable.


Heaven and Earth, 30 de agosto de 2023.

lunes, 14 de agosto de 2023

La puerta falsa (y II).

Como se daba a entender en la entrada anterior, hay grupos a los que se accede por una puerta falsa, no me refiero al atajo que suponen los recopilatorios o las grabaciones en directo, pienso en discos o canciones que destacaron comercialmente de manera sobresaliente franqueándonos la rampa de acceso pero que, a la postre, valorados en conjunto, resultan poco significativos y, en muchos casos, restringentes. La canción Owner of a lonely heart y, por extensión, el disco que la contenía, 90125, podrían ser un buen ejemplo, si bien se me vienen a la cabeza otros muchos. 

Más de quince años después de aquel tiempo al que me refería en la entrada precedente encontré en Fnac una caja que contenía cinco discos de Yes, desde el Going for the one al Big generator, es decir, su contenido cubría toda su producción desde finales de los  años setenta hasta mediados de los ochenta -incluido, claro, aquel 90125-. Digamos que aún podría haber afinado algo más la puntería, ya que su catálogo primero y más esencial en gran parte me era todavía desconocido. Pero aquellos discos que se incluían, especialmente los tres primeros, tenían un sesgo que se alejaba significativamente de su afán más comercial, resultándome particularmente atractivos. 

Aquella primavera de dos mil dieciséis, cuando la compré, D. se encontraba preparando sus pruebas de oposición, las que afortunadamente serían las definitivas. Todos los viernes se juntaba con su amiga T. en nuestra casa de la calle Amaltea, repasaban temas y ponían en común otros ejercicios. Desde mi habitación, las escuchaba compartir apreciaciones mientras que en el equipo sonaba alguno de estos cinco discos, especialmente Tormato, por el que tenía un gusto especial, dado el tono reconciliador y concluyente que tenía. 

Una de aquellas tardes primaverales de viernes, quedé en casa con E., buen conocedor del equipo musical que citaba en la entrada anterior, ya que con él compartí el referido piso de la calle Segovia durante casi cuatro años y medio. Resulta significativo constatar que después de mi familia, D. y O. es con él con quien más tiempo he vivido. Escucho ahora Tormato, y aquellas escenas que se daban entonces parecen seguir sucediéndose de igual manera en las habitaciones próximas: D. y T. repasando los contenidos de su oposición y E., de un lado para otro, despistado e impaciente.


Tormato, 25 de abril de 2016.

sábado, 3 de junio de 2023

La puerta falsa (I).

El tiempo que se le dedica a la escritura es limitado, y hay que priorizar. Dicho lo cual, que no es otra cosa que una breve disculpa a estos casi tres meses de silencio musical, paso a referir la llegada de un nuevo compacto, en este caso, 90125, de Yes. 

En el salón de la destartalada casa de la calle Segovia había un recio mueble castellano que ocupaba casi al completo uno de los laterales largos del salón. La mitad de sus estanterías y cajones los manteníamos vacíos, como si anduviésemos a la espera de que llegase el camión de la mudanza o, en su defecto y más convenientemente, el chatarrero. Solamente su vano central y alguno de los compartimentos de su primer cuerpo se conservaban regularmente ocupados. 

En el segundo cuerpo de la calle central del mueble, lugar preponderante, como en la mayor parte de los hogares españoles de la segunda mitad del siglo pasado, se disponía un aparato de televisión, eje imbatible de todo el ocio doméstico de aquellas décadas. En nuestro caso, aquel aparato había perdido su incuestionable poder de atracción no porque fuésemos un grupo especialmente vanguardista, al contrario (sobre todo si se tiene en cuenta el mobiliario que tácitamente conservábamos en nuestro domicilio), sino porque dicho cachivache tenía tantos años como el mismísimo mueble castellano. Por extensión, los mismos, quizá, que el Palacio Real que se contemplaba desde aquel salón. Tal era el desfase de aquel cacharro y, paralelamente, del concepto de bienestar doméstico de nuestra casera, que cuando a duras penas era capaz de sintonizar un canal, las imágenes las emitía en blanco y negro, como sucede con los documentos impresos cuando nos proponemos apurar al máximo el cartucho de tinta. 

Aparte, en el primer cuerpo, cerrado a cal y canto por una puerta de doble hoja cuyo ajuste obligaba a forzar el tirador como si se descorchase una botella de vino, uno de los compañeros de piso había guardado una cadena de música completísima. Tenía esta un plato para pinchar vinilos, una doble pletina de casetes y un reproductor de cedés, cuya lente, eso sí, funcionaba con la misma prestancia que el viejo televisor. No había cena ni fiesta en la que el aparato musical no marchase a todo pasto. Era entonces, claro, cuando desplegábamos las dos hojas del mueble que lo velaban y, como consecuencia, no había invitado que no terminase reventándose las canillas por el golpe traicionero de sus cantos. 

En fin, a lo que iba, además del aparato de musical, el compañero de piso flanqueó este con algunos compactos, entre ellos un triple recopilatorio con música de los años ochenta: éxitos absolutos. Con la ayuda de la pletina de casetes grabé una cinta incluyendo las que a mi juicio eran las mejores canciones de aquel extenso recopilatorio. Entre ellas, claro, la pegadiza Owner of a lonely heart, de Yes… Sin duda, la peor puerta de entrada para acceder a la música del grupo inglés.


90125, 25 de abril de 2016.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Tres de un perfecto perpetuo.

La continuidad de las costumbres es una de las muchas ilusiones que puede llegar a hacernos pensar en una perpetuidad absoluta. A fuerza de cultivarlas uno puede llegar a convencerse de que no habrá nunca nada que pueda desmoronarlas, sucediéndose estas, y nosotros con ellas, de manera eterna, como el transcurso de las estaciones. 

Este no fue un hábito premeditado. D. y O. solían aprovechar el puente escolar de finales de febrero para viajar junto a sus amigas fuera de España. Aquel año estaban pasando unos días en Hamburgo. Era viernes. Buscando algo de distracción subí a Metralleta y anduve un buen rato entretenido repasando sus cubetas. De King Crimson no tenía entonces mucha discografía. El grupo de Robert Fripp digamos que por su complejidad y espesura no me resultaba de los más atractivos del espectro progresivo clásico. Encontré este Three of a perfect pair, tercera pieza de sus álbumes canónicos de mediados de los ochenta. La edición era la de entonces. La caja estaba destrozada, pero como suele suceder con la mayor parte de los que compro en Metralleta, mientras el libreto y el mismo compacto estén en buenas condiciones, no hay problema, con reemplazar después la caja, asunto solucionado. 

Con el declive del invierno los días se iban ensanchando. De vuelta a casa, bajando por la calle de Toledo, la brisa que anticipaba la llegada de la primavera pujaba por imponerse a las persistentes pestilencias urbanas. Aquella tarde la distraje escuchando este compacto, mucho más luminoso de lo que me figuraba. Al punto se comprendía que hay grupos cuya capacidad para aunar desconcierto, esmero y brillantez les posiciona por delante de cualquiera. 

(No recuerdo que fuese premeditado, sin embargo, al año siguiente, ese mismo día, mientras D. y O. andaban de turismo por Francia, volví a repetir la misma jugada. Esta vez coincidió que en Metralleta se vendía Beat, el eslabón anterior al que había comprado en dos mil diecinueve, igual de desportillado. Y dos años después, esta vez sí de manera programada, Discipline, el primero de estos tres fantásticos discos.)


Three of a perfect pair, 1 de marzo de 2019.

domingo, 15 de enero de 2023

Ejercicios gimnásticos.

Hace unas semanas D. me envió el listado de los que a su juicio son los diez mejores discos editados durante estos primeros años del siglo veintiuno. Los requisitos para la selección son los mismos que empleamos hace un tiempo para distinguir los que consideramos mejores discos de todos los tiempos: hay que tenerlos en formato cedé y no puede tratarse de ninguna recopilación ni disco en directo. Además del listado con sus diez elepés más destacados, D. me incluyó también los descartes que había dejado fuera, un par de docenas más.

Yo hice lo propio la semana pasada. El listado, es verdad, lo tenía perfilado desde hace mucho tiempo, es posible que empezase a decantarlo durante la pandemia, en aquellos meses de inevitable incertidumbre y recapitulación. A diferencia de lo que había hecho él, en mi listado no figuraban aquellos compactos que habían pujado por entrar en la decena puntera. Esta próxima semana nos veremos y comentaremos la selección. Será entonces cuando, tal y como me ha pedido, comparta con él esos descartes. 

Uno de ellos será este Coles Corner, de Richard Hawley, un disco de una finura envolvente y de cierto regusto marchito. 

El escenario que me viene al pensamiento cuando lo escucho queda lejos del tono evocador que envuelve el lugar que se presenta en la portada: un enclave de la ciudad de Sheffield, de donde es natural el músico británico, tradicional punto de encuentro para las citas de sus habitantes. En mi caso, lejos de ese regusto romántico, el emplazamiento que me evoca Coles Corner es mucho más prosaico: el gimnasio de la urbanización de Amaltea. 

Se trataba de un espacio de unos veinticinco o treinta metros cuadrados, desaliñado y frío. Para su acondicionamiento, la comunidad había comprado de inicio algunos aparatos y utensilios, los mínimos, como si se tratase de un decorado de una película de bajo presupuesto. Años después, aquellos vecinos especialmente interesados, habían tratado de poner al día la sala invirtiendo de su bolsillo en nuevas máquinas y equipamiento. Esta intención de saneamiento, se contraponía con la aquellos otros que lo frecuentaban muy de vez en cuando -habitualmente dos veces al año: el siete de enero y el día de apertura de la piscina- y que lo concebían como un trastero deportivo comunal. Estos solían dejar arrinconadas en la sala su antiguo e inservible equipamiento gimnástico (bicicletas estáticas con los cables destripados y los rodamientos fijos como dólmenes, esterillas desvencijadas, combas sin agarraderas, ¡botellas hidratantes!…), muy ufanos de contribuir desinteresadamente a la optimización del espacio y, sin pretenderlo, de dotar a la sala del aire propio de un gimnasio soviético de mediados de los ochenta. 

Cuando lo frecuentaba solía hacerlo a última hora. Creo recordar que las ordenanzas de la comunidad marcaban su cierre a las once. Lo hacía entonces buscando evitar el encuentro con otros vecinos. A esas horas se agradece la introspección y el recogimiento. Salvo con F., a quien conocí allí y cuya conversación siempre me resultó muy grata, con el resto, cuando se coincidía, la educación te obligaba a prescindir de los auriculares -en los cuales muchas veces sonaba este Coles Corner- y a establecer un diálogo tan plagado de lugares comunes como de interrupciones.


Coles Corner, 25 de septiembre de 2011.

viernes, 4 de noviembre de 2022

"¿Te juegas un compacto a que...?"

La procedencia de los compactos es variada. No me refiero solamente a los sitios donde los encontré, también a la causa que los condujo hasta estos estantes sin que en su compra yo interviniese. No sabría cuantificar, por ejemplo, cuántos he regalado y cuántos me han sido regalados, es probable que en este sentido haya un cierto equilibrio. En cambio, en relación a aquellos que han sido parte de alguna apuesta musical, a las que de vez en cuando somos aficionados, mi desventaja seguro que es notable. 

Hubo unos años en que al comienzo de la competición futbolística, haciendo gala de una gran candidez, con D. y M. me jugaba un compacto por cada punto que separase a su equipo del mío al final de la temporada. Incluso, conscientes todos del abuso histórico que dicha apuesta suponía, se baremaban los puntos de diferencia de manera que yo pudiese disponer de un compacto por cada punto de ventaja que alcanzase mi equipo y ellos, en cambio, de uno por cada cinco de diferencia que lograse el suyo. No sé durante aquellos años cuántos compactos pude comprarles, quizá más de una veintena a cada. De su parte, por contra, no creo que a mis estantes llegasen más de dos o tres. Digamos que el club de fútbol al que soy aficionado no se encontraba entonces en su mejor momento… Hubo una temporada en que por no estragarse de tanto cedé, incluso me ofrecieron la posibilidad de convertir parte de sus ganancias en libros de bolsillo. 

El compacto del que hoy quería hablar me llegó a través de este canal azaroso, aunque no se trata de ninguno de aquellos pocos que conseguí arrebatarles a mis amigos con los pronósticos futbolísticos; sino a mi hermana C., con la que a finales de la primavera de mil novecientos noventa y siete empleé ese recurrente envite que he formulado decenas de veces y que dice así: “¿Te juegas un compacto a que…?” En este caso, la apuesta estaba relacionada con sus calificaciones académicas. A semejanza de lo que hacían mis amigos conmigo, yo también jugaba sobre seguro con mi hermana. Me lo llegó unas semanas después de que sus notas finales certificasen su derrota, doble en este caso. Era comienzos de agosto. Unos días después ella se marcharía con mis padres al pueblo; yo me quedaría en casa solo, escuchándolo, pensando en lo inapropiado que siempre me ha parecido tener a Police como banda sonora estival.


Synchronicity, 4 de agosto de 1997.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Seradiscos.

Seradiscos fue la primera tienda de discos que frecuenté. Se abría entonces, a finales de los años ochenta, en la Plaza de París. Era un local pequeño, más largo que ancho; lo recuerdo atiborrado de discos, ordenados con esmero. Traspasar sus puertas no despertaba en nosotros ninguna sensación de reconfortante amparo y disfrute, si acaso, una cierta incomodidad, la inquietud de verse uno en un lugar para el que aún se es demasiado niño. A esta impresión contribuía de algún modo el dueño del negocio, Serafín, un hombre a quien con frecuencia veíamos charlar animadamente con algún cliente, pero que a aquellos que no podíamos disimular nuestra cortedad melómana y presupuestaria trataba con cierta antipatía. 

Pocos años después, Seradiscos se trasladó de local. No muy lejos, mediada la calle de Juan Muñoz. Su escaparate era más apaisado que el anterior; sobre los estantes de este la oferta musical se distribuía como las notas sobre un pentagrama. 

La afición musical se nos había agudizado y las visitas a la tienda eran entonces más frecuentes; el trato con el dueño, consecuentemente, también había mejorado, aunque sin grandes familiaridades. 

Este disco de Pink Floyd, A momentary lapse of reason, que exhibían a buen precio en su escaparate, lo compré una tarde de sábado del verano de mil novecientos noventa y nueve. La disposición de un sueldo regular había traído consigo la posibilidad de gastar en compactos lo que nunca antes había podido. Durante las tardes de aquel verano era frecuente que al salir de trabajar, sin nada mejor que hacer, diese un paseo hasta Seradiscos y echase un vistazo en sus estantes. Solía comprar uno -entonces el empacho consumista lo veía como un afán desproporcionado-, que elegía entre una terna cuyos dos descartes volvían a convertirse en protagonistas en la siguiente visita, haciendo que finalmente, aunque dosificados, terminase comprando todos los que me interesaban. 

Muchos años después me encontré con la mujer de Serafín en una tienda de Las Rozas. Ella frecuentaba el mostrador de Seradiscos con regularidad. La reconocí y la saludé. Me dijo que la tienda de discos la habían cerrado a comienzos de dos mil, justo cuando yo dejé de vivir en aquella ciudad. Se habían trasladado a vivir a un pueblo de la sierra madrileña, aunque mantenían aquel local alquilado, apuntó. De igual manera que había hecho yo, muchos antiguos clientes, al reconocerles, me dijo, se dirigían a ellos con “verdadero cariño”. Añadió que en su casa actual aún conservaban miles y miles de discos. Me invitó a que en algún momento me pasase a echarles un vistazo. Le agradecí el ofrecimiento, aunque los dos sabíamos que el mismo quedaría en nada.


A momentary lapse of reason, 24 de julio de 1999.

lunes, 15 de agosto de 2022

El catálogo grabado.

Hace algunas décadas era una práctica habitual la de copiar en cintas vírgenes aquellas casetes originales que prestadas por un amigo o por un conocido caían en  nuestras manos (raro era el caso de aquellas que no llegaban a formar parte de nuestro catálogo grabado). La confección de sus carátulas era entonces todo un ejercicio creativo. Existía la posibilidad de fotocopiar sin más la carátula original, incluidas las letras de sus canciones y créditos. Pero, salvo ocasiones puntuales, esa práctica yo apenas la cultivé. Tenía la sensación de que fotocopiar la carátula era poco menos que confesar un fraude. En cambio, personalizar esa copia con la caligrafía de uno y algunos otros detalles de diseño, era una manera de dotarla de cierta entidad. Por detalles de diseño, entiéndase principalmente la inclusión en el canto de la caja del recorte en miniatura de la portada del disco a modo de vitola. Aparte, si en la casete original se indicaba la duración de las canciones y se disponía del espacio suficiente en la cuartilla de la cinta virgen, al título de cada uno de sus cortes se le añadía también su duración precisa. Esas eran las principales señas de estilo de mi catálogo grabado

No me he deshecho de ninguna de aquellas casetes, aunque muy raramente las reproduzco. De vez en cuando las observo, eso sí, y, salvo aquellas que compré originales, las demás, me agrada comprobar que mantienen todas una cierta uniformidad estética. 

Compactos grabados apenas conservo una docena, siempre procedentes de amigos, principalmente de D. y de C.; aunque no era esta una práctica habitual entre nosotros. La mayor parte, a poco buenos que me pareciesen, los compraba después -una colección de compactos grabados no entraba dentro de mis aficiones-. Este Ophelia, de Natalie Merchant, es un ejemplo de ello. 

El compacto me lo regaló C., no podría precisar exactamente cuándo, pero de todos los cedés grabados sin duda fue uno de los que más escuché. Algunos años después lo encontré por casualidad a buen precio en una tienda de Pontevedra. Fue hace cinco veranos. D. y yo andábamos pasando unos días por la costa gallega, y como es práctica habitual, en la agenda llevaba apuntadas las tiendas de discos que llegado el caso podríamos visitar. Esta de Pontevedra se situaba en una galería comercial, creo recordar, junto a un negocio de electrodomésticos -sigo hablando de memoria- propiedad del mismo dueño, un señor cano y enflaquecido. Cuando me tendió el datáfono, las manos del hombre, que debía superar con creces la edad recomendada de jubilación, estas le temblaban tristemente. 

Un tiempo después anduvo por Pontevedra un compañero de trabajo, también interesado en la compra de discos, al que le recomendé que echase un vistazo en el local. Lo hizo, pero lo encontró cerrado, me dijo; aparentemente, además, de manera definitiva.


Ophelia, 17 de agosto de 2017.